La muerte

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La realidad del tomate


VICENTE VERDÚ

EL PAÍS - Sociedad - 07-05-2004
Por unas cosas u otras el tomate, más que otro fruto, se ha convertido en un
símbolo central. Los buenos tomates naturales, sin fertlizantes ni
pesticidas, rojos, mórbidos y sabrosos, representan toda la verdad, mientras
a su alrededor, atentando contra esta pureza, se congregan múltiples
especies prefabricadas con metodologías muy técnicas y electrónicas donde se
encarna el espíritu del mal.
A propósito de esta metáfora agropecuaria, extensible a las piñas, las
fresas, los plátanos, los salmones o las doradas de ración, Jean-Pierre
Coffe ha compuesto un libro (Consommateuers, révoltons nous!, Plon) donde se
exponen con detalle los procedimientos de la nueva tecnoagricultura. Así,
por ejemplo, en una hectárea de campo -dice Coffe-, se puede aspirar a
cosechar unas 30 toneladas de tomate de julio a septiembre con un coste de
casi un euro por kilo. Pero ¿cuánto puede ganar ese productor en el mercado?
Prácticamente nada si pretende competir con los tomates creados en viveros y
llegados de todas partes. O llegados, en realidad, de ninguna sitio
significativo puesto que los tomates, como los pepinos o las truchas,
pierden a menudo cualquier denominación de origen para transformarse en
marcas. En Francia hay marcas de tomates Savéol, Rougeline, Marmandise,
Starline, Tikangou, Coeur de Nature, Océan Atlantic..., que no se sabe de
donde vienen ni tampoco importa saberlo. Se trata de tomates sin tierra,
producidos en serie y sobre suelos artificiales compuestos por un substrato
formado por turba, lana de vidrio, fibras celulosas y de nuez de coco,
capaces de retener el agua cargada de sustancias nutricias.
La ventaja de esta modalidad de cultivo es que, obviamente, no daña el
terreno. Se cultiva sin intervenir suelo, planeando sobre él y, de esta
manera la Naturaleza permenece indemne, a la vez que la empresa es
recompensada con una recolección de tomates diez o doce veces más alta y un
beneficio proporcionalmente superior. Y con una adición más: los tomates
nacidos de este modo, salvados de las imperfecciones y desprovistos de
raíces no quedan expuestos a las enfermedades que provienen del suelo. Un
ordenador, además, decide la ración justa de pesticidas o nutrientes
necesarios, el número de gotas de agua por unidad de fruto, la temperatura y
la actividad fotosintética exacta para la máxima productividad. De esta
manera se llega la categoría de una "fertilización razonada" que es la señal
de que la razón humana ha culminado su dominio del medio natural por
completo y, en adelante, el tomate no será un artículo controlado.
¿Sabor, fragancia? El producto, de acuerdo con el paradigma de la época, es
ante todo del orden de la apariencia, imagen. Tomates bellísimos,
resistentes al transporte, insípidos, iguales y tersos que, atendiendo
además a la inquietud médica reinante se ofrecen como calculados portadores
de beneficios dietéticos. Porque habiendo asumido la comida su función
farmacológica, el markéting anuncia los tomates por su contenido en
proteínas, su condición hipocalórica, su riqueza en vitamina C, su aporte de
potasio, magnesio, zinc, fósforo o hierro.
¿Fin pues de los tomates/tomates? Fin del tomate ignorante de sí mismo y
principio del tomate cultivado y consciente, recreado instruido para cumplir
una doble función: el simulacro de la oferta clínico-alimentaria y la gloria
de un beneficios empresarial que agranda sus ingresos. La producción
industrial de lo agrario multiplica, en fin, por diez sus beneficios, allana
los daños de la naturaleza, soslaya las deficiencias del terreno y se alza,
en fin, como una segunda naturaleza, una segunda realidad producida que,
gradualmente sustituye no sólo un cultivo por otro sino una cultura común
por el interés privado y, en general, según es norma en el vigente estilo
del mundo, lo real por su reality show.





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