La Filosofía de San Agustín: Imagen Divina, Certeza y Refutación del Escepticismo

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La Imagen de Dios en el Hombre: Un Resumen de San Agustín

El tema central del texto aparece en las primeras líneas: «También nosotros reconocemos una imagen de Dios en nosotros», es decir, hallamos en nosotros una imagen de Dios, de la Trinidad, aunque no igual, no eterna, ni de la misma sustancia que Él es. Dios es uno y tres personas al mismo tiempo (Trinidad): Dios, en cuanto es o existe, es Padre; en cuanto se conoce, es Hijo; en cuanto ama su ser y su conocer, es Espíritu Santo. Los hombres «somos, conocemos que somos y amamos este ser y este conocer». En cuanto somos, nos asemejamos al Padre; en cuanto conocemos, nos asemejamos al Hijo; en cuanto amamos nuestro ser y nuestro conocer, nos asemejamos al Espíritu Santo.

Capítulo XXVI: La Refutación del Escepticismo y la Certeza del Ser, Conocer y Amar

El texto puede dividirse en dos partes. La primera, que se corresponde con el capítulo XXVI del libro XI, tras establecer el tema central anteriormente citado y comentado, afirma, en primer lugar, que a la verdad de las tres proposiciones citadas —soy, conozco y amo— no alcanzan los argumentos de los escépticos (académicos, dice el texto), porque no proceden del conocimiento sensible ni de la fantasía, sino que son evidentes a la razón (el error de los escépticos es que pretenden fundar el conocimiento en la sensación, cuando su fundamento, en esta cuestión San Agustín sigue a Platón, es la intuición intelectual).

A continuación, pretende justificar frente a los escépticos la verdad indubitable de las dos primeras proposiciones: que somos y que conocemos. El argumento resulta claro: para engañarme cuando creo conocer, como dicen los escépticos, es necesario que exista; si no existo, no puedo engañarme («si me engaño, existo», expresión paralela a aquella otra utilizada por Descartes muchos siglos después: «si pienso, existo»); por ello, aunque me engañe cuando creo conocer, conozco que existo, y en cuanto conozco que existo, conozco que conozco; es, pues, evidente que existo y que conozco al menos que existo.

Por último, enuncia la verdad de la tercera proposición señalada: que amo mi ser y mi conocer: «Pues no me engaño en las cosas que amo; aunque ellas fueran falsas, sería verdad que amo cosas falsas», para concluir argumentando esta verdad con la afirmación: «Tan verdad es que no hay nadie que no quiera existir, como no existe nadie que no quiera ser feliz».

Capítulo XXVII: La Justificación del Amor al Ser y al Conocer

La segunda parte, que se corresponde con el capítulo XXVII de este mismo libro, cuyo punto 1 pretende justificar que amo mi ser.

1. La Justificación del Amor al Ser

La argumentación aquí es sencilla: toda la naturaleza «rehúye con gran fuerza el no ser»; así, ningún hombre quiere morir: hasta el hombre más miserable elegiría con alegría vivir eternamente (la inmortalidad) en su miseria antes que una muerte prematura; más aún, todos los animales y las plantas mismas luchan con denuedo por mantenerse en la existencia, incluso los seres inanimados parecen preservar su existencia buscando su lugar natural (referencia a la teoría aristotélica de los lugares naturales).

Y cuyo punto 2 pretende justificar que amo mi conocer.

2. La Justificación del Amor al Conocer

El argumento nos lo ofrece en las primeras líneas: el amor del hombre al conocimiento se manifiesta claramente en el hecho «de que cualquiera prefiere lamentarse con mente sana a alegrarse en la locura», es decir, todo hombre prefiere, en aquellas cosas que íntimamente le atañen, la verdad, por dura que sea, a la mentira. A continuación, afirma que ese amor por el conocimiento solo lo posee el hombre, porque aunque los animales puedan tener los órganos de los sentidos más desarrollados, él es el único capaz de conocimiento racional (hace una referencia a la teoría de la iluminación), y reflexiona por qué se llaman sensibles a las demás cosas: no conocen, pero parecen querer darse a conocer por la belleza y perfección de las formas que ofrecen a los sentidos corporales.

A partir de esa reflexión, se refiere a su concepción del conocimiento: los sentidos corporales nos informan de los objetos corporales, pero no los juzgamos por los datos que ellos nos ofrecen, sino por los de «otro sentido interior, muy superior a este», que solo el hombre posee; la función y finalidad de «este sentido» no puede ser cubierta por ningún sentido corporal. Concluye, repitiendo lo afirmado al principio del capítulo anterior (XXVI), que por ese sentido «estoy cierto de que existo y de que conozco y de que amo eso, y estoy igualmente cierto de que amo».

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