Fundamentos de la Religión: Dimensiones Culturales, Científicas y Teológicas

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Dimensión cultural e histórica de la religión

La religión es un hecho cultural; ignorarla es carecer de claves para interpretar las civilizaciones, en las que se recogen tanto las manifestaciones racionales (mitos, creencias, credos…) como las manifestaciones emotivas (fiestas, romerías, procesiones).

Dimensión teológica y científica de la religión

La religión posee un carácter científico, ya que constituye un saber sistemático que cuenta con fuentes determinadas, un método propio y un desarrollo académico apropiado.

Dimensión pedagógica de la religión

La Enseñanza Religiosa Escolar (ERE) posee una identidad propia y desarrolla posibilidades y capacidades en el alumno que no son abordadas por otras disciplinas.

La Alianza: El hilo conductor de la fe

La relación de Dios con la humanidad se concreta en la Alianza establecida por iniciativa divina. Este es el hilo conductor que permite entender el mensaje de Dios, los inmensos dones con que hemos sido dotados para llegar a Él y el camino hacia el Reino y la Salvación.

  • Fundamento bíblico: Toda la Biblia trata de la Alianza establecida entre Dios y la humanidad.
  • Evolución histórica: Comenzada en el Antiguo Testamento, la Alianza adquiere su rostro definitivo en el Nuevo Testamento con Jesús, momento en el que el pueblo de Dios alcanza su madurez.
  • Universalidad: La Alianza pasa de centrarse en un solo pueblo a ser universal. A través de la muerte y resurrección, Dios se revela y rompe los esquemas de Israel, demostrando que Su amor es para todos.

El amor misericordioso de Dios

En definitiva, debemos hablar de una sola y única Alianza, que se resume en el amor que Dios siente por los hombres. Cuando la humanidad desobedece el pacto y se aleja de Dios, es Él mismo quien renueva la Alianza y se compromete de nuevo con el género humano, pues el amor de Dios es misericordioso y justo.

Dios inició desde el principio un diálogo de amor con el hombre: lo creó para hacerlo hijo suyo, semejante a Jesucristo. Este diálogo, nunca interrumpido por Dios a pesar del pecado humano, culminó en la entrega de su mismo Hijo, Jesucristo, por quien quiso reconciliar consigo a todos los seres. Al resucitarlo de entre los muertos, inauguró con Él una «nueva creación»: estos mismos cielos y esta misma tierra, pero renovados y transfigurados por la gloria inmensa de Dios.

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