La Ilustración según Kant: El valor de pensar por cuenta propia

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El camino hacia la mayoría de edad

La Ilustración se define, en esencia, como la ruptura de las cadenas que mantienen al ser humano en un estado de sumisión intelectual. Según Immanuel Kant, este proceso representa la «salida del hombre de su minoría de edad», una condición de la que el propio individuo es responsable. Esta minoría no debe entenderse como una falta de inteligencia, sino como la «incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la dirección de otro».

El autor es tajante al señalar que la causa de esta situación no es biológica, sino moral: la pereza y la cobardía son los motores que permiten que la mayoría de las personas prefieran ser guiadas en lugar de pensar por sí mismas. Es en este escenario donde aparecen los tutores, figuras de autoridad (como el libro, el confesor o el médico) que asumen el control de la voluntad ajena. Estos tutores no solo facilitan la dependencia, sino que además presentan el acto de pensar como algo peligroso, asustando a sus pupilos para que no abandonen el «andador» de la costumbre. Por ello, el paso fundamental hacia la libertad requiere un acto de valentía individual resumido en la máxima: «¡Sapere aude!», que se traduce como el valor de usar tu propia razón.

La estructura de la libertad: Los dos usos de la razón

Para que un pueblo alcance este estado de madurez, solo se necesita un requisito: la libertad. Sin embargo, Kant establece una distinción crucial para que el progreso no destruya la estabilidad del Estado:

  • Uso privado de la razón: Es aquel que el ciudadano ejerce cuando desempeña un puesto civil o una función pública. En este ámbito, el individuo debe actuar de forma pasiva, como una pieza de una maquinaria, obedeciendo las órdenes recibidas para no romper el orden social (por ejemplo, un militar obedeciendo a su superior o un ciudadano pagando impuestos).
  • Uso público de la razón: Es el derecho de todo individuo a expresarse en calidad de docto o experto ante el mundo de los lectores. Este uso debe ser siempre libre, ya que es el único motor real de la Ilustración.

Kant defiende que, aunque un sacerdote deba enseñar el dogma en su iglesia (uso privado), tiene la obligación moral como intelectual de criticar esos mismos dogmas en sus escritos (uso público) si considera que contienen errores. Esta dualidad permite que la sociedad avance sin caer en la anarquía.

El progreso y la época de ilustración

Un punto fundamental del texto es la crítica a cualquier intento de eternizar un dogma religioso o civil. Kant argumenta que ninguna generación tiene derecho a firmar tratados que impidan a las futuras ampliar sus conocimientos o purificar sus errores, pues eso sería un crimen contra la naturaleza humana, cuyo destino principal es el progreso constante.

Finalmente, el autor concluye que no vivimos todavía en una «época ilustrada», pero sí en una «época de ilustración». Esto significa que, gracias a figuras como el monarca ilustrado, se han eliminado los obstáculos para que los hombres salgan de su reclusión mental. El principio que rige esta transición es el equilibrio político: «razonad todo lo que queráis, pero obedeced», permitiendo que la libertad de pensamiento termine influyendo en los principios del gobierno y, finalmente, en el trato al ser humano conforme a su dignidad.

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