Evolución de la Ética en la Antigua Grecia: De los Sofistas a las Escuelas de la Felicidad

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Los Sofistas y el Relativismo Moral

Según los sofistas, solo existían dos pautas de comportamiento natural: la búsqueda de placer y el ansia de poder. El resto de las normas eran relativas a un pueblo. Una conducta determinada podía ser calificada por un pueblo o un individuo como correcta; en cambio, esa misma conducta, en otro pueblo, podía ser estimada como incorrecta.

Sócrates: La Razón frente al Caos

Para Sócrates (470-399 a. C.), el relativismo de los sofistas era muy peligroso. Sócrates pensaba que si no había consenso para calificar una acción como adecuada o inadecuada, entonces no se podrían poner de acuerdo para elaborar leyes o juzgar alguna acción. La posición de los sofistas, pensaba Sócrates, solo podía conducir al caos.

En su estudio de la naturaleza humana, Sócrates había llegado a una conclusión totalmente diferente de los sofistas y había afirmado que la facultad suprema y universal, por encima de los deseos de placer y poder, era la razón. Esta convicción le llevó a plantearse dos cuestiones en relación con la Ética: la necesidad imperiosa de averiguar cuál era el objetivo o meta de la conducta humana y si se podía o no enseñar la virtud.

En su análisis de la naturaleza humana, Sócrates había llegado a una conclusión totalmente diferente de los sofistas y había afirmado que la facultad suprema y universal, por encima de los deseos de placer y poder, era la razón. Esta convicción le llevó a plantearse dos cuestiones en relación con la Ética: la necesidad imperiosa de averiguar cuál era el objetivo o meta de la conducta humana y si se podía o no enseñar la virtud. Para él, todo el que era sabio, era virtuoso. El que conocía el bien solo podía hacer el bien. El malvado solo lo era por ignorancia, porque si supiera realmente que su acción podía causar un daño a los demás, evitaría cometerla.

Éticas de la Felicidad

La Escuela Cínica

Los cínicos consideraban que el hombre pertenecía a una de dos clases exclusivas: la de los sabios o la de los necios. Por necio se entendía todo aquel individuo que se aferraba a los bienes y placeres del mundo. En cambio, el sabio buscaba la felicidad a través de una vida virtuosa, que ellos equipararon a una vida alejada de placeres, libre de necesidades y sin apenas vínculos ni relaciones sociales. El virtuoso era aquel que había sabido poner freno a la intensa atracción que ejercen los bienes materiales y no permitía que ningún tipo de sentimiento perturbara su vida.

La Escuela Cirenaica

La Escuela Cirenaica afirmó que el fin del hombre no era obtener la felicidad a través de una vida austera, sino, por el contrario, mediante el máximo placer posible. Este lo entendieron como el goce intenso del presente. Pero, para gozar del ahora de modo que no cause dolor más tarde, había que poner freno a los deseos, no aspirar a ser algo o a poseer algo que tal vez nunca se sea o posea; despreciar las riquezas y honores inalcanzables; y adoptar una actitud de serenidad frente a las adversidades. La vida feliz se lograba, según los cirenaicos, no renunciando a los placeres o permaneciendo indiferente ante las desgracias, sino disfrutando moderadamente de las pequeñas cosas que nos rodean sin atormentarse por cómo fue el pasado o será el futuro.