Hispania Romana, el Reino Visigodo y los Inicios de Al-Ándalus

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La Segunda Guerra Púnica en la Península Ibérica

La Segunda Guerra Púnica transcurre entre el 218 y el 201 a. C. Es una guerra compleja que tiene lugar tanto en Italia como en el norte de África, pero también en la península ibérica. Roma se enfrentó al general cartaginés Aníbal Barca, quien llegó a amenazar a la propia capital romana. La guerra acabó con la victoria de Roma y el hundimiento de Cartago.

Los romanos enviaron a la península a Publio Cornelio Escipión y a su hermano con las legiones; sin embargo, en el 211 a. C. fueron derrotados y muertos. El Senado envió entonces al hijo de Publio, conocido como Escipión «el Joven» (más tarde llamado «el Africano»). Este supo ganarse el apoyo de las tribus íberas del valle del Ebro y, en el 209 a. C., conquistó Cartago Nova, liberando a los rehenes íberos allí retenidos. En los dos años siguientes, Escipión derrotó a los sucesivos ejércitos púnicos hasta tomar Gades en el 206 a. C. y expulsar a los últimos cartagineses. El general Escipión era miembro de una de las familias más poderosas de Roma: conquistó Cartago Nova y el sur de Hispania, y finalmente derrotó a Aníbal en África (Zama), poniendo fin a la contienda.

Hispania durante la República Romana

Tras la expulsión cartaginesa, los romanos procedieron a la organización de la nueva provincia de Hispania. Iniciaron la implantación de su sistema político y administrativo, sus valores, su lengua y su cultura, al tiempo que explotaban sus recursos económicos. Dividieron el territorio en dos provincias:

  • Hispania Citerior: con capital en Tarraco.
  • Hispania Ulterior: con capital primero en Cartago Nova y después en Corduba.

La implantación de la civilización romana fue desigual. Las zonas más desarrolladas del valle del Guadalquivir y de la costa mediterránea se adaptaron con mayor rapidez. Las aristocracias locales colaboraron con los romanos en las áreas donde se asentaron principalmente veteranos de las legiones, comerciantes y administradores, cada vez en mayor número. Por el contrario, la resistencia armada contra los romanos y el menor grado de desarrollo previo hicieron más disperso y tardío el proceso de urbanización en el interior y el norte.

Conforme avanzó el tiempo, la captura de botines disminuyó y la explotación de los recursos se fue haciendo sistemática. Roma impuso a los íberos un impuesto del 5 % sobre las cosechas, obligó a suministrar tropas auxiliares a las legiones y se hizo con el control de las minas, especialmente las de plata de Cástulo. Los comerciantes romanos se apoderaron de la producción y comercialización de productos como el aceite, el vino y los salazones, mientras aumentaba continuamente el número de itálicos establecidos en Hispania.

El Fin de la Conquista y la Reorganización de Augusto

El reinado del emperador Octavio Augusto supuso en Hispania un giro decisivo. En el caso de las provincias hispánicas, el propio emperador se encargó en persona de culminar la conquista, reorganizar la administración e impulsar un ambicioso proceso de urbanización.

Augusto culminó la conquista de la península a través de las guerras cántabras (contra cántabros, astures y galaicos). A los motivos políticos y de pacificación se unieron los económicos, ya que al botín militar se sumaba el control de las ricas minas de oro del noroeste peninsular (como Las Médulas).

Augusto emprendió una reorganización administrativa para adaptar el control de Hispania a la nueva realidad del Imperio y al reparto de funciones entre el emperador y el Senado. Impulsó un vasto programa de urbanización, destacando la fundación de Emerita Augusta (Mérida). Además, bajo su mandato se concluyeron algunas de las calzadas más importantes del trazado peninsular, como la Vía Augusta y la Vía de la Plata.

La división administrativa de Augusto estructuró la península en tres grandes provincias:

  • Bética: provincia senatorial, la más pacífica, bajo la autoridad del Senado y sin legiones permanentes; su capital fue Corduba.
  • Lusitania: provincia imperial con mando militar bajo autoridad del emperador; su capital fue Emerita Augusta.
  • Tarraconense: provincia imperial con presencia militar bajo autoridad del emperador; su capital fue Tarraco.

Augusto promovió la concesión de los derechos de ciudadanía romana y latina a muchas ciudades de la Bética y de la costa mediterránea. Este proceso continuó con sus sucesores y culminó en el siglo I d. C. con el Edicto de Vespasiano, por el cual todas las ciudades hispánicas recibieron el estatuto de municipios latinos.

La Monarquía Visigoda y la Estructura Social

Poco más de dos siglos duró el predominio visigodo en la península ibérica. A finales del siglo VII, las diferencias étnicas entre germanos e hispanorromanos prácticamente habían desaparecido.

En sus inicios, la sociedad hispanovisigoda se caracterizó por la separación entre comunidades. Los nobles visigodos se apropiaron, mediante el sistema de reparto romano (hospitalitas), de dos tercios de las grandes propiedades territoriales. Sus posesiones quedaron bajo la autoridad de sus propios gobernadores (comes civitatis), mientras que la población hispanorromana mantuvo inicialmente su propia administración municipal y provincial. Del mismo modo, la legislación era diferenciada: el Código de Eurico para los visigodos y la Lex Romana Visigothorum (Breviario de Alarico) para los romanos, hasta su posterior unificación. En el siglo VI se fijó la capital del reino en Toledo, debido a su posición estratégica en el centro peninsular.

Por encima de los gobernantes locales se situaban los jefes militares territoriales (duques y condes) y la monarquía. Los reyes visigodos eran electivos, salvo en los casos en que monarcas como Leovigildo o Chindasvinto intentaron asociar o imponer a sus hijos en el trono. Debido al principio electivo, la sucesión fue sumamente conflictiva: las rebeliones, golpes de estado y luchas nobiliarias por la corona resultaron constantes, lo que no impidió que varios monarcas demostraran notables dotes legislativas y administrativas.

Durante el siglo VI, los visigodos compartieron el espacio peninsular:

  • Los suevos: se mantuvieron como reino independiente en la Gallaecia (noroeste) hasta que Leovigildo los incorporó definitivamente al reino.
  • Los bizantinos: desembarcaron en el sur peninsular y conquistaron Málaga, Cartagena y el litoral andaluz, aprovechando las guerras civiles nobiliarias visigodas. Durante unos setenta años controlaron la provincia de Spania, hasta ser expulsados por Suintila.
  • La zona cantábrica: en el norte, el control visigodo fue muy precario. Los ataques francos y la escasa sumisión efectiva de vascones y cántabros obligaron a continuas campañas militares defensivas y de castigo.

Evolución Política Final y la Conquista Musulmana

Hacia finales del siglo VII y comienzos del VIII, el Reino visigodo entró en una profunda crisis estructural, acelerada por la extensión del prefeudalismo y la pérdida de poder efectivo del rey en favor de la nobleza laica y la jerarquía eclesiástica.

A la muerte del rey Witiza, estalló una grave crisis sucesoria entre los partidarios de su hijo menor, Ágila II, y Don Rodrigo, ungido monarca por la facción nobiliaria rival. Los partidarios witizanos solicitaron apoyo militar a los musulmanes del norte de África para deponer a Rodrigo. En el 711, las fuerzas mandadas por Táriq ibn Ziyad y coordinadas por Musa ibn Nusayr desembarcaron en la península y derrotaron decisivamente al ejército de Don Rodrigo en la batalla de Guadalete.

En muy poco tiempo y con escasa resistencia militar, los musulmanes conquistaron prácticamente la totalidad del territorio peninsular, salvo ciertas áreas montañosas de la cornisa cantábrica y los Pirineos. La extraordinaria rapidez del avance se debió a varios factores clave:

  1. La profunda división interna de la aristocracia visigoda.
  2. La indiferencia e incluso alivio de amplios sectores de la población hispanorromana y judía.
  3. La estrategia musulmana de asegurar los centros urbanos y nudos de comunicación neurálgicos.
  4. El empleo regular de capitulaciones y pactos que respetaban propiedades, religión y autonomía a los mandatarios locales sometidos.

Hacia el 720, los ejércitos musulmanes cruzaron los Pirineos hacia el Reino franco, pero su avance hacia el norte de Europa quedó frenado por Carlos Martel en la batalla de Poitiers (732). Tras este revés, la cordillera pirenaica quedó configurada como la frontera septentrional de su dominio. Por su parte, las Islas Baleares no fueron incorporadas de forma definitiva al ámbito andalusí hasta comienzos del siglo X.

El nuevo territorio dominado, denominado Al-Ándalus, quedó constituido en su primera etapa como un emirato dependiente del Califato Omeya de Damasco, con capital inicial en Sevilla y pronto trasladada a Córdoba. Los conquistadores prestaron escaso interés inicial a las tierras llanas de la Meseta norte y a los reductos montañosos septentrionales, donde poco después comenzaron a formarse los primeros núcleos cristianos de resistencia.

Las principales tensiones internas del incipiente emirato surgieron de los conflictos étnicos entre las fuerzas conquistadoras: la minoría árabe monopolizó los cargos administrativos más elevados y las tierras fértiles de los valles del Guadalquivir y del Ebro, marginando a los contingentes bereberes en regiones más desfavorables.

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