Exp. Oral y Escrita 1

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PENSAMIENTO CRÍTICO: Concepto, importancia y necesidad del Pensamiento Crítico

El pensamiento critico consiste en analizar la consistencia de los razonamientos, en especial aquella afirmaciones que la sociedad acepta como verdaderas en el contexto de la vida cotidiana. 

Hay ciertos vicios intelectuales de ocurrencia común que explican bastante bien porqué muchas veces no vemos las cosas como son:

Memoria intelectual: tendencia natural a olvidar evidencia e información que no sustenta nuestro pensar, y a recordar sólo aquella que sí lo hace. ¿Cuántas veces preferimos olvidar aquella información que nos resulta incómoda?

Miopía intelectual: tendencia natural a pensar la realidad sólo desde un pequeño punto de vista (el nuestro). Pues claro, todos los demás están equivocados, mi punto de vista es el único válido, verdadero y correcto, simplemente porque es mío, me gusta y me acomoda.

Infalibilidad intelectual: tendencia natural a pensar que nuestras creencias y valores son verdaderos porque creemos en ellos. ¿Alguna vez me he dado el trabajo de averiguar en detalle en qué consisten los valores y principios que inspiran mi vida? ¿De dónde vienen? ¿Cuál es su fuente? ¿Me consta que esa fuente es correcta y que, así, los valores y principios que recibí de ella también? ¿No existe la remota posibilidad de que aquello en lo que creo no sea correcto? ¿Cómo estoy tan seguro?

Superioridad intelectual: tendencia natural a sentirse superior a la luz de la confianza de poseer toda la verdad. Así, todos los demás están equivocados; a mí me basta la seguridad de estar en lo correcto. ¿Y cómo sé que estoy en lo correcto? ¿En qué me baso? ¿Cuál es la evidencia que sustenta mi forma de pensar?

Sobre-simplificación intelectual: tendencia natural a ignorar complicaciones reales e importantes del mundo, cuando la consideración de dichas complicaciones requeriría que cambiáramos nuestras creencias o valores. ¡Obvio! Si me encuentro con una doctrina o ciencia rigurosa que me demuestra, más allá de toda duda, que lo que considero correcto más bien es un error, prefiero no complicarme y mirar para el lado…

Ceguera intelectual: tendencia natural a no ver hechos y evidencia que contradicen nuestras creencias o valores. Así, al escuchar a ciertas personas o instituciones que dicen lo contrario a lo que pienso o hago, prefiero no ver ni escuchar nada de lo que dicen; lo boto a la basura de inmediato. ¿Y si hubiera algo de verdad en ello?

Tenemos entonces, ya que no basta tener inteligencia, que para conocer las cosas como son parece necesario contar con ciertas disposiciones intelectuales que permitan tal objetivo:

Humildad intelectual: conciencia de la limitación del propio conocimiento y capacidad; conciencia de los propios prejuicios, pasiones y de la carga emotiva que afectan nuestros raciocinios. Es cierto, no sé todo, ni puedo saberlo. Además, en aquello que sé influyen ciertos prejuicios (esa institución o esas personas no me caen bien…); me gusta tanto lo que hago que prefiero considerarlo bueno (porque no me sentiría bien haciendo con gusto algo que sé que es malo); mi experiencia me hace ver las cosas de una forma determinada, aunque reconozco que mi experiencia no es la misma de todas las personas y, ni aunque lo fuera, es por sí misma el modelo de la realidad.

Valentía intelectual: encarar derechamente ideas, valores y creencias que consideramos negativos y que no hemos analizado rigurosamente. Reconocer la posibilidad de que ideas consideradas peligrosas o ridículas puedan ser racionalmente justificables, y reconocer la posibilidad cierta de que nuestras creencias y conclusiones pueden ser falsas o erróneas. Si es posible que esté equivocado, ¿por qué no darme el tiempo de leer, analizar, aprender qué dicen los que piensan distinto? ¿Cómo sé que están equivocados si nunca he estudiado a fondo lo que dicen ni por qué lo dicen? ¿Qué pierdo con hacerme la pregunta?

Empatía intelectual: ponerse en el lugar del otro para tratar de entender honestamente al contrario, considerando sus razones incluso como premisas de nuestros raciocinios. Es la única manera de entender porqué ellos piensan así; no simplemente “poniéndome en su lugar”, sino pensando tal como ellos lo hace (para lo cual, necesariamente, debo conocer cómo piensan).

Integridad intelectual: ser honestos con nuestro pensamiento, exigiendo de nosotros la misma rigurosidad lógica que exigimos del contrario, reconociendo nuestros errores e inconsistencias. Es fácil exigirle a los demás que den buenas razones sobre aquello que opinan, y sin escucharlos pontificar que están equivocados. Pues bien, mejor sería exigirme a mí esa rigurosidad mental, y luego a los demás.

Perseverancia intelectual: conservar y usar principios racionales en todo momento, sin recurrir a dificultades u obstáculos irracionales o caprichosos que se opongan a otros; luchar contra la duda y la confusión por el tiempo necesario para lograr mejor entendimiento. Lo más fácil, ante la discrepancia, es calificar a los otros como equivocados y punto. Muchas veces, la manera de llegar a esto es rápida: basta con atacarlos personalmente. Así, no sólo están equivocados, sino que además son tontos. De esta forma me evito la demora y la incomodidad de discutir. ¿No convendrá intentar el acuerdo, evitando las descalificaciones, analizando cada razón en su mérito?

Consistencia intelectual: tratar todo punto de vista con la misma rigurosidad lógico científica, sea de quien sea, venga de donde venga. A veces ni siquiera escucho lo que dice tal o cual; siempre están equivocados. ¿Cómo lo se? ¿En qué baso tal conclusión? Si no estoy seguro de estar en lo correcto, ¿no convendrá al menos dar la oportunidad a los otros y escucharlos con atención, analizando sus razones en detalle antes de desecharlas sin más? ¿no convendrá darme la oportunidad de llegar a la verdad, o a más verdad, a partir de la apertura razonable a toda opinión, y precisamente a aquellas que menos me gustan? ¿Cómo puedo decir que no me ¡gusta lo que no conozco o no entiendo?

Como puede verse, lo más común es estar dentro de al menos uno de los primeros 6 puntos. De hecho, las estadísticas confirman que menos del 0,1% de la población está dentro de los 6 últimos puntos… A este conjunto de disposiciones intelectuales y morales se las denomina “Pensamiento Crítico”. Sólo quien posee dichas disposiciones está habilitado para pensar bien; quien no las posee, y no obstante su capacidad intelectual innata, jamás podrá pensar bien: siempre será víctima de sus prejuicios, de su ignorancia, de su soberbia.



PENSAMIENTO CRÍTICO: Verdad

Según lo anterior, podemos distinguir tres clases de verdades: la mesa es verdadera; verdadero es el juicio que la reconoce; y verdadero es el juicio que, reconociéndola, comunica a los demás aquello que se piensa y no otra cosa. El primer tipo de verdad se denomina VERDAD METAFÍSICA, el segundo VERDAD LÓGICA, y el tercero VERDAD MORAL.

 VERDAD METAFÍSICA: todas las cosas que existen, en la medida en que existen, son lo que son. Es decir, son iguales a ellas mismas, son eso y no otra cosa. La mesa es lo que es y es como es; yo soy lo que soy –persona humana y no un mono-; la justicia es lo que es –virtud moral de darle a cada uno, con voluntad permanente e inalterable, lo suyo-. LAS COSAS SON LO QUE SON. SI NO SON ESO QUE SON, ENTONCES NO SON: ES DECIR, SI UNA COSA NO ES LO QUE ES, ENTONCES NO EXISTE, PORQUE TODO LO QUE EXISTE ES LO QUE ES. DE ESTA FORMA PODEMOS CONCLUIR QUE LA VERDAD METAFÍSICA ES ABSOLUTAMENTE INVARIABLE.

Sigamos con la mesa: si la mesa es lo que es, y es así y no de otra manera, es porque alguien la hizo así (ya que no salió de la nada ni se hizo a sí misma). Luego, en la medida en que la mesa corresponde a la idea de su artífice o creador, es esa mesa y no otra. Lo mismo pasa con todo lo que vemos en la realidad: el mundo, el espacio, la persona humana, un árbol o un perro, todo lo que existe no salió de la nada ni se hizo a sí mismo (para ello sería necesario que existiera antes de sí mismo para entonces poder crearse…, lo cual es evidentemente imposible y absurdo), por lo cual, ya que todo lo existente proviene de algo anterior, y esto a su vez de otro y así sucesivamente, es necesario llegar a un origen o inicio que sea la causa primera de todo lo que vemos. De esta causa primera proviene toda la realidad, tanto la conocida como la que aún no conocemos. Y ya que las cosas son verdaderas en la medida en se conforman a la idea de su artífice o creador, podemos concluir que todas las cosas son verdaderas en la medida en que corresponden a la idea que de ellas hay en su causa primera, tal como el cuadro es verdadero en la medida en que corresponde a la idea que de él tuvo su pintor antes de pintarlo.

Esta verdad es inherente a todas las cosas: todo lo existente, medida en que existe, es verdadero. Y ya todas las cosas son lo que son, podemos decir que son eso objetivamente y no otra cosa. La verdad metafísica es el fundamento de la objetividad de la realidad: la mesa es mesa y no otra cosa, y ya que es sólo mesa y no otra cosa, al conocerla podemos decir que “es mesa” y decimos lo correcto objetivamente, porque es objetivamente verdadero que es eso y no otra cosa.

VERDAD LÓGICA: es la llamada “verdad del juicio”. Cuando afirmamos “eso es una mesa”, este juicio es verdadero sí y sólo el predicado que atribuimos al sujeto le pertenece objetivamente. Es decir, sí y sólo si la mesa es mesa y no otra cosa. Se ve que sin verdad metafísica, si las cosas no son lo que son, luego no es posible afirmar nada de nada. Pero si las cosas son lo que son, cada vez que afirmamos algo sobre ellas y esa afirmación corresponde a la realidad objetiva de esa cosa, entonces esa afirmación o juicio es verdadero: “la suma de los ángulos internos de un triángulo suma 180 grados”… Hemos afirmado del sujeto “triángulo” el predicado “la suma de sus ángulos internos suma 180 grados”.  Esta predicación será verdadera sólo si la realidad objetiva del triángulo la confirma. Y si es así, luego la afirmación es lógicamente verdadera.

Nótese que en el uso coloquial del término estamos, casi a diario, confirmando todo lo dicho hasta ahora: cuando se afirma que la ruta más corta entre dos puntos es una línea recta entre ambos, y otra persona exclama “es lógico”, en el fondo está diciendo y confirmando que es lógicamente verdadero lo dicho, ya que la realidad objetiva es así y no de otra forma.

Por último, ya que la verdad lógica es la verdad del juicio o de nuestras afirmaciones, y ya que nuestros juicios son la expresión verbal de nuestros pensamientos, concluimos que la verdad lógica representa la corrección de nuestra forma de pensar: PENSAR BIEN ES PENSAR LÓGICAMENTE, LO CUAL NO ES OTRA COSA QUE PENSAR CONFORME A LA REALIDAD OBJETIVA DE LAS COSAS. SI NUESTRO PENSAR NO CORRESPONDE A LA REALIDAD OBJETIVA DE LAS COSAS, LUEGO AQUELLO QUE PENSAMOS ES UN ERROR.

VERDAD MORAL: es la conformidad entre lo que pensamos y lo que decimos o comunicamos. Si veo un cuadro y pienso que es feo –más allá de mis conocimientos de arte- y frente a la pregunta “¿qué opinas?” contesto “es precioso”, esta respuesta no es verdadera, ya que no corresponde a lo objetivamente pensado. SÓLO CUANDO LO QUE SE AFIRMA CORRESPONDE A LO QUE SE PIENSA PODEMOS CONCLUIR QUE SE DICE UNA VERDAD MORAL, DE LO CONTRARIO SE DICE UNA MENTIRA.

Pero no basta que haya conformidad entre lo que se dice y lo que se piensa para que esa afirmación sea verdadera lógicamente: al ver a lo lejos una figura que se mueve puedo afirmar con total convencimiento que se trata de una persona que camina hacia mí; y ya que digo exactamente lo que pienso, entonces estoy diciendo una verdad (moral). Pero si al avanzar hacia el sujeto me doy cuenta que en realidad no se trata de una persona sino de un arbusto que se movía con el viento, entonces resulta que mi verdad moral era un error, ya que el juicio no correspondía a la realidad objetiva de la cosa: persona no es lo mismo que arbusto. NO SE DEBE CONFUNDIR DECIR LO QUE SE PIENSA –LO CUAL ES VERDADERO MORALMENTE YA QUE NO ES MENTIRA- CON LA VERDAD OBJETIVA DE LAS COSAS: LA VERDAD NO MORAL NO SIEMPRE COINCIDE CON LA VERDAD LÓGICA. Tal como vimos en el ejemplo, lo comunicado, aunque coincida con lo pensado, puede ser un error.  Sólo la verdad metafísica es invariable (ya que las cosas son lo que son); la verdad lógica depende de que el juicio corresponda a la realidad; y la verdad moral depende de que se diga lo que se piensa.

TODA VERDAD ES UNA ADECUACIÓN A UNA OBJETIVIDAD: LA VERDAD METAFÍSICA ES LA ADECUACIÓN DE LAS COSAS A LA IDEA OBJETIVA DE LAS MISMAS PRESENTE EN LA CAUSA PRIMERA QUE LES DIO ORIGEN; LA VERDAD LÓGICA ES LA ADECUACIÓN DEL JUICIO A LA REALIDAD OBJETIVA DE LAS COSAS; LA VERDAD MORAL ES LA ADECUACIÓN DE LO QUE SE DICE CON LO QUE OBJETIVAMENTE SE PIENSA.



PENSAMIENTO CRÍTICO: Certeza

Ahora bien, sabiendo qué es la verdad, ¿cómo se puede estar seguro de que aquello que se piensa es verdadero? ¿Cómo tener seguridad total de que la tierra es redonda, de que la persona humana es mortal, de que algo es bueno o malo? Nos referimos a la certeza, ese estado de nuestro entendimiento en el cual se adhiere a una verdad con tal seguridad que se excluye toda posibilidad de error; es decir, la seguridad total y completa de estar en lo correcto, excluyendo toda posibilidad de que lo contrario sea verdadero: esto es verdad y lo que se lo oponga es, sí o sí, falso o incorrecto. 

Desde luego que la certeza no puede basarse únicamente en el convencimiento personal y subjetivo: como vimos en un ejemplo anterior, la afirmación “allá viene caminando una persona” contaba con total seguridad, sin embargo era un error. Y esto es muy común: afirmar todo tipo de cosas con total seguridad, como 100% verdaderas, sin mayor fundamento que esa misma seguridad interna. Pero existe una distancia enorme entre subjetividad y objetividad: se puede estar subjetivamente convencido de un error objetivo, como el caso del que con total firmeza afirma que la verdad no existe, sin reparar en que su misma afirmación contradice lo que dice.

La certeza, al igual que toda verdad, ha de basarse y sustentarse en algo objetivo; de otro modo no pasa de ser un mero convencimiento personal y subjetivo que no tiene porqué coincidir con la verdad objetiva de las cosas. A mayor abundamiento, si la certeza fuera meramente subjetiva, y con ello bastara para ser verdadera, tendríamos que las cosas no serían lo que son, sino lo que cada uno piensa, siente, pretende o exige que sean: así tantos demandan el reconocimiento de la humanidad del mono, auténticamente convencidos de un error, ya que el mono no es persona sino mono, y siempre será aquello que es y no otra cosa. ¿Se convierte el mono en persona porque tal o cual está seguro de ello? ¿Era la tierra el centro del sistema solar porque la mayoría de las personas estaba convencida de ello? ¿O era el sol el centro y la tierra giraba en torno a él? Se ve entonces que la mera subjetividad, no obstante la seguridad y convencimiento que genere, no es sinónimo de auténtica certeza ni mucho menos de la verdad objetiva de las cosas.

PENSAMIENTO CRÍTICO: Evidencia

La certeza, ya que no basta con la seguridad interna del sujeto, requiere fundarse en algo objetivo, en algo que, una vez conocido, produzca ese asentimiento total y firme de nuestro intelecto; algo que no pueda ser de otra manera; algo evidente

Y es que sólo el resplandor de verdad presente en las cosas evidentes puede causar un asentimiento total, firme e irreversible de nuestro intelecto. Así, principios como “de la nada, nada sale”, “el todo es más que la parte” o “las cosas son lo que son” son de tal claridad que nadie puede siquiera pensar lo contrario, nadie los puede negar ni tampoco poner en duda. Son evidentes y, como tales, producen certeza; pero no certeza subjetiva, sino objetiva: la evidencia de dichos principios es objetiva y, así, objetiva también es la certeza que producen.

Analicemos un poco más dicha evidencia: si tomamos la proposición “el todo es más que la parte”, y comprendemos que el todo es “la reunión de las partes individualmente consideradas”, que la parte es “un compuesto perteneciente al todo”, y que más significa “mayor o superior que otro”, ello basta para aceptar la verdad evidente de la proposición inicial. En otras palabras, hay evidencia cuando basta conocer los términos de la proposición para comprender la absoluta necesidad de que ese predicado pertenezca a ese sujeto: en este caso, al conocer los términos de la proposición comprendemos que es absolutamente necesario que al todo –sujeto- pertenezca el predicado “es más que la parte”.

La evidencia de las proposiciones anteriores puede llamarse inmediata ya que, como dijimos, basta conocer los términos de la proposición para que inmediatamente nuestra inteligencia reconozca la verdad innegable de ella. No toda evidencia es inmediata: a veces es necesario demostrar un a verdad, a partir de otras verdades anteriores, para alcanzar un resultado evidente. En este caso dicha evidencia se llama mediata, ya que no procede de sí misma, sino que se alcanza a partir de la conexión de un juicio con otros: por ejemplo, la afirmación el alma humana es inmortal no es inmediatamente evidente; pero si demostramos que toda sustancia espiritual es inmortal, y que el alma humana es espiritual, podemos entonces concluir sin problema que el alma humana es inmortal. Esta última afirmación será evidente en la medida en que los juicios en que se basa sean verdaderos, y que la conexión entre ellos sea lógicamente correcta. Sobre esto se hablará más adelante.

A partir de lo anterior puede verse que la evidencia mediata depende la evidencia inmediata de las proposiciones en que se funda: si no es cierto que toda sustancia espiritual es inmortal, y si tampoco es verdadero que el alma humana es espiritual, entonces la conclusión “el alma humana es inmortal” no será evidente, ni podrá producir certeza. Toda evidencia mediata, y toda certeza producto de ella ha de basarse, aunque sea lejanamente, en verdades evidentes por sí mismas: si esto no fuera así, sería necesario demostrar cada una de las proposiciones en que se basan nuestros juicios, remontándonos hasta el infinito. Pero esto es imposible: ya que no se puede llegar al infinito, no habría entonces demostración del primer juicio en que se basa nuestra conclusión; y si el primer juicio no se demuestra, luego el segundo –que se basa en él- tampoco estará demostrado; tampoco el tercero y así sucesivamente, con lo cual no habría demostración posible y, así, la certeza sería imposible. Con esto nos vemos obligados a afirmar “no existe la certeza”, pero dicha afirmación ya es una certeza…: estamos totalmente seguros, excluyendo toda posibilidad de que lo contrario sea verdadero, que la certeza no existe…



PENSAMIENTO CRÍTICO: Primeros Principios

Esta contradicción, este absurdo, demuestra algo clave: si existe la certeza es porque deben existir principios de evidencia inmediata cuya demostración no se basa en ningún juicio anterior, sino que se bastan y explican por sí mismos. Estos son los llamados primeros principios: principios, ya que ellos sirven de fundamento a verdades posteriores; primeros, ya que antes de ellos no existe ninguno: por esto se dice que son indemostrables, lo cual no significa que no tengan explicación, sino más bien que se muestran y explican a sí mismos, y a partir de sí mismos, sin necesitar de ningún otro que les sirva de fundamento.

Estos primeros principios, dado que son verdades evidentes e indemostrables, son el fundamento de toda verdad, de toda evidencia y, así, de toda evidencia. Todas las ciencias y saberes de la humanidad se remontan y basan en ellos: cualquier juicio que no tenga apoyo en los primeros principios será, necesariamente, un juicio erróneo. Podemos concluir entonces que, ya que pensar bien significa pensar lógicamente, y toda conclusión lógica ha de basarse en los primeros principios (aunque sea en forma remota), luego pensar bien equivale a pensar en armonía con los primeros principios.

¿Cuáles son estas verdades evidentes per se, fundamento del pensar bien y de toda certeza? Los siguientes:

Principio de identidad: “todo lo que es, es igual a sí mismo”. Es decir, todo lo que existe, por el hecho de existir, es aquello que es y no otra cosa. El bien es el bien, el mal es el mal; el pan es pan, el vino es vino. De aquí que sea tan importante, en orden a pensar bien, llamar a las cosas por su nombre.

Principio de no contradicción: “nada puede ser y no ser, a la vez y en el mismo sentido”. Es decir, si afirmo que el divorcio es malo, no puede ser al mismo tiempo bueno, y viceversa. Ya que lo bueno excluye a lo malo, ambos predicados no pueden pertenecer al mismo sujeto a la vez y en el mismo sentido, ya que es contradictorio: no se puede decir de Juan que es hombre y perro a la vez y en el mismo sentido. Tampoco puede sostenerse que el aborto sea bueno y malo; o es bueno o es malo, pero no puede ser ambas cosas a la vez y en el mismo sentido.

Principio del tercero excluido: “toda afirmación o es verdadera yo es falsa, y entre ambos extremos no cabe punto medio”. Si yo afirmo que Dios existe, esa afirmación o es verdadera –y Dios existe- o es falsa –y Dios no existe-. No hay punto medio. Algunos objetan lo anterior diciendo que el punto medio es el de la probabilidad. Así, entre las afirmaciones Dios existe o no existe cabe el medio “Dios probablemente existe”. Esto es un error, puesto que la misma afirmación “Dios probablemente existe” o es verdadera o es falsa. Así ocurre con todo lo que afirmamos y pensamos: o el predicado pertenece realmente al sujeto o no.

Principio de razón suficiente: “todo lo que existe, tiene en sí o en otro su razón de ser, y de ser así y no de otra forma”. Es decir, si la silla existe es por alguna razón; esta razón puede provenir de la misma silla –con lo cual se debería haber creado a sí misma- o de otro que la creó –el carpintero-. Pero además la silla es de cierta manera: de madera, con patas de colores y respaldo delgado: Pues bien, por alguna razón también la silla es así y no de metal con tres patas y con respaldo de vidrio. Ya que de la nada, nada sale, si algo existe es por alguna razón que explica su existencia y sus características particulares.

Principio de sustancia: “todo lo que existe, existe en sí mismo o en otro”. No hay más posibilidades que las dos anteriores: si yo existo es porque soy algo real, y existo en mi mismo –como sustancia- o en otro –como accidente-: el color rojo, por ejemplo, no existe en sí mismo, sino en un sujeto real y sustancial, como la polera de color rojo. Lo mismo pasa con la cantidad: no existe en sí misma, sino en un sujeto real –sustancial- del cual predicamos que es extenso.

Principio de causalidad: “no hay efecto sin causa”. Ya que de la nada, nada sale, luego tenemos que si algo es real es porque provienen de una causa que lo ha producido. Si la silla existe es porque tiene una causa que produjo ese efecto. La silla no se hizo a sí misma –tendría que haber existido antes de sí misma para entonces producirse…-, ni salió de la nada: luego tiene una causa.

Ya que todo efecto tiene una causa, bien puede decirse que el efecto proviene o “sale” de su causa. Y si de la nada, nada sale, podemos decir que nada puede dar lo que no tiene. Por lo tanto, ya que todo efecto proviene de su causa, ningún efecto puede tener características o perfecciones que no hayan estado en su causa: si sacamos un pedazo de una torta de ciertas características, este pedazo no puede tener características de otra torta, sino sólo de aquella de la cual proviene. Concluimos que todo efecto es proporcional a su causa.

No siempre es fácil determinar la relación de causa-efecto entre dos fenómenos o dos cosas. No basta atribuir calidad de causa a aquello que ocurrió primero, o de efecto a lo que sucedió después. Muchas cosas suceden antes o después de otras, y son completamente independientes unas de otras: no existe relación de causalidad entre ellas.

Principio de finalidad: “todo agente obra por un fin”, o “todo lo que se hace, se hace por algo”. Es decir, además de que todo lo existente tienen una causa, también tiene un motivo: este motivo no necesariamente debe tratarse de una intención o voluntad deliberada y consciente, propia de los seres racionales. La planta, por ejemplo, cuando crece lo hace por su desarrollo y perfeccionamiento; el león cuando caza lo hace para comer y saciar el hambre (instintivamente) el hombre cuando estudia lo hace para aprender, aprobar un curso, crecer intelectualmente, etc.

 La finalidad está presente tanto en la intención como en la ejecución de toda acción: en la intención, puesto que el fin pretendido es lo que motiva y mueve a la acción; de aquí que se diga con acierto que “el fin causa la forma”. Y está presente en la ejecución, como el fin ya alcanzado o conseguido. De esta forma vemos que el fin es lo primero en el orden de la intención, y lo último en el orden de la ejecución: es lo primero en cuanto causa la acción, y es lo último en cuanto al resultado de la misma acción. Así, la intención del pintor causa que él pinte el cuadro, y una vez pintado podemos decir que ha alcanzado o conseguido el mismo fin que pretendía.

Estos son los primeros principios. Hasta aquí queda suficientemente clara su evidencia inmediata y su indemostrabilidad. Pueden resultar algo confusos la primera vez que se estudian; sin embargo se verá a lo largo del curso que ninguna verdad puede sostenerse con independencia de ellos; si alguna lo hiciera es porque consiste en un error: no se puede pensar bien si no es a la luz y con estricto apego a los primeros principios. Sólo así puede alcanzarse certeza: pero no será una mera certeza subjetiva producto del convencimiento interno del sujeto que piensa, sino que será una certeza completa: se fundará en la evidencia objetiva, mediata o inmediata, que producen los primeros principios y las verdades que se basan en ellos, y, así, producirá tal seguridad que no será posible pensar lo contrario. Es decir, producirá certeza completa.



PENSAMIENTO CRÍTICO: Estados del entendimiento conforme a la verdad

Sabemos que la verdad existe y que es posible conocerla. Así, frente a una verdad cualquiera, como por ejemplo la existencia de Dios, nuestra inteligencia puede encontrarse en diversos estados:

El primero es la certeza que, según definimos, es el asentimiento firme y estable de la inteligencia a una proposición en la que reconoce la absoluta necesidad de dicho predicado de pertenecer a ese sujeto (Dios –sujeto- existe –predicado-), con tal seguridad que se excluye toda posibilidad de que lo contrario sea verdadero. Es decir, cuando hay certeza podemos decir que se posee completa y perfectamente una verdad, sea la que sea. Sabemos, eso sí, que este estado sólo puede alcanzarse cuando la evidencia de los primeros principios sirve de fundamento para la proposición que se acaba de analizar.

Los demás estados posibles del entendimiento al orden a la verdad, pueden reducirse a los siguientes:

El error que viene a ser la adhesión del entendimiento a una cosa falsa que aprende como verdadera. El error puede llamarse certeza falaz, ya que se adhiere con seguridad, excluyendo la posibilidad de que lo contrario sea verdadero, a una cosa falsa. La mayor parte de las veces esto ocurre cuando se emite un juicio en forma categórica sin haber estudiado ni analizado profundamente el asunto en cuestión, como cuando alguien afirma –y a veces pontifica- que el divorcio es bueno, sin mayor fundamento que su personal comodidad: “porque así lo digo yo y punto”.

La duda se opone diametralmente a la certeza, y es aquel estado de entendimiento en el cual éste suspende el juicio acerca de un objeto o proposición sin asentir ni disentir. Puede ocurrir cuando no se tienen razones suficientes en pro o en contra de un tema como para afirmar lo uno o lo otro. Cuando se está en esta situación corresponde informarse debidamente para poder emitir una opinión fundada.

La opinión viene a ser como un estado intermedio entre la duda y la certeza, y puede definirse: el asenso del entendimiento a una proposición con temor de que la contradictoria sea verdadera. Es decir, se tienen razones para afirmar a favor u en contra de un tema, pero tales razones no son suficientes como para excluir la posibilidad de que lo contrario sea lo verdadero. Así, quien opina que el uso de anticonceptivos es correcto basándose en el hecho de que la mayoría de las personas los usa no puede excluir que lo contrario sea lo verdadero, ya que lo que haga o no la mayoría no es un primer principio evidente ni garantía de verdad en ningún orden de cosas. La mayor parte de nuestros juicios son opiniones; lamentablemente, y por un abuso en el uso del lenguaje, rara vez los expresamos como opiniones, sino siempre acompañados de fórmulas categóricas: no se dice yo pienso u opino que…, sino se dice “esto es así…”. De esta forma, dando el carácter de certeza a meras opiniones se está cayendo en un grave vicio intelectual: se cierran las puertas para conocer la verdad o mayor verdad sobre el asunto, dando por cerrado el análisis sin que exista la evidencia necesaria para tal efecto. 

Desde luego que dentro del campo de las opiniones hay distintos grados también: es decir, las opiniones valen tanto como valen las razones en que se fundan. Hay opiniones bien fundadas, que no obstante no constituyan certeza, resultan suficientemente razonables como para considerar que son un pensamiento serio. Por otro lado, muchas opiniones no tienen base alguna, son enteramente gratuitas, sin mayor fundamento que ellas mismas: “el aborto es bueno porque sí”. Este tipo de opiniones no son razonables, ya que no tienen razones en que apoyarse; quien quiera pensar bien debe evitar en todo momento opinar en forma gratuita: toda opinión debe basarse en razones, y más razonable y probable será una opinión según la calidad y cantidad de las razones en que se funde.

Finalmente, la ignorancia es la privación o carencia de conocimiento debido. No es ignorante, por lo tanto, quien no sabe construir un puente habiendo estudiado, por ejemplo, música. Este tipo de falta de conocimiento se llama NESCIENCIA, y se define como la carencia de conocimientos no obligatorios.

Si esta carencia se refiere a todos los objetos, como acontece al niño recién nacido, será ignorancia absoluta; si tiene lugar con respecto a algún objeto, se dirá relativa. Ésta última, si es de tal naturaleza que nada conocemos acerca de un objeto determinado, se podrá decir completa con respecto a aquél objeto; si conocemos algunas cosas de él, por ejemplo, la existencia, sin conocer otras, se dirá incompleta.

La ignorancia también puede ser vencible o invencible. Se denomina “ignorancia vencible” aquella que el sujeto puede y debe eliminar con una diligencia RAZONABLE. Se divide, a su vez, en:

-Simplemente vencible: aquella que se produce cuando se ha puesto alguna diligencia para evitarla, pero ésta ha resultado incompleta o insuficiente.

-Crasa o supina: cuando no se ha hecho nada o prácticamente nada para evitarla.

-Afectada: que se produce cuando (la ignorancia) es completamente voluntaria, porque el sujeto no desea hacer las oportunas y convenientes averiguaciones sobre los propios deberes, con el objeto de no verse comprometido con ellos. Es el caso del alumno que falta a una clase, y sabiendo que debe ponerse al día y averiguar si hay algún trabajo o prueba, prefiere no preguntar para así no hacer nada.

La ignorancia vencible ES SIEMPRE CULPABLE, puesto que siempre y en todo caso es voluntaria. El sujeto se da cuenta de que es ignorante, pero hace poco o nada por subsanarlo. El grado de tal culpa se medirá por el grado de negligencia en averiguar la verdad.

Por su parte, la ignorancia invencible consiste en aquella que no puede eliminarse o desvanecerse por el sujeto que la padece. La ignorancia invencible no excusa ante los hombres porque la involuntariedad es muy difícil de probar exteriormente. Como consecuencia de ello, cualquier delincuente podría alegar desconocimiento de que un cierto acto se encuentra tipificado en la ley. Por ello, las legislaciones presumen que las normas son conocidas por todos, no pudiéndose alegar esta eximente de culpabilidad.

Hoy vivimos en un mundo excesivamente informado y, por lo mismo, altamente ignorante: es tal la cantidad de información disponible que no se puede distinguir la verdadera o seria de la falsa o infundada. Tal vez el primer paso para pensar bien es informarse debidamente, recurriendo a fuentes confiables, examinando el tema que se trate desde sus diversos ángulos, para entonces poder opinar razonablemente y, quien sabe, alcanzar certeza. Para ello resulta imprescindible estudiar e informarse debidamente; de otro modo persistirá la ignorancia (vencible y afectada).



PENSAMIENTO CRÍTICO: Falacias

La forma de pensar debe sujetarse a reglas lógicas para proceder correctamente. Cuando esto no ocurre se cae en un error de pensamiento; es decir, se piensa mal. Tradicionalmente se han identificado los errores de juicio más comunes, denominándolos falacias. Una falacia es un error de raciocinio: se intenta sostener una conclusión como verdadera, buena o correcta, sin embargo:

  • No se sigue de sus premisas.
  • Sus premisas son falsas, o al menos una de ellas lo es.

Quien incurre en una falacia no necesariamente está mintiendo, pero sí está pensando en forma incorrecta. Luego importa conocer las falacias más comunes para poder identificarlas; primero en nuestra forma de pensar –y así eliminarlas- y luego en la forma de pensar de otros –para así no considerar como bueno o correcto el pensamiento falaz, tan difundido en nuestros días-. A continuación se explican las falacias más comunes, cada una con un ejemplo que clarifica lo absurdo de semejantes pensamientos:

  • Argumentum ad antiquitatem o argumento de antigüedad, tradición o costumbre: declarar que algo es correcto o bueno simplemente porque es antiguo, o porque "siempre ha sido así": tener relaciones sexuales por puro placer, cerrando toda posibilidad a la generación de una nueva vida, usando anticonceptivos es bueno, porque siempre se ha hecho así…
  • Argumentum ad baculum o recurso a la fuerza: ocurre cuando alguien apela a la fuerza (o la amenaza de ella) para presionar y hacer aceptar una conclusión: a los alumnos les convienen estudiar y aprender, porque sino reprobarán el curso…
  • Argumentum ad crumenam o apelación al dinero: falacia de creer que el dinero es un criterio de corrección. Aquellos con más dinero son más proclives a tener razón: lo que dijo el señor XX es lo correcto, porque tienen mucho dinero, luego es inteligente y no se equivoca…
  • Argumentum ad hominem o ataque a la persona: significa literalmente "argumento dirigido al hombre". Existen dos variedades. La primera es la forma abusiva. Si Ud. se rehusa a aceptar una afirmación, y justifica su rechazo criticando a la persona que hizo tal afirmación, entonces Ud. es culpable de un argumentum ad hominem abusivo. Por ejemplo: "Usted dice que los católicos deben ser personas de moral. Sin embargo, sucede que yo sé que usted abandonó a su esposa e hijos." Es una falacia porque la verdad de una aserción no depende de las virtudes de la persona que la afirma.

Una segunda forma de argumentum ad hominem es de tratar de persuadir a alguien de aceptar una afirmación que usted hizo, refiriéndose a las circunstancias particulares de esa persona. Por ejemplo: "... por lo tanto es perfectamente aceptable matar animales para la alimentación. Espero que no lo discuta, porque le veo feliz y contento con sus zapatos de cuero." Esto se conoce como argumentum ad hominem circunstancial.

No siempre es inválido referirse a las circunstancias de un individuo que hace una declaración. Si una persona es un conocido mentiroso o perjurador, este hecho le restará credibilidad como testigo. No probará sin embargo, que su testimonio sea falso en este caso. Tampoco alterará la confiabilidad de cualquier razonamiento lógico que haga, pero al menos se tendrá la prudencia del caso, según la cual se examinará con mayor cuidado el argumento de quien tienen intereses personales comprometidos en el asunto que se discute.

  • Argumentum ad ignorantiam o argumento a partir de la ignorancia: significa "argumento desde la ignorancia". La falacia ocurre cuando se dice que algo debe ser cierto simplemente porque no se ha probado su falsedad. O, equivalentemente, cuando se dice que algo es falso porque no se ha probado su veracidad. Así, la píldora del día después no es abortiva, porque no se ha demostrado lo contrario…
  • Argumentum ad misericordiam o apelación a la misericordia: recurso a la piedad, también conocido como súplica especial. Esta falacia se comete cuando alguien apela a la piedad para que se acepte una conclusión, por ejemplo: se debe permitir la criopreservación de embriones humanos a fin de remediar el drama de aquellas parejas que no han podido tener hijos…, sin probar nada acerca de la conveniencia de dicha medida.
  • Argumentum ad nauseam o argumento de repetición: es la creencia incorrecta de que es más posible que una afirmación sea cierta o aceptada como cierta cuanto más veces se escuche: la nueva ley de matrimonio civil protege a la familia, protege a la familia, protege a la familia, protege a la familia, etc., etc., etc…
  • Argumentum ad novitatem o argumento de novedad: es la falacia de decir que algo es mejor o más correcto simplemente porque es más nuevo: la clonación de seres humanos es correcta porque es la manifestación de los últimos avances científicos…
  • Argumentum ad numerum o falacia del número o mayoría: consiste en decir que cuanto más gente sostenga o crea en una proposición, más posibilidades de ser cierta tiene: el divorcio, el aborto y el matrimonio homosexual deben aprobarse, porque la mayoría así lo quiere…; o el uso de anticonceptivos, o copiar n una prueba es lo normal, porque todos lo hacen…
  • Argumentum ad populum o argumento populista: también conocido como recurso al pueblo. Se comete esta falacia si se intenta ganar aceptación de una afirmación apelando a un grupo grande de gente, particularmente a sus prejuicios o lugares comunes irreflexivamente aceptados. Frecuentemente este tipo de falacia se caracteriza por usar un lenguaje emotivo: el divorcio vincular es la manifestación de la tolerancia en un estado de Derecho laico y moderno, y promueve la libertad de las personas…
  • Argumentum ad verecundiam o apelación a la autoridad de personajes notables: se intenta sostener una conclusión como verdadera apelando a los dichos y pensamientos de personajes notables, dando por probada la conclusión en razón de que nadie osaría contradecir a autoridades de tanta fama.  Así, “el aborto debe aprobarse porque Peter Singer, uno de los más grandes filósofos de nuestro tiempo, así lo dice”.
  • Argumentum ad autoritatem, o argumento de autoridad: recurso a la autoridad. Usa la admiración hacia un personaje famoso para tratar de sostener una afirmación: el matrimonio entre homosexuales debe aprobarse, porque el presidente lo apoya… Se basa en una autoridad que no es tal, porque no es competente en la materia, o no ha estudiado por sí mismo ni en forma suficiente; o sus conclusiones son parciales y han sido refutadas por sus pares,


PENSAMIENTO CRÍTICO: Modelo argumentativo ARE

Una forma fácil y práctica de identificar falacias es utilizando el Modelo de argumentación “ARE”: Assertion, Reason, Evidence (Afirmación, Razonamiento y Evidencia).

Assertion: Afirmación. Siempre que queremos probar o sostener algo, afirmamos o negamos algo sobre ello. Sea positiva o negativa, es una afirmación, como “el divorcio es malo”, o “el divorcio debe aprobarse”. Como tales, simples afirmaciones, no tienen ningún valor probatorio o demostrativo en una discusión o conversación crítica y merecen ser desechadas (se está hablando gratis), salvo que sean evidentes por sí mismas (“el hombre algún día morirá”) o cuenten con razones que las justifiquen, que analizamos a continuación.

Reason, Razonamiento, Explicación. Toda afirmación debe ser justificada con razones. Ellas serán el porqué de cada afirmación. Según los ejemplos antes enunciados, el divorcio es malo, “porque afecta negativamente a los hijos, produce la feminización de la pobreza, trae costos económicos importantes para el Estado, etc.”; o el divorcio debe aprobarse, “porque la mayoría de la población así lo quiere, es la única salida conveniente para las parejas que han sufrido una ruptura matrimonial irreparable, etc.”.

Las razones son de dos tipos: datos y garantías. Los datos son los casos concretos en que se basa la afirmación inicial, como todos los ejemplos anteriores. Garantía es el principio o norma, muchas veces callado o tácito, que autoriza lógicamente sostener la afirmación en base a los datos entregados: la afirmación “el divorcio es bueno” no puede sostenerse simplemente a partir del dato “porque la mayoría lo quiere”, salvo que se demuestre la veracidad del principio que garantiza la conexión entre ellos. ¿Cuál es ese principio o garantía? Aquel que, una vez agregado, permitiría sin problema sostener la afirmación a partir de ese dato.

En este caso es “todo lo que quiere la mayoría es bueno”. De esta forma, si es cierto que todo lo que quiere la mayoría es bueno, y es cierto también que la mayoría quiere el divorcio, luego podemos lógicamente concluir que el divorcio es bueno. Como se ve, sin garantía no es posible sostener la afirmación sólo en base a datos: a partir de los datos nunca se puede alcanzar una conclusión, puesto que el proceso de comparación en que consiste la inferencia es imposible.

Ahora bien, estas razones –datos y garantías- serán también otras tantas afirmaciones gratuitas, a menos de que sean a su vez evidentes, probadas o respaldadas en el debate. Para probarlas usaremos la evidencia recolectada.

Evidence, Evidencia. Toda la información recolectada servirá de respaldo a nuestras razones. Y deben respaldarlas, sino nuestras razones serán meras construcciones teóricas, tal vez probables, pero no probatorias de nuestras afirmaciones.

Analizando este modelo, vemos claramente que un argumento no es una simple afirmación, ni una serie de razones en el aire, ni tampoco un enunciado desordenado de datos. Un argumento comprende una afirmación, razones que la justifiquen y evidencia que las respalden.

Podemos evaluar nuestros argumentos y los contrarios examinando si sus argumentos cumplen o no con estos tres requisitos. A continuación lo hacemos mirando a la contraparte:

- Si la evidencia presentada por la contraparte es falsa, no sustentará ni respaldará sus razones (salvo que estás sean evidentes por sí mismas), por lo cual estará hablando gratis.

- Si las razones (datos y garantías) ofrecidas por la contraparte no son evidentes por sí mismas, y no cuentan con evidencia relevante y suficiente que las respalde, su argumento no será probatorio, ya que sus razones no estarán probadas. El argumento será, entonces, meramente probable.

No basta que las razones (datos y garantías) estén respaldadas: deben estar bien respaldadas. Es decir, debe demostrarse que son verdaderas. Con los datos, por lo general, no hay problema (“frente al hecho conocido no hacen falta argumentos”). Pero con la garantía no es así: la prueba de la garantía se hace de la siguiente forma: se debe dar por verdadero el principio en que consiste la garantía y se lo debe aplicar a otras situaciones, para ver si su aplicación sigue siendo tan lógica como se pretendía: si el principio o garantía es verdadero, lo será siempre. Por tanto, si en uno o varios casos se ve que el principio o garantía produce consecuencias absurdas, demostramos entonces que es falso, y siempre lo fue: en el ejemplo anterior vimos que la garantía o principio que autorizaba concluir que se debe aprobar el divorcio, a partir del dato la mayoría lo quiere, era “todo lo que quiere la mayoría debe aprobarse”. Pues bien, si este principio es verdadero entonces lo será siempre; si lo aplicamos a una situación diversa, como por ejemplo la propiedad privada, veremos que no porque la mayoría lo quiere se debe abolir la propiedad privada; o más absurdo aún, hablando ahora del derecho a la vida, no porque la mayoría lo quiera se debe aprobar la muerte de cualquier inocente. Si la garantía ha fallado es porque es falsa, y nunca fue verdadera (siempre fue una falacia ad numerum).

- Si las afirmaciones presentadas por la contraparte no cuentan con razones ni evidencia que las justifiquen y respalden, estará hablando gratis.



En un mundo altamente globalizado, donde la información abunda al punto que confunde, y donde el acceso a ella ya no es de unos pocos, resulta relevante saber discriminar cuál información resulta aceptable y cuál no. Y es que no todo lo que se dice, no todo lo que se escribe o publica, no todo lo que se ve o se escucha por radio o televisión es necesariamente verdadero.

Este es el punto central: hoy cuesta mucho distinguir la verdad del error. Primero, porque se estima que la verdad no existe, y, si llegara a existir, no podríamos conocerla o, a lo más, cada uno podría conocer partes de ella, “su parte de ella” o, simplemente, “su verdad”. Más adelante veremos que lo anterior, además de absurdo, es imposible.

Suponiendo por ahora que la verdad existe, ¿de qué sirve pensar grandes ideas si ellas son falsas? ¿de qué le sirve al ingeniero idear un gran proyecto, genial, moderno, único, si su realización resulta imposible EN LA REALIDAD? ¿Tiene sentido estar cómodo, a gusto, guiando la conducta en base a mentiras?

Y nuestra cultura relativista y escéptica no ayuda, todo lo contrario: se promueve el alejamiento de la verdad, sin reparar en que semejante decisión, en la práctica, priva a la persona de aquello para lo cual su inteligencia existe: conocer la verdad de las cosas, conocer la realidad, conocer las cosas como son. ¿Y es que hay algo que existiendo no sea, precisamente, aquello que es?

Siendo lo anterior tan obvio, de evidencia inmediata, sin embargo el ser humano se resiste a aceptarlo. Quiere ser él quien dictamine y decida como son las cosas, quiere ser el artífice y dominador de la realidad. Y es cierto que el ser humano puede dominar la realidad y transformarla –ejemplos sobran-, pero ello no implica que pueda hacer que una manzana sea una pera: la manzana seguirá siendo manzana, y si alguna vez –mediante la industria genética- se llega a modificar su ADN para convertirla en una pera, pues bien, ya no será manzana… Es decir, mientras sea manzana será eso y nada más, aunque se la llame de otra manera y se la use para el fin que sea.

“El pensar bien consiste: o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte, caemos en error. Conociendo que hay Dios conocemos una verdad, porque realmente Dios existe; conociendo que la variedad de las estaciones depende del Sol, conocemos una verdad, porque, en efecto, es así; conociendo que el respeto a los padres, la obediencia a las leyes, la buena fe en los contratos, la fidelidad con los amigos, son virtudes, conocemos la verdad; así como caeríamos en error pensando que la perfidia, la ingratitud, la injusticia, la destemplanza, son cosas buenas y laudables.

Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad? Un sencillo labrador, un modesto artesano, que conocen bien los objetos de su profesión, piensan y hablan mejor sobre ellos que un presuntuoso filósofo, que en encumbrados conceptos y altisonantes palabras quiere darles lecciones sobre lo que no entiende”.

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