España en la Restauración (1874-1923): de Cánovas a la crisis del 98

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La Restauración

La Restauración española comienza en diciembre de 1874, con el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto y la proclamación de Alfonso XII como rey. Este nuevo periodo consolidó el sistema político liberal moderado, tras el fracaso del sistema democrático. Su objetivo era restablecer el orden y la monarquía borbónica, contando con el apoyo de la burguesía y del ejército.

Tras el golpe de Estado del general Pavía, el ejército quedó con el poder, con Serrano al frente. Durante estos meses, Cánovas del Castillo consiguió extender el alfonsismo entre amplios sectores de la burguesía y del ejército.

El Manifiesto de Sandhurst

En 1874 se publicó el Manifiesto de Sandhurst, firmado por el príncipe Alfonso y redactado por Cánovas del Castillo, que se convirtió en el artífice de la Restauración. En él, el príncipe Alfonso se postulaba como la única solución a los graves problemas que sufría el país.

Diciembre de 1874: el general Martínez Campos proclamó en Sagunto a Alfonso XII como rey. Entre tanto, a raíz de los disturbios de Cánovas, este se convirtió en presidente del Gobierno y en serie de medidas destinadas a acabar con las guerras carlistas y la de Cuba. En esta última, consiguió firmar la Paz de Zanjón (1878), aunque con promesas que nunca se cumplieron. Buscó el apoyo de la Iglesia, suspendió los periódicos de la oposición y creó tribunales especiales para los delitos de imprenta. Consiguió el «Ejército amigo», poniendo al rey a su frente, con lo que el ejército quedó apartado de la vida política.

En 1875 se produjo la entrada triunfal de Alfonso XII en Madrid. En las Cortes constituyentes de 1869, Cánovas del Castillo se definió a sí mismo como una doctrina en medio del sufragio universal y la soberanía nacional. Ahora abandonó esta postura doctrinaria para crear un sistema flexible que diera solidez a la institución monárquica, tratando de acabar con los partidos, con el pronunciamiento y con la guerra civil.

La Constitución de 1876

Cánovas formuló su teoría de la Constitución interna, como un conjunto de principios que han sido consagrados a lo largo de la historia y que están por encima de la decisión popular o mayoritaria, por eso está en contra de la soberanía nacional. Los tres elementos de esta Constitución interna son la monarquía, las Cortes y la Constitución. La monarquía es una institución vigente a lo largo de la historia de España y no es cuestionable. Según Cánovas, la soberanía real y la soberanía nacional son la misma cosa, ya que históricamente la extensión de la soberanía nacional fue la monarquía hereditaria. Las Cortes son otra institución permanente a lo largo de la historia y con la monarquía, pilar básico de la nación.

Pensaba Cánovas que era necesaria la existencia de una norma escrita que articulara los distintos ámbitos de la vida nacional. Esta, ya que debía ser permanente, debía ser flexible, para que pudiera permitir diversas interpretaciones y que al producirse el relevo en el ejército o en el poder no hubiera necesidad de cambiar el texto constitucional, lo que había sido una de las causas de la inestabilidad liberal española.

Las Cortes constituyentes fueron convocadas por sufragio universal, porque la legalidad vigente era la Constitución de 1869 y Cánovas no quería salirse de la ley, aunque con un voto captado previamente. La Constitución de 1876 era una constitución muy breve, en la que se establecía un férreo centralismo y, por último, estaba llena de ambigüedades y excepciones, por eso pudo ser tan flexible. No establecía el modelo de sufragio, sino que remitía a la ley electoral, de tal manera que en 1878 se censó el sufragio censitario, mientras que en 1890 el sufragio se unió.

El sistema bipartidista y el turno

El sistema se sustentaba en la existencia de dos partidos, así nació el bipartidismo, que se basaba en la existencia de dos partidos oficiales, dinásticos, que aceptaban la Constitución. No eran partidos de masas, sino de minorías. Estos dos partidos eran el Partido Conservador, constituido por los antiguos moderados y unionistas, representaba a la alta burguesía terrateniente, el alto funcionariado y la nobleza, liderado por Cánovas; y el Partido Liberal, formado por los antiguos progresistas, demócratas, representaba a la burguesía urbana, liderado por Sagasta, que aceptó con la condición de que cada llegase al poder aprobaría el sufragio universal.

Con este partido se consiguió que la oposición dejara de ser revolucionaria y se convirtiera en una oposición legal. El sistema funcionaba a través del sistema del turnismo. Cuando un partido consideraba que estaba «agotado», cedía el poder. El nuevo gobierno disolvía las Cortes y convocaba elecciones que siempre ganaban, gracias al fraude, a la corrupción y a la compleja red del sistema sociopolítico denominado caciquismo. Las técnicas fraudulentas se basaban en un pucherazo, el cambio de urnas y el encarcelamiento. Con esto se fabricaban las mayorías y minorías.

El caciquismo era un sistema sociopolítico que se usaba con fines políticos por los políticos de la Restauración. Consistía en el control del poder en determinadas zonas por personas de gran influencia y prestigio social. Era un residuo de las antiguas relaciones señoriales, y suponía la dependencia personal y el dominio del cacique sobre los campesinos.

El sistema político de la Restauración

El sistema político de la Restauración era moderadamente centralista. Ejemplos de ese centralismo son el control de los ayuntamientos, el establecimiento de la censura política y religiosa y, por último, en 1876, acabó con la Guerra Carlista, lo que supuso el fin de los fueros vascos, a los que se les dio una serie de beneficios económicos a los habitantes del País Vasco.

En 1885 murió Alfonso XII. A la muerte del rey, Cánovas y Sagasta firmaron el Pacto del Pardo, en el que acordaron mantener el sistema del turno y mantener la regencia de María Cristina.

El Partido de Sagasta en el turno liberal, en 1881 estableció la libertad de expresión y reunión, con lo que salieron a la luz los partidos republicano, demócrata y el movimiento obrero, que hasta entonces eran ilegales. En 1883 se aprobó la ley de prensa, que eliminó la censura.

En 1887, se aprobó la ley sindical que permitió la creación de sindicatos. En 1890 se estableció el sufragio universal. Este conjunto de leyes provocó una cierta democratización del régimen y permitió que saliera a la luz la oposición social, republicana y los movimientos obreros.

Republicanos y socialistas

Los republicanos se dividieron en 3 partidos: el republicano posibilista, líder Castelar, y defendía una democracia conservadora; el republicano federal, líder Pi y Margall; y el republicano progresista democrático, líder Ruiz Zorrilla. Estos 3 partidos consiguieron en 1893 formar una coalición y fundar la Unión Republicana, la cual, por sus diferencias internas, acabó en 1895.

Los socialistas, caracterizados por su rigidez ideológica y su disciplina táctica. En 1879 se fundó el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), de carácter marxista y como un partido de clase. En 1888 se fundó la UGT, sindicato socialista. El padre del socialismo español fue Pablo Iglesias.

A partir de 1875, el movimiento obrero cayó en la clandestinidad. El resto nunca elaboró una legislación social y apartó a las nuevas fuerzas sociales y políticas que crecieron al amparo de la Internacional.

El anarquismo y los nacionalismos periféricos

El anarquismo tenía 3 áreas fundamentales: Barcelona, Zaragoza y la baja Andalucía. En 1881 se fundó la Federación de Trabajadores de la Región Española, que se dividió entre Madrid y Barcelona, optando por la resistencia pacífica; mientras que en la baja Andalucía apareció la Mano Negra, provocando terrorismo.

Los nacionalismos periféricos surgieron debido a la realidad española: las comarcas mal comunicadas, los localismos, la falta de una burguesía nacional y el espíritu romántico. Nació el catalanismo, cuyo origen se encuentra en la defensa del proteccionismo económico y en la Renaixença. Así nació el nacionalismo político, este se federal, burgués, europeísta y regeneracionista.

En 1892 se redactó un proyecto de Constitución federal catalana, las Bases de Manresa. Sobre esta, se fundó la Lliga Regionalista, que entró en la política nacional en 1898, tras la pérdida de las colonias, ya que culparon al Gobierno de Madrid.

En el País Vasco pretendió recuperar sus fueros. En estas circunstancias, Sabino Arana, padre de la patria vasca, señaló la cultura del País Vasco del carlismo y unificó la lengua vasca. Así, en 1874 Sabino fundó el PNV, partido católico que defendía la independencia.

Guerra de Cuba y crisis del 98

En 1895 se produce un levantamiento independentista en Cuba que se convirtió en insurrección en toda la isla. En 1896 sucedió lo mismo en Filipinas. En 1898 España pierde Cuba, Puerto Rico y Filipinas, tras una derrota militar. Esto desencadenó una crisis nacional, ante la desmoralización, el escándalo, la debilidad militar y la política; a todo esto se le denominó desastre del 98.

En 1820, durante el reinado de Fernando VII, España perdió el imperio de América, pero permanecía con el poder de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

La economía de Cuba y Puerto Rico se dedicaba a la agricultura de plantación, sometida a duras leyes arancelarias, constituyendo un mercado cautivo. El ejército español se aseguraba de la explotación esclavista en beneficio de una reducidísima oligarquía.

En Filipinas, la población española era escasa y los capitales invertidos no eran relevantes. La soberanía se mantenía gracias a la fuerza militar y a las órdenes religiosas. José Rizal fundó la Liga Filipina basada en la expulsión de los españoles, de las órdenes religiosas y en la confiscación de los latifundios para lograr la independencia.

La primera Guerra de Cuba se inició tras el Grito de Yara. Las Cortes republicanas, en 1873, aprobaron la abolición de la esclavitud.

En 1878, con la Paz de Zanjón, se puso fin a la guerra, con promesas que nunca fueron cumplidas. A la frustración acumulada se unió el respaldo norteamericano a los insurgentes. Los políticos estadounidenses eran partidarios de la independencia de Cuba.

En 1894 los liberales sacaron un proyecto de autonomía. En 1895 estalló una revuelta liderada por Antonio Maceo y José Martí, que en 1892 fundaron el Partido Revolucionario Cubano.

El gobierno español envió al general Martínez Campos para que aplicase las medidas de represión; más tarde se envió al general Weyler, que recuperó el control del territorio y creó campos de concentración. Así, a pesar de esta dura política represiva, la guerra continuó.

En 1897, tras el asesinato de Cánovas, Sagasta intentó otro proyecto de autonomía. Estados Unidos decidió intervenir. La opinión pública, preparada por los periódicos estadounidenses, presionaba a favor de la guerra.

En 1898 el acorazado norteamericano Maine fue dinamitado, y le atribuyeron la responsabilidad a España. El gobierno estadounidense propuso la compra de la isla, pero el Senado y la Cámara de Representantes de los EE. UU. declararon la guerra a España.

En Filipinas la situación era crítica. Los norteamericanos se dirigieron a la isla para apoyar a los insurrectos.

El desarrollo de las operaciones durante la guerra fue rápido. La superioridad técnica y material de los estadounidenses y la cercanía del objetivo era apabullante. Destrozaron la flota española. Se firmó el Tratado de París, en el que España renunciaba a la soberanía sobre Cuba, que sería ocupada más tarde por los EE. UU. Las islas de Puerto Rico y Guam pasaban a ser de soberanía estadounidense, mientras que Filipinas era comprada por los americanos. El imperio español quedaba así definitivamente desmantelado.

Consecuencias del desastre

El desastre supuso un auténtico aldabonazo en la conciencia de los españoles y arrastró una serie de importantes consecuencias. En primer lugar, están las pérdidas humanas, debidas a la guerra o a enfermedades infecciosas. Se suman las escasas medidas sanitarias con las que contaba el ejército y el medio que los acompañaba, tropical y hostil. Las muertes y las enfermedades afectaron sobre todo a los más pobres, y todo esto se debe a que el régimen de la Restauración nunca elaboró una legislación de carácter social que aliviara la situación del proletariado.

Hay que añadir también la desmoralización de un país, expresada a través de grandes autores que quedaron marcados por la Generación del 98.

Las pérdidas materiales fueron graves a largo plazo: se perdían ingresos y mercados privilegiados. Pero la financiación de la guerra permitió el saneamiento de la Hacienda y que el Estado estuviera en superávit. Se produjo una repatriación de capitales.

Surgieron críticas hacia el funcionamiento del sistema político, que solo aparecieron entre políticos e intelectuales. Entre ellos destacaban los regeneracionistas. El regeneracionismo fue un movimiento sin estructura que reflexionó sobre el sistema político, la corrupción de los partidos, el sistema electoral y de gobierno. Uno de ellos era Joaquín Costa, para quien era esencial acabar con el caciquismo para recuperar la verdadera democracia. No quisieron organizar un sistema político.

En el ámbito político, la crisis del 98 provocó el inicio de la crisis del sistema de la Restauración. En los partidos dinásticos hubo un relevo generacional; estos partidos ya no eran tan sólidos y comenzaron a aparecer escisiones internas provocadas por el excesivo personalismo de los líderes (maurismo).

En Cataluña, el nacionalismo, que había sido un credo minoritario, alcanzó cotas inesperadas para los políticos de turno. La burguesía catalana acusaba a Madrid de no haber protegido sus intereses; así apareció la Lliga y, en 1907, Solidaritat Catalana, que tuvo un éxito electoral.

Tomó auge la oposición republicana y socialista. La conflictividad social crecía en las calles y se respondía con duras represiones. En 1906 se suspendieron las garantías constitucionales, tras el asalto a Cu-Cut. Comenzó la guerra de Marruecos, debido al desprestigio militar tras la pérdida de las islas, y todo esto se convirtió en la mecha que prendería en 1909 en Barcelona. Durante la Semana Trágica se inició la descomposición del régimen de la Restauración.

El desastre del 98 no había hecho más que sacar a la luz las graves contradicciones e insuficiencias del régimen creado por Cánovas, que lograría sobrevivir a duras penas hasta 1923.