La existencia de Dios en la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino: fe, razón y el camino hacia la felicidad

Enviado por ricardo y clasificado en Filosofía y ética

Escrito el en español con un tamaño de 7,54 KB

Localización del texto

El texto pertenece a la Suma Teológica, libro en el que Santo Tomás de Aquino realiza la exposición ordenada y completa del conocimiento teológico de su época. La empresa es en cierto modo similar a la llevada a cabo por Juan Damasceno en el siglo VIII o por Pedro Lombardo en el siglo XII, cuyo libro de Sentencias fue estudiado y comentado por los teólogos posteriores, incluido Santo Tomás.

La obra trata de responder a los problemas planteados por la irrupción en el ámbito de la teología cristiana de la filosofía de Aristóteles y de sus comentaristas árabes y judíos. La Suma se divide en cuestiones (que expresan el problema general que se va a tratar) y artículos (preguntas que se hacen sobre cada cuestión).

A su vez, cada artículo comienza con las objeciones, argumentos recogidos en la Biblia o en otros autores, por los que parece que las cosas son distintas a como son. Luego, tras la fórmula «en cambio», expone opiniones contrarias a las primeras. Finalmente, él mismo resuelve el problema y responde a las objeciones.

El texto elegido comprende los artículos de la cuestión 2: la existencia de Dios.

Fe y razón

Frente a la teoría de la doble verdad defendida por averroístas, Santo Tomás sostiene que la verdad es una y no puede haber contradicción entre lo que dice la razón y lo revelado por Dios; de modo que, en caso de discrepancia, debe prevalecer la palabra de Dios.

Sin embargo, hay un ámbito de verdades que la razón humana puede alcanzar por sí misma (filosofía), así como otro ámbito de verdades que Dios ha revelado por ser necesarias para la salvación, pero que también pueden ser demostradas por la razón: los preámbulos de la fe. Las verdades propiamente reveladas son aquellas que la razón nunca hubiera podido descubrir por sí misma, ni pueden ser demostradas aun una vez reveladas, sino que deben ser aceptadas por fe.

Entre los preámbulos de la fe se halla la propia existencia de Dios, que el texto trata del modo que veremos enseguida, y que, evidentemente, tiene que ser la primera cuestión en un tratado de teología.

El conocimiento de la esencia divina

La siguiente cuestión decisiva de la teología es el conocimiento de lo que Dios es, pues demostrar su existencia no es todavía conocerlo. Dios no tiene una esencia definible, sino que, como plenitud absoluta de ser, desborda nuestra capacidad de conocer; de manera que solo podemos acercarnos a él de dos modos:

  • a) negando de él la imperfección de lo finito: Dios es inmutable, infinito, inmaterial, etc.
  • b) afirmando que, como lo que hay en el efecto viene de la causa, las perfecciones que encontramos en lo creado (bondad, sabiduría, etc.) se encuentran positivamente en Dios, si bien en él de manera infinita y siendo cada una de ellas un aspecto de su perfección única y simple.

Esencia y existencia

Según el dogma cristiano, Dios creó el mundo a partir de la nada. La descripción del mundo creado que hace Santo Tomás —ámbito propio de la razón al margen de toda revelación— es claramente deudora de los conceptos aristotélicos (materia/forma, potencia/acto, sustancia/accidentes, etc.), así que no vamos a insistir en ellos. Sin embargo, como la filosofía tiene que ser compatible con el dogma, Santo Tomás se ve obligado a introducir algunas novedades en relación con los conceptos de esencia y existencia.

La filosofía árabe, sobre todo algunos autores como Avicena, había defendido la distinción real entre esencia y existencia. La esencia de algo puede captarse de manera completa sin referencia a su existir; luego la existencia no está necesariamente incluida en la esencia. La conclusión que Avicena extrae de todo ello es que el existir es un mero accidente de la esencia, algo que puede ocurrir o no (contingente), y que, por lo tanto, todo lo que existe remite esencialmente a una causa no contingente: Dios.

Santo Tomás acepta la distinción, pero no el carácter accidental de la existencia. Todo lo creado es un compuesto de esencia y existencia, puesto que «existir» es como algo «determinado». No puede darse la existencia sin esencia —algo que sería… nada— ni hay esencias que no sean la esencia de algo existente. No obstante, es cierto que la existencia no se sigue de la esencia; luego todo lo creado es contingente y depende necesariamente de una causa que no puede ser un compuesto de esencia y existencia: Dios, en cuyo ser uno y simple no hay distinción entre ambas.

El alma y el conocimiento humano

Frente a la tradición platonizante de los agustinos, es también aristotélica la concepción de la naturaleza humana y la teoría del conocimiento de Santo Tomás. Así, él defiende la unión sustancial del alma y el cuerpo, por lo que el alma no puede captar directamente lo inteligible, sino que el conocimiento tiene que comenzar por lo que muestran los sentidos (individuos). Solo tras un proceso de abstracción —en el que lo esencial se va separando de lo individual— llevado a cabo por el entendimiento agente, lo universal llega a estar disponible para ser captado por el entendimiento posible.

La unión sustancial del alma y el cuerpo, por otra parte, pone en peligro el dogma cristiano de la inmortalidad del alma individual. Sin embargo, Santo Tomás argumenta que la parte racional del alma, dado que puede conocer todos los objetos posibles —incluida ella misma— sin las limitaciones que impondría una materia determinada, tiene que ser inmaterial, y su subsistencia es independiente de la posible corrupción del cuerpo.

El fin último del ser humano

El fin último del ser humano es la felicidad absoluta o beatitud, que solo Dios puede proporcionar. Es lo que el hombre desea naturalmente, aunque se extravía con frecuencia creyendo que las cosas de este mundo pueden darle la felicidad que busca.

La posibilidad del extravío, por otra parte, pertenece a la esencia del ser humano, pues Dios nos creó libres para que lo amásemos por decisión propia; al mismo tiempo que, con su palabra primero y con su encarnación en Jesucristo después, mostró a la humanidad el camino de la salvación.

Asimismo, como no podía ser de otra manera, en la naturaleza humana hay claros indicios de lo que Dios espera de nosotros. Dios crea y gobierna el mundo siguiendo un plan —la ley eterna— que nos es inaccesible, pero del que participamos a través de la ley natural, que contiene aquellos preceptos que la razón establece a partir de las inclinaciones naturales: la conservación de la vida, la procreación y el cuidado de la prole —que compartimos con los animales—, la vida en sociedad y el uso de la razón.

Esta última inclinación, en la medida en que busca el conocimiento pleno, no puede alcanzar satisfacción sino con la visión del más alto objeto de conocimiento, causa, principio y fin de todo lo demás: Dios. Así pues, la búsqueda de un conocimiento racional de Dios está inserta en nuestra naturaleza y forma parte del camino hacia Dios.

Entradas relacionadas: