La Evolución Humana y el Nacimiento Prematuro: Por Qué Somos Embriones Externos
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Ensayo sobre la Evolución: Los Bebés Humanos como Embriones
ENSAYO DE DARWIN: "Los bebés humanos como embriones"
La paradoja precoz-altricial
En este capítulo, Stephen Jay Gould parte de una contradicción aparente en nuestra biología: los seres humanos compartimos con los primates los rasgos propios de los mamíferos precoces —cerebro grande, vida larga, camadas de una sola cría—, y sin embargo nuestros recién nacidos son extraordinariamente indefensos, más propios de los mamíferos altriciales, como los roedores.
El zoólogo suizo Adolph Portmann resolvió esta paradoja denominando al bebé humano «secundariamente altricial», reconociendo así que nuestra indefensión neonatal no es primitiva, sino el resultado de una presión evolutiva muy específica.
Nacemos demasiado pronto
La tesis central del capítulo es provocadora: los seres humanos nacemos en estado embrionario. Si nuestra gestación se prolongara al ritmo con que transcurre el resto de nuestro desarrollo —notablemente lento en comparación con otros primates—, los bebés humanos deberían nacer entre siete meses y un año después de los nueve que en realidad permanecemos en el útero.
Esta conclusión, a la que llegaron de forma independiente Portmann, Ashley Montagu y el psicólogo R. E. Passingham, no es una metáfora: durante el primer año de vida, el crecimiento cerebral humano sigue una tasa fetal. El cerebro del neonato representa apenas una cuarta parte de su tamaño final, y los huesos de los dedos aún no están osificados —un nivel de desarrollo equivalente a la decimoctava semana fetal de los macacos—.
El dilema del cerebro grande
¿Por qué, entonces, no se prolongó también la gestación? Gould ofrece una respuesta concreta y que él mismo califica de «groseramente mecánica»: la pelvis humana no lo permite. El cerebro humano es tan voluminoso que, si el nacimiento ocurriera en el momento «correcto» según nuestros propios ritmos de desarrollo, la cabeza del feto no podría atravesar el canal pélvico.
La selección natural resolvió el dilema abreviando la gestación en términos relativos, permitiendo que el nacimiento ocurra cuando el cerebro tiene solo un cuarto de su tamaño final, y desplazando el grueso del crecimiento cerebral al período postnatal.
Reflexión final
Lo más sugerente del capítulo es su conclusión: nuestra vulnerabilidad neonatal no es un defecto, sino la condición de posibilidad de nuestra inteligencia. Ese crecimiento cerebral ocurre ahora fuera del útero, expuesto al entorno, al lenguaje y a la cultura. Somos seres cuya biología exige dependencia prolongada como precio de la complejidad cognitiva.
Y el cerebro humano, señala Gould, ha llegado probablemente al límite de su crecimiento en tamaño, acotado por la anatomía pélvica. Pero eso, concluye con sobria esperanza, importa poco: llevamos milenios sin explotar siquiera una fracción de lo que ese cerebro puede hacer.