El Enfermo Imaginario: Escena III - Argan, Angélica y Antonia
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Escena III: Argan, Angélica y Antonia en 'El Enfermo Imaginario'
Escena III
ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA.
ARGAN.- Acércate, Angélica. Llegas a tiempo, porque quiero hablarte.
ANGÉLICA.- Ya os escucho.
ARGAN.- (Corriendo a sentarse en el bacín.) Aguarda. Dame el bastón. Vuelvo al instante.
ANTONIA.- (Riéndose de él.) ¡Corra, corra, señor!... ¡Lo que nos da que hacer el señor Fleurant!
ARGAN.- (Sentándose.) Ahora, hija mía, te voy a dar una noticia que seguramente te tomará de nuevas. Me han pedido tu mano.
ANGÉLICA.- Mi único deseo es obedeceros, padre mío.
ARGAN.- Me complace esa sumisión. Hemos ultimado el asunto y ya estás prometida.
ARGAN.- Tu madrastra pretendía que tú y Luisa, tu hermana menor, entrarais en un convento. Desde hace tiempo ése era su propósito.
ANTONIA.- (Bajo.) ¡Su razón tiene la muy bribona!
ARGAN.- (Continuando.) Por lo cual se negaba ahora a autorizar este matrimonio; pero he logrado reducirla y dar mi palabra.
ANGÉLICA.- ¡Cuánto tengo que agradecer a vuestras bondades, padre mío!
ARGAN.- Aún no conozco a tu futuro; pero me afirman que quedaré satisfecho y tú también.
ANGÉLICA.- Seguramente, padre mío.
ARGAN.- ¿Cómo? ¿Tú le has visto?
ANGÉLICA.- Puesto que vuestro consentimiento me autoriza a abriros mi corazón, no os ocultaré que hace seis días, el azar nos puso frente a frente.
ARGAN.- No me habían dicho nada, pero me alegro, porque vale más que sea así. Según parece, se trata de un buen mozo.
ANGÉLICA.- Sí, padre mío.
ARGAN.- Arrogante.
ANGÉLICA.- Sí.
ARGAN.- De aspecto simpático.
ANGÉLICA.- Ya lo creo.
ARGAN.- Honrado.
ANGÉLICA.- Como el que más.
ARGAN.- Que habla el latín y el griego a maravilla.
ANGÉLICA.- Eso no lo sabía yo.
ARGAN.- Y que dentro de tres días será recibido médico.
ANGÉLICA.- ¿Médico, padre mío?
ARGAN.- Sí. ¿Tampoco lo sabías?
ANGÉLICA.- No. ¿Quién os lo ha dicho?
ARGAN.- El señor Purgon.
ANGÉLICA.- ¿Lo conoce el señor Purgon?
ARGAN.- ¡Vaya una pregunta! No lo ha de conocer, si es su sobrino.
ARGAN.- ¿Por qué pones esa cara de asombro?
ANGÉLICA.- Porque vos hablabais de una persona y yo me refería a otra.
ANTONIA.- ¡Eso es una burla! Teniendo la fortuna que tenéis, ¿seríais capaz de casar a vuestra hija con un médico?
ARGAN.- ¿Quién te mete a ti donde no te llaman, imprudente?
ANTONIA.- ¡Calma! ¿Por qué no hemos de discutir sin acaloramientos? Hablemos tranquilamente.
ARGAN.- La razón de que, encontrándome enfermo -porque yo estoy enfermo-, quiero tener un hijo médico, pariente de médicos, para que entre todos busquen remedios a mi enfermedad.
ANTONIA.- Señor, ¿es verdad que estáis enfermo?
ARGAN.- ¡Cómo, granuja! ¿Que si estoy enfermo? ¿Si estoy malo, insolente?
ANTONIA.- Conforme, señor; estáis muy malo, lo reconozco; mucho más malo de lo que os podéis figurar, estamos de acuerdo. Pero vuestra hija, al casarse, debe tener un marido para ella, y estando buena y sana, ¿qué necesidad hay de casarla con un médico?
ARGAN.- Si el médico es para mí. Una buena hija debe sentirse dichosa casándose con un hombre que pueda ser útil a la salud de su padre.
ANTONIA.- ¿Me permitís, señor, que os dé un consejo leal?
ARGAN.- ¿Qué consejo es ése?
ANTONIA.- No volváis a pensar en ese matrimonio.
ARGAN.- ¿Por qué?
ANTONIA.- Porque vuestra hija no quiere oír hablar de ese señor, ni de su hijo.
ARGAN.- Pues yo sí. Además, esa boda es un gran partido.
ANTONIA.- Sí, sí. Todo eso está muy bien; pero yo insisto, y os lo vuelvo a repetir, en que le busquéis otro marido. No nació vuestra hija para ser la señora de Diafoirus.
ARGAN.- ¡Pues yo quiero que lo sea!
ARGAN.- La obligaré.
ANTONIA.- Será inútil.
ARGAN.- ¡Pues se casará o la meteré en un convento!
ANTONIA.- ¡Bah!
ANTONIA.- ¡Pamplinas!
ANTONIA.- Os conozco, señor, y sé que sois bueno por naturaleza.
ARGAN.- (Indignado.) ¡Yo no soy bueno, y seré malo cuando me dé la gana!
ARGAN.- ¿Pero en qué país vivimos? ¿Qué audacia es ésta de atreverse una pícara sirvienta a hablarle de ese modo a su amo?
ANTONIA.- Cuando un amo no sabe lo que hace, una sirvienta con juicio tiene derecho a enmendarle la plana.
ARGAN.- (Lanzándose sobre ella.) ¡Te voy a apabullar por insolente!
ARGAN.- ¡Angélica, sujétame a esa pícara!
ANGÉLICA.- ¡Vamos, padre, que os vais a poner malo!
ARGAN.- (Dejándose caer en un sillón, rendido de correr tras ella.) ¡Ay, no puedo más!... ¡Esto me costará la vida!