Libertad, Voluntad y Pensamiento en la Filosofía Medieval
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La naturaleza del ser humano y el libre albedrío
El ser humano es libre y posee la capacidad de no seguir la ley natural. El libre albedrío es el principio fundamental con el que el individuo juzga las ventajas y los inconvenientes de las distintas opciones. La voluntad opta por aquello que la hace máximamente feliz, siendo el fin último de la vida humana conseguir la salvación eterna.
Influencias filosóficas y teológicas
San Francisco de Asís y la escuela franciscana
San Francisco de Asís se dedicó a predicar y a vivir el Evangelio en extrema pobreza, fundando la orden de los franciscanos, quienes destacaron el papel de la voluntad, el amor y los elementos místicos. Entre sus exponentes destacan:
- San Buenaventura: Sostenía que el ser humano posee una luz intelectual que posibilita el conocimiento.
- Roger Bacon: Enfocado en el estudio de las ciencias naturales, otorgó gran importancia a la observación, la experimentación y el saber matemático.
- Duns Escoto: Concebía a Dios como una libertad infinita e incondicional.
Guillermo de Occam y el nominalismo
Guillermo de Occam defiende la libertad absoluta de Dios, afirmando que no hay nada imposible para Él y que no existe una ley natural eterna. Bajo esta premisa, el único camino que lleva a Dios es la fe.
La naturaleza de los universales
Para Occam, los universales son solo creaciones de la mente humana; son signos de las cosas, nombres que las sustituyen y carecen de realidad extramental. Solo existen en el plan creador de Dios y los formamos debido a la limitación de nuestra razón. No obstante, el conocimiento no tiene por qué ser necesariamente relativo, ya que los universales formados en nuestra mente tienen un origen natural y actúan como signos naturales.
Fe, razón y contingencia
Occam acepta que Dios puede intervenir en el mundo cuando y como le plazca; el orden del mundo es totalmente contingente y puede conocerse a partir de la experiencia. Poseemos un alma, origen de todos nuestros actos. Nuestra experiencia de la relación entre el entendimiento y la voluntad nos permite afirmar que somos libres, aunque en nuestros actos libres dependemos de Dios.
Cuando la revelación no aclara cómo debemos actuar, hemos de seguir los dictados de nuestra conciencia. No podemos salvarnos por nosotros mismos: necesitamos la ayuda de Dios. En última instancia, la fe es superior a la razón, y la filosofía debe someterse a la revelación.