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Oposición al régimen liberal: las guerras carlistas. La cuestión foral
El gobierno liberal al que accedió María Cristina se vio fuertemente opositado por el grupo tradicionalista y antiliberal, los carlistas, que se agruparon en torno al infante don Carlos María Isidro (hermano de Fernando VII). Los carlistas no aceptaban un liberalismo que iba en contra de la forma de pensar de los españoles, además de que el nuevo modelo industrial (la maquinaria) no identificaba a los trabajadores con su obra. El bajo clero y parte del medio apoyaron esta corriente (había desaparecido el diezmo y la primicia) al igual que la baja nobleza, con el objetivo (entre otros) de obtener cargos por nacimiento. Así, bajo el lema Dios, patria y rey (al que luego se añadiría fueros) los carlistas comenzaron una serie de pronunciamientos militares que empezarían una guerra civil en España, la llamada Guerra Carlista (a la que seguirían en distintas fases dos más).
La
primera guerra carlista (1833-1839) se inicia con levantamientos en Vizcaya y Navarra y se puede dividir en tres etapas: en la primera (1833-´35) don Carlos se empeñaba en la búsqueda de una capital. Los carlistas no contaban inicialmente con un ejército regular por lo que se organizaban (gracias al apoyo popular sobretodo en el norte) en guerrillas. Prusia, Austria y Rusia habían garantizado el apoyo al infante, pero cuando este obtuviese una capital, señal de que hay realmente un estado al que respaldar. Don Carlos envió a su más brillante general, Zumalacárregui, a tomar Bilbao, cosa que parecía imposible y que así sería ya que el ejército carlista (unos 25.000 hombres) perdería la batalla y Zumalacárregui moriría, perdiendo el carlismo a uno de sus principales y más respetados líderes mientras que el general Cabrera unificaba las partidas aragonesas y catalanas. La segunda etapa (1835-1837) se caracterizó por las expediciones militares. La capital carlista se fijó en Morella (zona del Maestrazgo) mientras que el general Gómez realizaba una expedición por toda España levantando partidas y buscando apoyo económico. Los liberales (que recibían apoyo internacional de Inglaterra, Francia y Portugal) mantuvieron la defensa de Bilbao con la victoria final de las tropas de Espartero en Luchana (1836) poniendo fin al sitio de la ciudad. Por otro lado, Carlos María Isidro había iniciado una expedición hacia Madrid aunque se quedarían en Guadalajara, esperando a Gómez para poseer una mayor ejército. Sin embargo, esto permitió a los liberales organizarse y vencer a los carlistas, replegándose estos hacia el norte.


En la tercera y última etapa (1837-´39) se alcanzó la victoria liberal, lo que condujo a un enfrentamiento y división en la agrupación. Por un lado quedaron los transaccionistas, bajo el general Maroto, quienes se mostraron partidarios de alcanzar un acuerdo con los liberales que se haría realidad con la firma del Convenio de Vergara (1839) entre Maroto y el general liberal Espartero. Los términos del acuerdo establecían la negociación para mantener los fueros en las provincias vascas y en Navarra. Por otra parte, el general Cabrera al mando de los intransigentes (más cercanos a don Carlos y apoyados por una radicalizada base campesina) eran partidarios de continuar una guerra ya perdida. Sin embargo, confinados en la zona del Maestrazgo serían finalmente derrotados con la toma de Morella (1840).
En 1846 se produciría una
segunda guerra carlista, iniciada con las sublevaciones carlistas dels matiners en Cataluña, pero que no llegó muy lejos y acabaría con la derrota carlista en 1849, pero sin embargo puso de manifiesto la fuerte oposición que sufría el liberalismo en el noroeste español y en los territorios con tradición foral (Navarra y el actual País Vasco). Más tarde, en 1873 se iniciaría una tercera guerra carlista con alzamientos en armas en Vizcaya (durante el corto reinado de Amadeo de Saboya) que se extendería a Navarra y zonas de Cataluña, con la esperanza de sentar en el trono a Carlos VII tras la desaparición de Isabel II en el panorama político pero, una vez más, el carlismo perdió finalmente esta guerra en 1875, aunque se convirtió en un foco permanente de inestabilidad.
En cuanto a la cuestión foral, tuvo su momento cumbre tras el Convenio de Vergara (1839) donde se incluyó una ambigua promesa del mantenimiento de los fueros vizcaínos y navarros. Sin embargo en 1841 Navarra perdería sus aduanas, privilegios fiscales, exenciones militares y autogobierno. A cambio consiguieron un sistema fiscal beneficioso: pago del cupo anual a la Hacienda. También Vizcaya y Álava perdieron sus juntas y aduanas. Se daba el llamado pase foral, un antiguo derecho de instituciones jurisdiccionales y municipales que se obedecen pero no se cumplen y se retrasan pero no se suspenden las disposiciones del gobierno central. No obstante los vizcaínos estaban exentos del servicio militar obligatorio. También era ventajosa para la población vasca la contribución anual al Estado, los llamados conciertos económicos (1846).

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