Eudemonismo y Éticas Procedimentales: Caminos hacia la Felicidad y la Moralidad
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Felicidad como Autorrealización: El Eudemonismo
La felicidad es el fin último natural. El pensamiento griego no podía aceptar la idea de que una serie de elementos subordinados entre sí fuera infinita. Es preciso trazar los rasgos que ha de tener una actividad para que la identifiquemos con la felicidad y después buscar cuál de nuestras actividades tiene estos rasgos.
La felicidad será:
- Un bien perfecto.
- Un bien suficiente por sí mismo.
- La actividad más propia del ser humano.
- Una actividad continua.
Vida Teórica y Sabiduría Práctica
Cada persona ejerce una función en su sociedad, y para desempeñarla bien ha de adquirir virtudes que le ayuden a hacerlo. Las acciones que tienen el fin en sí mismas son más perfectas que aquellas cuyos fines son distintos de ellas, porque en este caso los efectos son más importantes que las acciones.
Pero es imposible mantener siempre una vida contemplativa; es preciso encontrar otra forma de vida que procure también la felicidad. Se realizará también moralmente quien viva según su intelecto práctico, dominando sus pasiones para lograr la felicidad. A esto nos ayudan dos tipos de virtudes:
- Virtudes dianoéticas: La prudencia, que constituye la sabiduría práctica porque nos ayuda a deliberar bien, proponiéndonos lo que nos conviene en el conjunto de nuestra vida.
Un hombre que vive según las virtudes es un hombre feliz, pero para serlo necesita vivir en una ciudad regida por leyes buenas.
Las Éticas Procedimentales
Nacen en los años 70 del siglo XX. Son deontológicas, pero a diferencia de Kant, entienden que no es una sola persona quien ha de comprobar si una norma es universalizable, sino que han de comprobarlo los afectados por ella, aplicando procedimientos racionales.
La Ética del Discurso
Es el hecho de que las personas argumentamos sobre normas y nos interesamos por averiguar cuáles son moralmente correctas. Hay dos actitudes:
- Discutir sin ningún deseo de averiguar si la norma es correcta y si podemos llegar a entendernos.
- Tomar el diálogo en serio, porque nos preocupa el problema y queremos saber si podemos entendernos.
La ética del discurso intenta descubrir los presupuestos que hacen racional la argumentación, los que hacen de ella una actividad con sentido, y llega a la conclusión de que cualquiera que pretenda argumentar en serio sobre normas tiene que presuponer:
- Que todos los seres capaces de comunicarse son interlocutores válidos, es decir, personas con las que se puede dialogar y cuyos intereses deben ser tenidos en cuenta y defendidos.
- Que no cualquier diálogo nos permite descubrir si una norma es correcta, sino solo aquel que atiende a unas reglas que permiten celebrarlo en condiciones de simetría entre los interlocutores.