El Imperio Ruso y el Estallido de la Revolución de 1905
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1.1 Progreso económico y atraso social
El Imperio ruso era una de las grandes potencias mundiales. Se extendía sobre 22 millones de km², contaba con 150 millones de habitantes y poseía gran riqueza. Socialmente, la diferencia entre la pequeña minoría, dueña de grandes fortunas, y la mayoría de campesinos y obreros industriales, que vivían en condiciones miserables, era radical. Uno de los grandes problemas sociales era la falta de una clase media o una burguesía fuerte. La servidumbre en el campo había sido suprimida muy tarde, pero la mayoría de las zonas rurales seguían estando muy atrasadas. Frente al atraso del campo, la industria se desarrolló tardíamente. Aunque el proletariado industrial creció, era poco numeroso. El hecho de estar concentrados en grandes fábricas favoreció la extensión de las ideas revolucionarias.
1.2 Los enfrentamientos políticos
El Imperio ruso seguía siendo una anacrónica monarquía absoluta. El zar gozaba de una autoridad sin límites y controlaba el país por medio de una sólida burocracia. La nueva clase media de las ciudades deseaba implantar una monarquía parlamentaria similar a las existentes en otros países europeos. Se agrupaba en el llamado Partido Constitucional Demócrata, conocido también como KD (Cadete). En el campo, el descontento agrupó a la población alrededor del Partido Socialista Revolucionario. Entre los obreros industriales se extendieron las ideas revolucionarias del marxismo, que se materializaron en la creación del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso. En 1903, este partido se dividió entre bolcheviques, dirigidos por Lenin, y mencheviques.
1.3 La Revolución de 1905
La crisis económica de 1902-1903 propició la aparición de huelgas obreras, sublevaciones campesinas y numerosas acciones terroristas. El detonante de la revolución fue la guerra de 1904 entre Rusia y Japón. En enero de 1905, una manifestación pacífica de obreros se dirigió al palacio imperial para presentar al zar una súplica. La manifestación fue disuelta por las armas, provocando centenares de muertos y heridos. Este hecho, conocido como el Domingo Sangriento, desencadenó la revolución. Al no poder acabar con las acciones de protesta, el zar Nicolás II aceptó algunas reformas. La oposición comprendió que solo la eliminación del zarismo podía cambiar la situación del país.