Historia y Transformación de la Escena Española (1890-1939)
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TEATRO ESPAÑOL ANTERIOR A 1939
1. EL TEATRO A FINALES DEL XIX: ENTRE BURGUESISMO Y RENOVACIÓN
A finales del siglo XIX, el espectáculo teatral está fuertemente condicionado por una clase social que exige verse retratada en el escenario: la burguesía. Fue este teatro burgués el que predominó durante la segunda mitad del siglo XIX. En concreto, el teatro burgués de finales del siglo XIX y principios del XX encuentra estas cuatro formas fundamentales:
- El drama posromántico: Melodramático y efectista, está perfectamente representado por José Echegaray (1832-1916).
- La comedia burguesa: Representada por Jacinto Benavente (1866-1954), concilia el retrato de la burguesía conservadora con la presentación de sus hipocresías y convencionalismos. Su primer estreno, El nido ajeno (1894), indignó al público burgués y la obra fracasó comercialmente. Desde entonces, Benavente se limitó a una «comedia de salón» más benevolente. Destaca Los intereses creados, donde critica nuevamente los ideales burgueses.
- El teatro poético: De corte posromántico, se nutre por un lado de cierta vena modernista, mientras que por otro responde a tópicos anclados en el pasado. Sus mayores exponentes son Francisco Villaespesa y Eduardo Marquina. También los hermanos Machado escribieron alguna obra de teatro poético con éxito notable, como La Lola se va a los puertos (1929).
- El teatro cómico: Tuvo amplia vigencia durante largos años —de hecho, sobrevive hoy día de modos diversos— y que, por estos años, tuvo su forma más característica en el «sainete» y la «zarzuela». Este tipo de teatro, exclusivamente español, tiene como máximos representantes al «madrileñista» Carlos Arniches, a los sevillanos hermanos Álvarez Quintero y a Pedro Muñoz Seca, con su célebre La venganza de don Mendo (1918).
2. LA RENOVACIÓN DRAMÁTICA
Frente a este «teatro burgués», podemos encontrar manifestaciones de un teatro para minorías, que se aleja de las formas burguesas establecidas y que, en la mayoría de los casos, no llegó a ser representado. Se trata de un teatro nuevo tanto formal y técnicamente, como en temática e ideología, y entre cuyos cultivadores encontramos nombres como los de Unamuno, Azorín o Jacinto Grau.
A estas tentativas se sumaron de manera ejemplar Valle-Inclán y Lorca, quienes van a ser los máximos representantes de esa nueva realidad teatral, así como autores como Alberti, Max Aub y Miguel Hernández.
2.1. VALLE-INCLÁN
Los inicios: dramas decadentistas
Las primeras piezas, como El marqués de Bradomín (1906), Cuento de abril (1909) y Voces de gesta (1911), corresponden al género del «teatro poético» modernista, de tema histórico e ideología tradicionalista.
Dramas de ambiente galaico y farsas
Posteriormente comenzará a existir en su obra cierta conciencia de la realidad, que sin embargo se expresa a través de elementos míticos y farsescos. En esta época, Valle comienza a regodearse en lo clásico, cuyo particular tratamiento da lugar a sus tres Comedias bárbaras (1907 y 1922) y a Divinas palabras (1920), así como a sus farsas en las que los personajes comienzan a ser tratados como caricaturas (al igual que sucederá en sus «esperpentos»): recordemos La cabeza del dragón (1909) y La marquesa Rosalinda (1912).
El esperpento
Esa realidad que Valle presenta de modo caricaturesco va dejando sitio a una visión progresivamente más profunda y a una crítica de alcance universal, resultado del inconformismo del autor con toda la realidad y con toda la sociedad. Este modo de concebir la literatura podemos observarlo en las cuatro obras dramáticas que Valle bautizó como «esperpentos»: Luces de bohemia (1920), Los cuernos de don Friolera (1921), Las galas del difunto (1926) y La hija del capitán (1927).
La sistemática deformación de la realidad consagra lo grotesco como forma de expresión, aunque dotándolo de una posible doble lectura: una que hace referencia a esa realidad caricaturizada, y otra de significado profundo y crítico, que apunta hacia una lección ética de dimensión social como es el esperpento.