España en la encrucijada: Del Bienio Derechista al Frente Popular (1934-1936)
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3 Algunos fusilamientos sin juicio en los primeros momentos de la represión, salpicada de torturas y atrocidades
Además, 30.000 detenidos, incluidos Companys, Azaña (que no había participado en la revolución) y los principales dirigentes socialistas.
El final del Bienio Derechista (1934-1936)
Todo el período posterior quedará marcado por los sucesos de octubre. La vida política se polarizó en el enfrentamiento ante las represalias por la revolución, entre los partidarios de llevarlas hasta el fin, ejecuciones incluidas, y quienes reclamaban una amnistía. Lerroux firmó los indultos de condenados socialistas de Asturias, lo que provocó que la CEDA abandonara el Gobierno. Sin embargo, volvió un mes más tarde ante la debilidad de los radicales, y ahora con Gil Robles como ministro de la Guerra.
El gobierno radical-cedista continuó con su política de rectificación. Se decretó la suspensión del Estatuto de Cataluña, en represalia por la participación en la revolución de octubre del gobierno de Companys. El 1 de agosto se aprobó la nueva Ley de Reforma Agraria, que significaba, de hecho, una auténtica contrarreforma.
Por otra parte, el Gobierno permanecía en continua crisis. Los radicales solo podían gobernar con el apoyo de la CEDA, lo que en la práctica les convertía en rehenes de Gil Robles; pero, al mismo tiempo, rechazaban su política extremista, cada vez más próxima a planteamientos autoritarios y filofascistas. La propaganda cedista y, sobre todo, la de sus juventudes (JAP), era radical y violenta, reclamando “todo el poder para el Jefe”.
La crisis definitiva se desencadenó a partir de octubre, ya con Joaquín Chapaprieta como jefe del Gobierno, cuando estalló el escándalo del estraperlo. Se trataba de una autorización hecha por algunos de los principales altos cargos radicales del Gobierno, a cambio de sobornos, a un fabricante holandés, Strauss, para introducir en casinos españoles una máquina de juego. El escándalo trajo como consecuencia el hundimiento de Lerroux y de los líderes radicales. Nuevos escándalos acabaron en una crisis continua, con varios intentos de gobierno de concentración. Finalmente, el 30 de diciembre, Portela Valladares formó su segundo gabinete consecutivo, un gobierno puente con el compromiso de Alcalá Zamora de disolver las Cortes y convocar elecciones, decreto que firmó el 7 de enero de 1936.
Las elecciones de 1936 y el Frente Popular
Dos grandes bloques electorales se perfilaban, las izquierdas y las derechas, enfrentados y sin posibilidad de entendimiento.
A lo largo de 1935 se fueron gestando las dos grandes coaliciones que se enfrentarían en las elecciones del año siguiente. La derecha
4 antirrepublicana se unió en el llamado Bloque Nacional, formado en diciembre de 1934 por sectores monárquicos y oligárquicos, encabezados por Calvo Sotelo, Goicoechea y Alba, y con el apoyo de personajes como Maeztu, Sáinz Rodríguez o Rodezno, de ideología ultraconservadora. El Bloque Nacional defendía un Estado autoritario y corporativo, similar al fascista.
También se produjo un acercamiento entre las fuerzas de la izquierda, burguesa y obrera. Las campañas proamnistía para los presos de octubre unieron a todos los grupos, desde la Unión Republicana hasta la CNT.
El 15 de enero se firmó el Pacto del Frente Popular. Tras rápidas negociaciones, se firmó el acuerdo sobre un programa mínimo, cuyas medidas básicas significaban volver a poner en marcha toda la legislación del primer bienio (educación, obras públicas, reforma agraria, reforma laboral, etc.), ahora sin dilación, decretar una amnistía, anular todas las represalias por la revolución de octubre, y restablecer las garantías constitucionales, suspendidas desde entonces. Al pacto se unieron Izquierda Republicana, Unión Republicana, el PSOE, el PCE y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), recién fundado y de tendencia trotskista. Se unieron también otros grupos de la izquierda y los sindicatos comunistas, además de la UGT. La CNT no participó, pero esta vez no pidió expresamente la abstención, lo que significó, de hecho, apoyar indirectamente al Frente Popular.
La otra gran coalición se formó entre el Bloque Nacional, de predominio monárquico, y la CEDA. Pero los dirigentes cedistas, en muchas circunscripciones, llegaron también a acuerdos parciales con radicales y grupos republicanos, lo que produjo bastante confusión y la concurrencia de dos candidaturas de derecha en muchas provincias. Además, la coalición no fue capaz de hacer un programa sólido y coherente: fundamentó su alianza en la negación de la revolución, el rechazo al marxismo y la amenaza que para el país significaría la victoria del Frente Popular. Ese talante negativo le restó, probablemente, muchos votos de centro. El mismo José Antonio Primo de Rivera criticó la falta de programa y mantuvo a la Falange fuera de la coalición. También el PNV se presentó por su cuenta.
La campaña y las elecciones se celebraron con bastante orden, pese a la violencia verbal y al clima de enfrentamiento latente. El día de las elecciones, el 72 % del censo acudió a votar, un porcentaje muy alto. El Frente Popular obtuvo 263 escaños, por 210 diputados de la coalición de centro-derecha; la victoria de la izquierda volvió a producirse en las grandes ciudades y en las provincias del Sur y de la periferia, mientras que las candidaturas de derecha se impusieron en las provincias del Norte y del interior. El impacto fue fulminante. En los días siguientes, sin esperar a la segunda vuelta de las elecciones ni a la proclamación de resultados, los grupos de izquierda abrieron las cárceles y comenzaron a salir todos los detenidos desde octubre de 1934. Portela Valladares se negó a continuar al mando.