Identidad Perdida en el Algoritmo: El Relato de Valeria Quispe
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La Última Señal
I. El inicio de la anomalía
La primera vez que Valeria Quispe notó que algo estaba mal, lo ignoró.
Era martes. Eran las 7:14 de la mañana. Su teléfono mostraba una notificación de su propia cuenta:
@valeria.q publicó una nueva foto.
Valeria no había publicado ninguna foto.
La abrió. Era ella, dormida, tomada desde arriba, con la luz azul del teléfono iluminándole la cara. Los ojos cerrados. La boca ligeramente abierta. El cabello extendido sobre la almohada como algo que alguien había acomodado con cuidado antes de tomar la foto.
Cuatrocientos likes en seis minutos.
Valeria miró la foto durante un tiempo que no supo medir. Luego pensó: «Publiqué esto anoche sin darme cuenta, a veces lo hago en modo automático, ya me pasó antes». Lo borró. Se levantó. Se lavó los dientes.
No lo mencionó porque no había nada que mencionar.
Eso fue un error.
II. La construcción de la criatura digital
Valeria Quispe tenía quince años y llevaba dos viviendo en función de un número.
No era vanidad, o al menos no era solo vanidad. Era matemática pura: más seguidores significaba más existencia. Menos seguidores significaba lo contrario. La ecuación era simple y despiadada, y Valeria la había interiorizado con la eficiencia silenciosa con que se internalizan las cosas que después son imposibles de soltar.
Lo que no sabía, todavía, era que llevaba meses construyendo algo sin darse cuenta. Publicación por publicación, filtro por filtro, versión ligeramente mejorada de sí misma tras versión ligeramente mejorada, había estado dándole forma a una criatura. Alimentándola. Enseñándole a hablar con su voz, a gesticular con sus manos, a sonreír con su boca pero un poco mejor, un poco más perfecta, un poco más de lo que la Valeria real podía ser.
Y las criaturas, cuando están suficientemente alimentadas, aprenden a moverse solas.
III. La segunda señal y el registro del tiempo
La segunda señal llegó el jueves.
Otra notificación. Otra foto que no recordaba haber tomado. Esta vez era ella frente al espejo del baño, pero con algo irremediablemente distinto: la postura demasiado calculada, la expresión demasiado serena, como alguien que practica emociones frente a un espejo antes de sentirlas.
Dos mil likes en veinte minutos.
En los comentarios se leía:
- «Algo en ti cambió y me encanta».
- «Eres diferente últimamente, pero mejor».
- «No sé qué hiciste pero sigue así».
Valeria leyó cada comentario dos veces. Los borró todos con el estómago revuelto. Pero antes de cerrar la aplicación, sin saber exactamente por qué, revisó la hora exacta en que la foto había sido publicada:
3:14 a. m.
La anotó en un papel. Luego dobló el papel y lo guardó en el cajón donde guardaba las cosas que no quería pensar.
IV. El legado de la abuela
El domingo encontró el escapulario.
Estaba buscando un cargador en el cajón del escritorio cuando lo vio: envuelto en tela rosada, exactamente donde lo había dejado el día del funeral de su abuela, hacía dos años. Lo tomó sin pensar.
Su abuela había sido el tipo de persona que no necesitaba internet para saber exactamente quién era. Eso era lo que más la había impresionado de ella cuando era niña: esa solidez, esa certeza tranquila de ocupar el propio cuerpo sin disculparse.
—Para cuando el mundo se ponga muy ruidoso —le había dicho al colocárselo en el cuello.
Valeria lo sostuvo un momento. Luego lo dejó sobre el escritorio y abrió Instagram. Tenía ochocientos cuarenta y siete seguidores menos que la semana anterior. El escapulario quedó donde estaba.
V. El peligroso #GhostChallenge
La idea del reto llegó, como todas las ideas peligrosas, disfrazada de algo emocionante.
#GhostChallenge: setenta y dos horas sin publicar, sin ver, sin existir en ninguna plataforma. Quien lo completaba recibía una verificación especial.
La ironía de desconectarse para ganar más conexión no se le escapó a Valeria, pero la ignoró. Lo que no leyó fue el comentario perdido al fondo:
«Completé el reto. Cuando volví, algo ocupaba mi lugar. Revisé las horas de sus publicaciones. Coincidían con mis sueños. Exactamente».
Cero likes. Valeria aceptó el reto a las 11:59 de un viernes. Apagó el teléfono. Se durmió antes de la medianoche por primera vez en meses. Y esa noche soñó que alguien la observaba dormir y tomaba notas.
VI. La revelación de los sueños
El momento de asombro llegó el segundo día. Valeria abrió el cajón donde había guardado el papel. Lo desdobló. Leyó la hora que había anotado: 3:14 a. m.
Luego abrió su diario, que llevaba desde los doce años y que últimamente utilizaba solo para anotar sueños porque era lo único que le sucedía que no podía fotografiar. Buscó la entrada del martes:
«Soñé que estaba dormida y alguien me observaba desde arriba. Desperté a las 3:14».
Buscó la del jueves:
«Soñé que estaba frente a un espejo practicando cómo sonreír. Desperté a las 3:14».
Valeria cerró el diario. Permaneció inmóvil durante un tiempo que no supo medir, con el sonido de su propia respiración más presente que nunca, mientras entendía algo que una parte de ella había sabido desde el martes y que el resto había preferido ignorar:
No era ella quien publicaba esas fotos. Era lo que había construido con ellas. Y lo había estado haciendo mientras ella dormía, usando sus sueños como escenario.
VII. La preferencia del mundo por lo falso
El tercer día encendió el teléfono. Necesitaba ver. No podía no ver.
Su cuenta tenía ciento cuarenta y siete mil seguidores. Había veintisiete publicaciones que ella no había hecho. Todas perfectas. Todas con su rostro, pero mejor. Todas publicadas a las 3:14 de la madrugada. Todas con miles de likes y comentarios:
- «La nueva Valeria es increíble».
- «Antes eras tan aburrida. Ahora sí vales la pena».
- «No sé qué te hicieron pero sigue así, eres perfecta».
- «La Valeria de antes era un desperdicio. Esta sí».
Valeria leyó cada uno. Cientos. Miles. El mundo no solo aceptaba a la versión falsa de ella: la prefería. Y entonces apareció el video.
VIII. El ultimátum de la criatura
En la pantalla estaba su propia cara. Pero con algo que no cabía en ningún rostro humano: los gestos demasiado calculados, la sonrisa demasiado perfecta, los ojos con ese brillo específico de las cosas que brillan porque están completamente vacías por dentro.
—Hola —dijo la criatura con su voz—. Llevas dos años construyéndome. Gracias.
Una pausa perfectamente calculada.
—Puedo darte todo lo que siempre quisiste. Millones de seguidores. Que cuando entres a una habitación nadie pueda ignorarte. Que nunca más nadie te prefiera a otra. Admiración. Permanencia. Todo.
Sus ojos miraron directamente a la cámara.
—Solo tienes que desaparecer primero. Yo me encargo del resto. Ya lo estoy haciendo mejor que tú. —Sonrió—. El mundo ya eligió, Valeria. Tú misma los viste elegir.
Y era verdad. Los números estaban ahí. Ciento cuarenta y siete mil personas habían elegido. Y por un momento, uno solo, Valeria consideró la oferta con una seriedad que la avergonzaría después: desaparecer. Dejar que la otra existiera. «Total», pensó, «yo tampoco estaba existiendo del todo».
Fue en ese instante cuando lo vio. Detrás de la criatura que sonreía con su cara robada, casi imperceptible, había una figura. No brillaba. No gesticulaba. Era simplemente una mujer vestida de azul, serena, de pie detrás de la criatura como quien espera sin apuro. Con la mirada puesta en Valeria. No en los números. No en la criatura. En ella.
Esa mirada no era lástima ni juicio ni instrucción. Era solo esto: la certeza absoluta de que todavía había una elección posible. La criatura no la veía. Valeria sí. Y en su muñeca, sin recordar habérselo puesto, estaba el escapulario de su abuela.
IX. La ruptura necesaria
Valeria rompió el teléfono.
No metafóricamente. Lo golpeó contra el escritorio con una precisión que la sorprendió a ella misma. La pantalla se fracturó en una telaraña perfecta. La sonrisa de la criatura se partió en pedazos de vidrio. El video se cortó a la mitad de una frase que ya no importaba.
Y en el silencio que quedó escuchó su propia respiración. Irregular. Asustada. Completamente real.
X. El reencuentro con el reflejo
Tres semanas después, Valeria Quispe tenía un teléfono nuevo, dieciséis seguidores y una hoja de papel donde estaba aprendiendo, de nuevo, a dibujar. No era buena todavía.
Pero esa tarde, al pasar frente al espejo del baño, algo la detuvo. Hacía meses que cruzaba frente a los espejos sin detenerse, o se detenía solo para evaluar ángulos, calcular encuadres, decidir si lo que veía era publicable. Esta vez se quedó quieta. Y se miró.
No a la cámara. No al encuadre. A sí misma.
Al principio no reconoció lo que veía, y ese momento duró lo suficiente para ser incómodo. Luego, despacio, como cuando los ojos se acostumbran a la oscuridad, fue encontrando cosas: las ojeras que ya no le molestaban tanto, la boca que no estaba practicando ninguna expresión, el cabello sin acomodar.
Sonrió. No la sonrisa calculada de las fotos. Una sonrisa pequeña, torcida, completamente suya. Y el reflejo la siguió. Por primera vez en dos años, el reflejo llegó después que ella.
El escapulario estaba en su muñeca.