La religión psico

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Saber dar razón y explicar todos y cada uno de los criterios educativos a partir de la formulación de los mismos. Es decir, conocida la formulación, explicarlo.

CRITERIOS GENERALES:

  • Tener muy presente el carácter dinámico de la personalidad y el proceso evolutivo de la religiosidad:

            La maduración religiosa, y la formación que a ella se orienta, tienen su ritmo y su proceso. Si la educación nunca debe violentar al sujeto de la misma marginando su proceso evolutivo, mucho menos si se trata de una educación religiosa o moral.

  • La formación y la maduración religiosas han de integrarse en la evolución integral de toda la personalidad.

            La educación religiosa y moral han de estar en sintonía con el crecimiento y evolución de las otras facetas de la personalidad.

  • Incidencia recíproca entre formación religiosa y las otras facetas de la educación.

            El educador debe ser consciente de la interrelación que se da entre las distintas facetas de la personalidad. Una exigencia de este principio educativo es la de evitar y/o  ayudar a superar, las repercusiones que sobre la conducta religiosa ejerce el desajuste de la personalidad y a la inversa: evitar los desajustes en la religiosidad y su influencia en la personalidad.

 

EN RELACIÓN A LA ACTITUD MÁGICA Y ANIMISTA.

  • Situar lo religioso y lo profano en su respectiva autonomía

            Lo religioso y lo profano son dos ámbitos distintos de la realidad, aunque complementarios..

  • Formación religiosa adecuada, capaz de dar razón de la propia fe.

            Hay que evitar toda explicación obscurantista y espiritualista de los misterios, sacramentos, celebraciones de la fe, expresiones religiosas… no es válida la “fe del carbonero” cuando se puede y se debe salir de ella.

  • Educar en las “actitudes” religiosas como base del comportamiento religioso.

            La actitud es el alma de toda expresión religiosa. De ahí que la formación religiosa ha de orientarse más a la creación de actitudes -que, de por sí, cristalizarán en expresiones-, que a los comportamientos externos. Estos, para que sean auténticos, han de ser respuestas de aquellas. La religiosidad es fundamentalmente una “actitud” relacional del hombre con Dios que se exterioriza en expresión y conducta religiosa.

 

EN RELACIÓN A LA CONCEPCIÓN E IMAGEN DE DIOS.

  • Descubrimiento progresivo de Dios.

            El primer principio educativo a tener en cuenta es el sentido de la “progresión” en el descubrimiento y conocimiento de Dios.

            En el niño, el punto de partida para descubrir a Dios va a ser su propia experiencia personal, familiar, escolar, etc. la presentación de Dios ha de tener en cuenta partir de lo concreto para llegar a lo abstracto.

            Hay que proponerse como meta que el niño descubra la realidad de Dios cristiano. Tiene mucha importancia en este proceso educativo el evitar los infantilismos y sentimentalismos de las explicaciones y presentación de Dios. De esta forma se evitará y se superará la fijación de una imagen falsa o impropia de Dios, que traería consigo, tarde o temprano, un rechazo y, con él, el abandono de lo religioso. Mantener por encima de todo el principio de la “verdad”, aunque ésta tenga que ser administrada progresivamente a tenor de la edad de los educandos.

  • Hacia una concepción de Dios como trascendente, como radicalmente “otro”.

            La presentación de Dios ha de ser “objetiva”, esto es, como una realidad trascendente, distinta de mí, distinta de las cosas, distinto del mundo y de los otros, con quien se puede entrar en comunicación y diálogo, con quien es posible la relación yo-tú, porque es realmente “otro”, el trascendente, el absoluto, el eterno.

  • Hacia el descubrimiento de un Dios vivo, personal, presente y operativo en la historia también de hoy.

            La imagen de Dios, visible en Jesucristo, tiene que ser cercana, asequible, que genera confianza, bondad y seguridad. Nada más lejos de una verdadera educación religiosa que ofrecer una imagen de Dios “terrorífico”, “vengativo”, “castigador”, etc.

            Dos peligros que hay que evitar: no convertir a Dios en una imagen “momificada”, como si se tratase de una “personaje” del pasado y no instrumentalizarlo.

EN RELACIÓN A LA FORMACIÓNDE LA CONCIENCIA MORAL.

            Hay que dar el paso de una moral heterónoma a una moral autónoma, que es la que corresponde a un criterio moral de madurez.

  • Formar la conciencia moral específicamente “cristiana”.

            Se trata de configurar nuestro actuar con el de Cristo; orientar los comportamientos y criterios de la conducta según Cristo; el Hombre nuevo. En consecuencia, una formación en esta línea, supone superar el “legalismo”  y descubrir la “Alianza” (la exigencia de una relación de amor y amistad de la ley).

            El cristianismo tiene su propia especificidad moral, cuyo itinerario es el seguido por Cristo.

  • Purificar las deformaciones religioso-morales del niño.

            De este criterio va a depender fundamentalmente el crecimiento equilibrado de la personalidad del educando. Lógicamente, la tarea educativa que corresponde llevar a cabo es la de corregir y/o purificar las deformaciones morales.

  • Educar en la interiorización de los valores superando una moral farisaica.

            La verdadera formación moral no hace al educando autómata, sino crítico. Lo que sucede es que se es crítico desde una determinada jerarquía de valores que, en nuestro caso, es la que corresponde a una formación moral cristiana. De ahí que hay que orientar la educación moral hacia la creación de actitudes cristianas y, para ello, es necesario que los educandos interioricen y asuman los valores evangélicos y a tenor  de ellos orientarán su conducta y enjuiciarán la realidad social en la que viven.

  • Valor pedagógico de la norma moral y características en su formulación.

            En la educación moral de los alumnos, la norma no ha de tener carácter sacral en el sentido que es el “dios” de la vida moral. Tienen un carácter de “mediación” y, por tanto, ha sido establecida al servicio de unos valores que son realmente los que interesan.

  • Jerarquización en la responsabilidad moral.

            No existe moralidad en los comportamientos sin responsabilidad. Pero hay que distinguir distintos niveles de responsabilidad: opción fundamental (es el más importante y trascendente porque afecta a las decisiones más fundamentales de la persona. Un comportamiento en este nivel es de máxima responsabilidad. Lógicamente el niño no se mueve a este nivel); nivel de las actitudes (es el plano de la intención, este nivel es fundamental porque en la intención radica el valor moral de la conducta); nivel de actos externos (la conducta eterna si no va acompañada de las actitud-intención, el valor moral que tiene es mínimo.)

  • Proyectar la educación religiosa también al plano moral.

            La enseñanza religiosa no puede quedarse en un plano solamente “intelectual”, sino que ha de orientarse hacia la vida. Consecuentemente, toda la educación religiosa conlleva una educación moral.

EN RELACIÓN A LA FORMACIÓN DEL SENTIDO DEL PECADO.

  •  Encuadrar el pecado en las coordenadas de su dimensión religiosa.

            Sólo cuando uno se sitúa en el plano de creyente es cuando tiene sentido el pecado. El pecado hace referencia, directa o indirectamente, a Dios. Por tanto, quien está fuera de la onda de Dios, la falta tendrá otra valoración y otra consideración social, penal, jurídica, pero no religiosa.

  • Descubrir el pecado como “ruptura”y  “alienación” de sí.

            La verdadera educación en el sentido del pecado debe llevar a tomar conciencia de esta triple ruptura y de los efectos que produce. Lógicamente, es importantísimo que el niño perciba el pecado en esa clave amistad-enemistad con Dios; de no realización personal ya que fuera de Dios no hay plenitud; y de rompimiento de la “comunión” eclesial, de la unidad del cuerpo de Cristo. El pecado, pues, no es una conducta individual y privada, sino que también tiene una repercusión social-eclesial.

  • Iniciar al niño en la prioridad de la “intención” y de la “reparación de la falta cometida”.

            Toda falta moral requiere “intencionalidad” y en consecuencia “reparación”. Hay que educar al niño a que mire en su corazón y que descubra cuál ha sido su intención, aunque ésta no haya sido observable externamente.

            La “reparación de la <falta> cometida no está solo en <confesarse>”, como pudiera ser la respuesta más común, sino que ha de traducirse en un cambio de conducta, en la vida. Esta proyección a la propia vida debe ser un objetivo de la educación moral del niño ante el sentido del pecado.

  • Descubrir el sentido del pecado, pero con referencia al perdón.

            Desde el punto de vista cristiano, no es posible contemplar el pecado son contemplar que existe el perdón.

  • Iniciar al niño en la dimensión eclesial del pecado.

            En niño debe tener claro que el perdón sacramental ha sido dado por Cristo a la Iglesia y, por tanto, en ella y por ella se recibe la reconciliación. De ahí la importancia de descubrir tanto la repercusión eclesial del pecado como la reconciliación eclesial del perdón. Desde una perspectiva, el niño podrá valorar más profundamente el sentido que tiene las celebraciones comunitarias de la penitencia.

  • Postura educativa en relación al “pecado mortal”.

            Los educadores han de evitar la obsesión educativa ante el pecado mortal y sus consecuencias. Lo cual no quiere decir que el niño antes de esa edad no sea consciente de obrar bien o mal y del sentido del pecado, sino que no se le puede cargar con un peso moral por encima de sus posibilidades. La educación en la gravedad del pecado ha de ser progresiva.

  • Postura liberadora, comprensiva y de acogida.

            El educador en su tarea de educar el sentido del pecado ha de jugar el papel que tuvo el “Padre del hijo pródigo” o el de Jesús con los pecadores arrepentidos: ofrecer una postura de acogida, de comprensión, de reconciliación.

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