Guerras carlistas: causas, bandos y desarrollo en España

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Las guerras carlistas

Don Carlos reivindicó sus derechos dinásticos (Manifiesto de Abrantes) y fue proclamado rey en diversos lugares, mientras se producían levantamientos carlistas en todo el país. La guerra fue un conflicto civil con fuerte contenido ideológico y de clase.

El bando carlista

En el bando carlista estaban los absolutistas e intransigentes. Reclamaban, junto al legitimismo, es decir, la defensa del derecho sucesorio masculino, la alianza del altar y el trono. Bajo el lema “Dios, Patria y Rey y Fueros” defendían el antiguo régimen: monarquía absoluta y religión tradicional, y el mantenimiento de los fueros vascos y navarros frente al liberalismo centralista. Desde el punto de vista social, en el carlismo militaban una parte de la nobleza, el bajo clero y parte del campesinado.

Predominaba en las zonas agrarias del norte (provincias vascas, Navarra y zonas de Cataluña y Castellón, el Maestrazgo). Una de las razones del arraigo fue la defensa de los fueros, suprimidos por Felipe V en la Corona de Aragón y amenazados en las provincias vascas y Navarra.

El bando isabelino o cristino

El bando isabelino o cristino tuvo el respaldo de los sectores moderados y reformistas del absolutismo, y de los liberales, que veían la posibilidad de reformar el país. También tuvo el apoyo de la mayoría del ejército y de la jerarquía de la Iglesia, conscientes de la imposibilidad de evitar los cambios. Se sumaron la burguesía, los profesionales, las clases medias urbanas y el campesinado del sur.

Controlaron el centro y el sur del país, y las principales ciudades, incluidas las capitales del norte, Barcelona y Bilbao.

El gobierno de María Cristina contó con el reconocimiento y el apoyo diplomático y militar de Portugal, Inglaterra y Francia. Los carlistas, sin llegar a ser reconocidos, tenían simpatías en Austria, Prusia, Rusia y los Estados Pontificios.

La Primera guerra carlista (1833-1840)

Se inicia al morir Fernando VII. Al comienzo se mostró favorable a los carlistas, que derrotaron a las tropas del gobierno en rápidas ocasiones gracias a su movilidad y conocimiento del terreno. En Cataluña y en el Maestrazgo, donde los carlistas eran más fuertes, utilizaron la táctica de guerra de guerrillas; el principal líder de esta zona fue Cabrera, llamado “Tigre del Maestrazgo”. En la zona vasco-navarra, los carlistas sostuvieron una guerra abierta de tipo convencional. Entre sus operaciones militares hay que mencionar el sitio de Bilbao (1835), que se saldó con un fracaso, y donde murió el general Zumalacárregui, su mejor estratega; y la “Expedición Real”, la campaña mediante la cual los carlistas intentaron, sin éxito, tomar Madrid.

El resultado de la guerra no estuvo claro hasta 1837, cuando la consolidación del liberalismo en Madrid y el apoyo de Francia e Inglaterra hicieron inclinar la balanza del lado isabelino. La victoria liberal en la batalla del Puente de Luchana (Bilbao) aclaró el final del conflicto, que llegó en 1839 con el Convenio de Vergara, pactado por los generales Espartero y Maroto. Los militares carlistas, a cambio de su aceptación de Isabel, obtenían la amnistía y el derecho a integrarse en el ejército con su graduación militar. Se conservaban algunos derechos forales en el Maestrazgo. La guerra duró un año más, hasta que Morella fue tomada por el ejército liberal y Cabrera se vio forzado a salir de España. Don Carlos no aceptó el convenio y se exilió en Francia.

La guerra había sido extremadamente cruenta, con decenas de miles de muertos, tanto militares como civiles, y dejó en el norte una importante destrucción económica. La derrota de los carlistas no supuso la extinción de su ideario ni de sus reivindicaciones; mantuvo gran arraigo en algunas zonas del país y volvió a protagonizar episodios bélicos en otras dos ocasiones.

En 1846 estalló la Segunda guerra carlista

Se desarrolló sobre todo en Cataluña. La iniciaron los partidarios del conde de Montemolín, Carlos Luis de Borbón y Braganza, heredero de Carlos María Isidro. El pretexto fue el matrimonio de Isabel II. Se pensó en un enlace entre las dos ramas de los Borbones, pero las exigencias de Montemolín, que pretendía ser reconocido como rey con plenitud de facultades y no como consorte, frustró la iniciativa. Hasta 1860 perduraron focos rebeldes en las zonas rurales y montañosas de Navarra, provincias vascas y Cataluña, gracias al apoyo popular del campesinado y del clero rural.

La Tercera guerra carlista (1872-1876)

Comenzó cuando los partidarios del pretendiente carlista respaldaron las aspiraciones al trono de Carlos VII, en un momento de gran inestabilidad en el país, tras el destronamiento de Isabel II, el fallido reinado de Amadeo de Saboya y la proclamación de la I República (sexenio). El levantamiento se produjo en las zonas tradicionales y fue derrotado definitivamente en 1876 por las tropas del rey Alfonso XII, decretándose la abolición de los fueros vascos y navarros.

Esta fue la última guerra carlista, aunque la ideología no desapareció.