Jesús y los grupos judíos: saduceos, fariseos, esenios, celotas y marginados

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Jesús y los saduceos

No se encuentra en los evangelios una explicación polémica antisaducea. Su mayoría fue escrita después de la destrucción de Jerusalén, y la clase dominante había quedado privada de todo su poder. Sin embargo, quedan muchos elementos dispersos que, en parte, ya hemos recordado.

El verdadero careo con la aristocracia lo sostuvo Jesús durante la pasión. Sus adversarios en la pasión no son los fariseos, sino los sacerdotes, ancianos y escribas del Sanedrín.

Jesús y los fariseos

Jesús está en ocasiones de acuerdo con los fariseos; fue frecuente huésped en su mesa. Le advierten que Herodes Antipas trama su muerte. Coincide con ellos en estar, en contraste con la clase dirigente de Jerusalén, más cerca del pueblo.

¿Por qué entonces los evangelistas conservan tanta polémica contra los fariseos? La única fuerza del judaísmo que sobrevivía fue el fariseísmo. Todo lo que la tradición había conservado de las palabras polémicas de Jesús fue comprendido como dirigido a los fariseos.

Jesús y los esenios

Jesús no envía a los suyos a vivir en el desierto sino a predicar al mundo. Exige amor universal, incluso a los enemigos; abre las puertas del Reino.

Jesús y los celotas

Habría que negar rotundamente que Jesús y su grupo hubieran formado parte de los celotas, solo tergiversando totalmente los datos evangélicos se puede sostener tal afirmación. Jesús considera como tentación que hay que superar el mesianismo político que Satanás propone.

No se puede excluir, sin embargo, que Jesús tuviera alguna semejanza con los celotas en ciertos rasgos; pero los evangelios muestran que rechazó la vía de la violencia política.

Jesús y los pecadores

Jesús justifica su actuación apelando al objetivo mismo de su misión: "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". El anuncio de que la benevolencia de Dios está abierta a los pecadores podía aparecer como una subversión completa del orden legal.

Jesús, pues, no se sitúa del lado de la ley rigurosa sino del hombre, por pecador que sea.

Jesús y las clases marginadas

Jesús permaneció entre los pueblos y ciudades, participando de cerca en la vida de la gente. Enfermos, mujeres y niños recuperan con Jesús la dignidad personal y social y la alegría del corazón.

Jesús no es un reformador social en sentido estrictamente político, pero penetra en el corazón de todas las discriminaciones con una acción decidida, consciente de haber venido a traer no la paz sino la espada: exige decisiones radicales que inciden en las relaciones del hombre con Dios y con sus hermanos.

En una sociedad estructurada sobre el factor religioso

Jesús no asumió la función de reformador social revolucionario o político. El anuncio del Reino de Dios es el centro de su interés; ante el Reino todo queda relativizado respecto a las instituciones sociales y religiosas. Es inconformista y presenta una novedad doctrinal cuyo desarrollo pudo tener efectos revolucionarios.

Jesús y la ley

No quiso abolir la ley sino llevarla a plenitud. Denuncia la pura ejecución extrema de la ley cuando esta descuida la raíz de toda observancia: el corazón. Jesús exige primero la conversión del corazón, de donde salen todo tipo de males, para que pueda acogerse la suprema realidad del Reino.

Jesús presenta como insignificantes ciertas prescripciones referentes a la pureza ritual; anula la distinción rígida entre alimentos puros e impuros y pone en tela de juicio todo el sistema cultual veterotestamentario.

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