Filosofía Contemporánea: Nietzsche, Ortega y Arendt
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REALIDAD
La realidad, para Nietzsche, es fundamentalmente devenir, cambio, flujo incesante de las cosas (el único filósofo al que estima Nietzsche es a Heráclito). Lo que percibimos por los sentidos no es una ilusión, sino la realidad misma. Nietzsche cree que la metafísica occidental se ha fundado sobre un gran error: situar el ser en "otro mundo”, con la consiguiente devaluación del mundo sensible, que queda reducido a apariencia de lo real.
La metafísica, además, concibe la realidad de forma teleológica e introduce una concepción lineal del tiempo (tradición judeocristiana), de forma que presenta la realidad sensible como un mero tránsito hacia un fin ulterior e ideal. Según Nietzsche, el ser humano ha necesitado imaginar y crear una realidad fija e inmutable para evitar ser arrastrado por el flujo de lo real. Sin embargo, esta concepción de la realidad, producto del resentimiento, constituye un atentado contra la vida, pues desprecia los sentidos, las emociones, lo sensual y el cuerpo mismo.
Para Nietzsche no existe contraposición entre fenómeno y noúmeno, sino que la realidad es tal y como se nos manifiesta, y en ella está presente el caos, la finitud, el sufrimiento y la muerte. Su filosofía, vitalista e irracionalista, surge en contraposición a todo racionalismo, en tanto que este considera que todo lo real es lógico y racional. Nietzsche establece una crítica radical a la cultura occidental y sus valores, que considera una traición a los valores de la tierra. De esta manera, la primera labor de su filosofía ha de ser destructiva (filosofía del martillo), para tratar después de trasmutar todos los valores.
Acusa a Sócrates de la pretensión racionalista por comprender la realidad mediante la lógica y conceptos que, por su estatismo, congelan el devenir de la realidad. Con Platón asistimos al desgarramiento de la realidad en dos mundos separados, donde el verdadero representa lo inmóvil y perfecto. La moral judeocristiana representa para Nietzsche la culminación de la negación de la vida, predicando su sacrificio en aras de otro mundo (inmutable) y otra vida mejor. El “yo pienso” cartesiano, la razón ilustrada, el noúmeno kantiano o el Espíritu de Hegel tampoco se salvan de la crítica de Nietzsche.
Nietzsche afirma el valor de esta vida y de este mundo de modo absoluto y utiliza el concepto del eterno retorno (la realidad se extingue y se recrea constantemente) para romper con el sentido metafísico de la realidad y dinamitar todos los valores asentados en la negación del devenir y de la vida. Según su pensamiento, la realidad solo está sometida a la voluntad de poder, tendencia interna de todo ser a afirmarse individualmente en su entorno, una energía desatada que provoca el constante devenir del universo. Las cosas muestran esa voluntad de poder como voluntad de preservarse, de seguir en su estado. En los seres vivos la voluntad de poder se manifiesta en los instintos vitales como un impulso por imponerse ante toda limitación: “Allí donde encontré un ser vivo, encontré también voluntad de poder”.
CONOCIMIENTO
La voluntad de poder también se manifiesta en el hombre como impulso por "conocer", por dominar y someter la naturaleza a nuestros intereses. Nietzsche critica la gnoseología tradicional, basada en la intelección de las esencias de las cosas, y denuncia que el origen de su error está en el lenguaje y en los conceptos universales de la razón. La verdad universal no es más que una creación ilusoria, una mentira que no refleja la verdadera realidad.
Desde el origen de la filosofía (acusa a Sócrates y Platón) la razón ha sido considerada como la única fuente del conocimiento capaz de acceder a las esencias (episteme). La información sensible quedó reducida a lo individual y cambiante (doxa). De esta forma se consideró que el verdadero conocimiento consiste en crear y operar con conceptos y palabras (logos) con los que representamos, expresamos y entendemos la realidad.
El irracionalismo de Nietzsche no ha de entenderse en sentido literal, puesto que no defiende eliminar la razón (sería incoherente con su propia labor), sino como rechazo a la pretensión humana de racionalizar (cuantificar, cuadricular, dar sentido lógico) toda la realidad, que en esencia es irracional en gran medida y, en último término, solo responde a la voluntad de poder. Para Nietzsche, las palabras y conceptos nacen originariamente como metáforas que expresan intuiciones que tenemos acerca de la realidad individual y cambiante. Sin embargo, las generalizaciones conceptuales (universales) pretenden eliminar arbitrariamente la diferencia, la peculiaridad, el cambio, y acceder así a lo fijo e inmutable. Las palabras y el lenguaje mismo refuerzan esa concepción estática de la realidad: el sustantivo ya sugiere la sustancia y la sustancia nos lleva a imaginar que lo real es permanente.
Afirma Nietzsche que el error reside en el olvido del origen metafórico de las palabras y los conceptos, lo que nos lleva a creer en la realidad inmóvil que representan. Nietzsche es consciente de la dificultad de liberarnos de la metafísica occidental sin una transformación del lenguaje que la cobija: “Temo que no nos libraremos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática”. Como otros filósofos contemporáneos, también destacó que el lenguaje es un producto social y un instrumento al servicio de los poderes que lo sustentan.
También fue crítico con la ciencia moderna, pues consideraba que reducía lo real a explicaciones mecánicas y cuantitativas. El modelo científico-matemático se funda en cantidades y en un orden matemático que reproduce la dicotomía entre verdadera realidad (racional) y la apariencia. El hombre, la vida y la voluntad de poder que inunda toda la realidad no pueden ser explicadas en términos cuantitativos. La realidad no es una y objetiva. La objetividad es un invento de la razón tradicional. No hay una verdad, sino tantas como perspectivas (Nietzsche influirá en el perspectivismo de Ortega). Nietzsche entiende que la "voluntad de verdad" no es una búsqueda sincera y desinteresada. La verdad (igual que el bien), no es previa a la voluntad, sino producida por ella; es una muestra del interés por someter el mundo a mi voluntad de poder. No hay conocimiento desinteresado, neutral, objetivo.
Nietzsche contrapone el hombre racional, que se aferra a los conceptos y a la previsión y regularidad de la naturaleza, al hombre instintivo, que intuye/conoce la realidad en su apariencia y se aleja de mundos ilusorios. La realidad es más accesible para el creador, para el artista que la moldea y la somete (Nietzsche añadiría, "que la ama") que para el que se aproxima a ella desde la distancia del que solo quiere contemplarla.
DIOS
Nietzsche, al igual que Marx y otros autores contemporáneos, no ofrece pruebas sistemáticas para fundamentar su ateísmo, sino que trata de explicar por qué los hombres han creado y creído en Dios y desenmascarar así lo que considera una entidad irreal y quimérica. Afirma Nietzsche que el concepto de Dios ocupa un papel central en la metafísica tradicional, pues constituye el fundamento último de la existencia de todo lo real y proporciona el criterio que determina el comportamiento humano correcto.
Si los conceptos son para Nietzsche nociones arbitrarias y convencionales incapaces de captar el carácter caótico de la realidad, el devenir, la individualidad y la diferencia, el concepto de Dios constituye la abstracción máxima (lo más alejado de lo real). Dios representa la eternidad contra la temporalidad del mundo de la vida, la inmutabilidad frente al devenir, la “Verdad” frente a la perspectiva subjetiva, la espiritualidad frente a lo sensible y lo corpóreo, etc. Para Nietzsche, Dios ha sido la mayor amenaza contra la vida. Su crítica se centra expresamente en el dios de la religión judeocristiana, que concibe el mundo y la vida como castigo y que valora al hombre sumiso y gregario, con virtudes como la humildad y la compasión.
Para Nietzsche, la realización del hombre requiere, en primer lugar, la superación de todos los valores absolutos (filosofía a martillazos). La muerte de Dios que anuncia Zarathustra constituye entonces la condición necesaria para situarnos más allá del bien y del mal y provocar así la transmutación de todos los valores absolutos que reniegan de la vida. Sin embargo, la negación de Dios conduce a un nihilismo (negación de todo dogma o creencia) pasivo, que cae en la duda y la desorientación al enfrentarse a la realidad sin sentido. Afirma Nietzsche que, hasta el momento, las negaciones de Dios han sido inútiles, pues han supuesto la sustitución de Dios por nuevos ídolos, como la Razón, el Estado, la Ciencia o la Humanidad. Estos nuevos ídolos anuncian que la muerte definitiva de Dios aún no ha llegado y no se producirá hasta que todo lo noble y digno de Dios regrese al hombre.
El superhombre (nihilismo positivo) es para Nietzsche el encargado de sustituir a Dios. El superhombre, tal como lo entiende Nietzsche, es ante todo un creador de nuevos valores. El superhombre debe llenar el vacío (nihilismo) dejado por la muerte de Dios, afirmar la vida, lo terrenal, la individualidad, el gozo sensual y, a su vez, debe asumir el dolor y el sufrimiento como elementos constitutivos de lo real.
ÉTICA
Desde sus primeros escritos, Nietzsche mantiene una actitud crítica contra la afirmación de una ley moral universal y unos valores morales absolutos. El “hombre” constituye una multitud de tipos diferentes y es absurdo pretender que todos se comporten como si las diferencias individuales no existieran. Al revés, Nietzsche rinde honores a la figura del genio, aquel que es capaz de salirse de lo establecido en un acto creador. Afirma Nietzsche que la moral juzga sobre el bien y el mal y se propone indagar su genealogía, su sentido etimológico e histórico.
Originariamente, "bueno" significó noble, fuerte, saludable, vital, y otro tanto pasaba con el término "malo", que significaba "nocivo", "perjudicial", en suma, todo aquello que atentaba contra la vida. Sin embargo, este sentido original y “extramoral” del bien y del mal se proyectó posteriormente en la moral y se invirtió o se transmutó en la tradición judeocristiana. Lo que era "bueno", el orgullo, la fuerza, la vitalidad, pasó a ser considerado "malo", en tanto que lo malo (la debilidad, la ignorancia), pasó a señalar a "los buenos". Así, por ejemplo, la humildad se convirtió en una virtud y el orgullo en un defecto del carácter.
No obstante, Nietzsche afirma que podemos encontrar dos tipos primarios de moral en todos los pueblos, incluso elementos de ambas pueden encontrarse en el mismo hombre: la moral de los amos o señores y la moral de los esclavos. En la primera, los valores son creados por el hombre para sí mismo como expresión de sus instintos y su fuerza vital. En cambio, la moral de los esclavos es gregaria (sigue servilmente ideas ajenas), no es creadora de valores sino de obligaciones universales y considera a los individuos fuertes y poderosos como un peligro.
Si en la moral de los amos son ensalzadas como virtudes la valentía, el honor o el orgullo, en la moral de los esclavos esta condición la adquiere la humildad y la generosidad, que para Nietzsche no son más que las necesidades del hombre débil (rebaño) frente al hombre fuerte. Por ello dice Nietzsche que los valores de la moral de los esclavos surgen del resentimiento y que pretenden imponer su moral por temor a los fuertes. Los valores que han ido configurando la cultura y la moral de Occidente se han caracterizado por rechazar la vida, el devenir, el cambio y la lucha que la determinan. Según Nietzsche, Sócrates y Platón ya crearon y situaron la verdad en sí y el bien en sí por encima de la verdadera realidad, mientras que la tradición judeocristiana consolidó la rebelión de los esclavos. Para Nietzsche, el origen de la religión está en la angustia y el miedo ante la incapacidad para afrontar el propio destino.
Tampoco se salvan de su crítica los valores de la modernidad (la tolerancia o la igualdad de derechos), la Revolución Francesa o las revoluciones sociales del XIX, o las ideas democráticas o socialistas. Todas ellas fueron consideradas por Nietzsche como nuevos signos de decadencia de la cultura occidental. Sin embargo, aseguró que el triunfo de los plebeyos no era definitivo y que en sus tiempos ya se anunciaba la llegada del superhombre y la restauración de la moral de los señores.
REALIDAD Y CONOCIMIENTO: ORTEGA Y GASSET
Ortega analiza el problema de la realidad pretendiendo superar las dos tradiciones que habían dominado en la historia de la filosofía: el realismo y el idealismo racionalista. El realismo, propio de la filosofía antigua y medieval, entendió la realidad con independencia del sujeto que la conoce: las cosas son reales y el sujeto cognoscente solo es un elemento más de la realidad. Sin embargo, el idealismo, que se origina con Descartes, entiende la realidad a partir de la conciencia que la piensa, reduciéndola así a ideas o percepciones del sujeto (racionalismo, empirismo, Kant, etc.).
Para Ortega, la realidad no puede ser entendida con independencia del sujeto cognoscente (realismo), puesto que ambos interactúan en el proceso del conocimiento, pero tampoco admite que se pueda reducir a la experiencia del sujeto (idealismo racionalista). La realidad, mantiene Ortega, consiste en la coexistencia del yo con el mundo, en el vivir del yo con las cosas que no soy yo. La vida humana individual constituye entonces nuestra realidad primaria y radical y en ella encontramos nuestra conciencia y el mundo. Para Ortega la primera e indudable verdad no es el “yo pienso” cartesiano, sino que el pensar está enraizado en la vida: “vivo, luego pienso”.
La célebre afirmación de Ortega, “yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella no me salvo yo”, recoge en buena medida su filosofía. El yo y sus circunstancias son inseparables y constituyen la vida concreta e históricamente condicionada de cada ser humano. La circunstancia está conformada por todo aquello que forma parte de nuestro mundo, pero que no hemos elegido, sino que nos es dado: cuerpo, lengua, padres, momento histórico, etc.
Ortega mantiene que conocemos la realidad desde una perspectiva vital, desde un punto de vista particular (“cada vida es un punto de vista sobre el universo”). Mi circunstancia constituye la perspectiva desde la que conozco, construyo y doy sentido a la realidad. Toda perspectiva es absolutamente verdad, aunque sea parcial y no abarque todo lo real (no es verdad absoluta). Las perspectivas proporcionan diferentes puntos de vista desde los cuales es posible conocer las cosas. Por tanto, para Ortega el conocimiento de la verdad nunca es definitivo, aunque podemos “asediarlo” mediante la complementación de las perspectivas.
En su etapa de madurez, Ortega integró los conceptos fundamentales de su filosofía (la vida como realidad radical y el perspectivismo) en su doctrina del raciovitalismo o de la razón vital. Para Ortega la razón es una función de la vida humana que nos capacita para entenderla y tomar decisiones. La razón está unida de manera indisoluble a la vida y el conocimiento responde a la necesidad vital de hacernos cargo de la realidad (de la “circunstancia”). La razón orteguiana engloba la razón pura o abstracta, pero es mucho más: la razón es vital e histórica y se rige por dos tipos de convicciones, las ideas y las creencias. Llegamos a las ideas de forma consciente por medio de razonamientos y con ellas examinamos y evaluamos la vida misma. Sin embargo, las creencias son convicciones arraigadas e inconscientes que forman parte de la circunstancia histórico-cultural y que condicionan nuestras ideas (“Las ideas se tienen; en las creencias se está”).
ANTROPOLOGÍA: HANNAH ARENDT
Tras la experiencia de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto judío, Arendt reflexiona sobre la idea de la “naturaleza humana”, utilizada por el régimen nazi para justificar una supuesta raza superior respecto de las demás. En su obra “La condición humana”, Arendt distingue en primer lugar entre los conceptos de naturaleza humana y de condición humana. Para Arendt, el ser humano es más que su naturaleza (ámbito biológico), pues existen diversas condiciones que son también constitutivas del ser humano, tales como el lugar de nacimiento, la lengua, la pertenencia cultural o religiosa a un determinado grupo social, y cualquier otra condición específica relacionada con el despliegue de las capacidades y potencialidades del ser humano más allá de su naturaleza (“la condición humana abarca mucho más que las condiciones bajo las que se ha dado la vida al hombre. Los hombres son seres condicionados, ya que todas las cosas con las que entran en contacto se convierten de inmediato en una condición de su existencia”).
Según Arendt, la condición humana se desarrolla a través de dos actividades fundamentales, la vita contemplativa y la vita activa. La vita contemplativa (teórica) se relaciona con la actividad intelectual y ha sido históricamente la más valorada, pues se asocia con el saber y la búsqueda de la verdad. Arendt, sin embargo, está más interesada en la vita activa, que constituye el espacio de las relaciones humanas y representa las distintas formas en las que puede manifestarse la conducta humana.
La “vida activa” comprende tres tipos de actividades que caracterizan la condición humana: la labor, el trabajo y la acción.
- La labor: constituye la actividad que permite al ser humano mantener la vida a través de la satisfacción de las necesidades vitales y primarias (“la condición humana de la labor es la misma vida”). Es una actividad esencial y requiere repetirse incesantemente pues su producto es automáticamente consumido (perecedero).
- El trabajo: es una actividad que está orientada a la creación de objetos duraderos y de menor necesidad inmediata. Aunque la labor y el trabajo son actividades que sirven para asegurar la vida humana, Arendt establece una gran diferencia entre ellas, pues el trabajo crea un mundo artificial característicamente humano. Mediante el trabajo construimos un mundo de objetos no naturales (tanto materiales como simbólicos) que constituye nuestra mundanidad, nuestra forma particular de habitar el mundo y de dar sentido a la vida. Este mundo de cosas permite que vivamos con cierta permanencia y sentido de continuidad.
- La acción: constituye para Arendt la actividad más elevada de la condición humana, la más racional y libre. La acción no crea objetos, sino que se realiza entre personas, en el ámbito político. La vida en común es lo más humano de la condición humana, pues nos proporciona una identidad y una forma de estar en el mundo que compartimos con otros. La acción es la capacidad de intervenir en la vida pública (polis), de tomar decisiones junto a otros, de participar en la construcción de instituciones y normas. Para que haya acción, debe haber pluralidad (democracia frente a los totalitarismos), es decir, la presencia de otros con quienes dialogar y construir conjuntamente. En ella, los seres humanos se hacen libres e iguales de una forma nueva, distinta a la igualdad “natural” de ser humanos o la libertad del “libre albedrío”.
Mantiene Arendt que la natalidad, que garantiza la llegada de nuevos miembros a la polis, afecta a las tres actividades humanas, pero tiene un estrecho vínculo con la acción, pues cada neonato representa un nuevo comienzo y la posibilidad de transformar el mundo rompiendo con cualquier determinación del pasado.