La Hispania Romana: Organización, Cultura y Declive del Imperio

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Organización político-administrativa

Hispania, que abarcaba toda la Península Ibérica, fue inicialmente dividida en dos provincias: Citerior y Ulterior, separadas por el eje León-Mazarrón. Durante el Alto Imperio, bajo Augusto, se reorganizó en tres provincias: Lusitania, Bética y Tarraconensis.

En el siglo III d.C., se dividió en cinco provincias: Tarraconensis, Cartaginensis, Bética, Lusitania y Gallaecia, y posteriormente se añadieron las provincias Balearica y Mauritana-Tingitana (en el norte de África). Cada provincia era gobernada por un pretor, asistido por un Consilium, y se subdividía en conventos jurídicos como centros judiciales. Para la administración fiscal, había un cuestor encargado del censo y la recaudación de impuestos.

Religión, cultura y arte

La importación de cultos romanos a la Península contribuyó a la romanización, aunque coexistieron con un variado politeísmo indígena, fenicio y griego. Hacia el siglo III, el Cristianismo llegó y, tras el Edicto de Milán de Constantino, se estableció como la religión oficial en el 380 bajo el emperador Teodosio. El latín fue el principal vehículo de romanización, dando lugar a las lenguas romances, excepto el vasco, que sobrevivió en el norte.

La romanización se evidencia en la aparición de personajes destacados como los emperadores Trajano y Adriano, y en la proliferación de vestigios romanos como:

  • Acueductos
  • Murallas
  • Puentes
  • Teatros
  • Templos

La crisis del siglo III

A partir del siglo III, Roma enfrentó una profunda crisis económica, política y social. La falta de nuevas conquistas llevó a una caída en la esclavitud, lo que redujo la mano de obra en la producción agrícola y minera, provocando una disminución del comercio y la decadencia de las ciudades, resultando en una ruralización del Imperio.

En el ámbito político, las incursiones germánicas aumentaron sin que el ejército pudiera detenerlas, ya que este se había involucrado en la política, eligiendo emperadores entre sus propios jefes. La llegada de los ostrogodos y la deposición del último emperador romano de Occidente en el 476 marcó la desintegración del Imperio en diferentes pueblos germánicos, incluyendo a los visigodos en España.

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