La Idolatría y el Destierro en la Historia de Israel: Consecuencias y Reflexión
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La idolatría
Hubo muchos hombres que fueron fieles a Dios, como Abraham, Isaac y Jacob, o que cumplieron la Alianza que Dios hizo con su pueblo, como Moisés y Josué. Pero no todos en Israel fueron fieles a Dios y muchos cometieron pecados.
El pecado que más ofendía a Dios era la idolatría, es decir, alejarse de Dios poniendo su confianza en falsos dioses. Esto es lo que sucedió cuando Moisés estaba hablando con Dios en el monte Sinaí: como tardaba en bajar, construyeron un ídolo, un becerro de oro, y lo adoraron como a su dios.
El momento más oscuro de la historia de Israel fue cuando el rey Salomón, hijo de David, que había sido sabio y piadoso, cayó en las malas costumbres y en la idolatría por influencia de las mujeres extranjeras con las que se había casado, y erigió ídolos en Jerusalén. Tanto ofendió a Dios su pecado que le dijo: «Puesto que has obrado así, y has roto mi alianza y las leyes que yo te había dado, yo romperé sobre ti tu reino».
A la muerte de Salomón, en el año 933 a. C., casi ningún israelita adoraba a Yahvé y casi todos habían caído en la corrupción de las costumbres. Entonces se produjo la división del reino:
- El reino del Norte, o reino de Israel.
- El reino del Sur, o reino de Judá.
El sufrimiento, consecuencia del pecado
La idolatría de los reyes y de los miembros de Israel y de Judá trajo las malas costumbres. Los reyes posteriores no se arrepintieron, sino que siguieron cometiendo pecados abominables. La consecuencia de su infidelidad a Dios fue el sufrimiento: fueron invadidos por extranjeros, expulsados de su tierra y convertidos en esclavos en el destierro.
Hacia el año 721 a. C., el rey asirio Salmanasar invadió el reino del Norte (Israel), destruyó totalmente Samaria y deportó a Nínive a muchos israelitas. Por su parte, Nabucodonosor, rey de Babilonia, invadió en el año 587 a. C. el reino del Sur (Judá), destruyó la ciudad de Jerusalén y su templo. Muchos miles de judíos fueron deportados a Babilonia.
El año 537 a. C., Ciro, rey de Persia, que había conquistado Babilonia, dejó volver a los israelitas deportados en Nínive y a los judíos que estaban en Babilonia a su tierra, y a estos les permitió reconstruir el templo. Aquellos cincuenta años de destierro en Babilonia fueron un tiempo de reflexión y purificación para los judíos. Allí tomaron conciencia de lo sucedido:
- Habían sido infieles a Dios.
- Habían despreciado las advertencias de los profetas.
- Debían arrepentirse de sus pecados.
- Debían volver a poner su confianza en el Señor.