Don Juan Tenorio: La confesión final y el arrepentimiento de un seductor

Enviado por Chuletator online y clasificado en Lengua y literatura

Escrito el en con un tamaño de 2,52 KB

La partida hacia el exilio: Una confesión desde el alma

Si lees estas palabras, es porque he partido sin despedirme hacia Italia. No me atreví a mirarte a los ojos tras todo lo que he causado aquí en Sevilla. Desde que te saqué del convento de doña Abadesa, creí que eras una conquista más. Pero tu bondad y tu fe cambiaron mi alma. Nunca nadie, ni doña Ana de Pantoja, ni ninguna otra, me miró como tú: con ternura, sin miedo, sin juicio.

El peso de mis crímenes

He matado a don Luis Mejía y a tu padre, don Gonzalo de Ulloa. Mi vida ha sido una cadena de desafíos al honor, a Dios y a la muerte. Y ahora, los fantasmas de mis crímenes me acosan: el Comendador se ha alzado desde su tumba para arrastrarme al infierno.

La esperanza en tu amor

No puedo permitir que tú sufras por mi culpa. Voy a enfrentar mi destino con Ciutti, tal vez a la muerte, o al castigo eterno. Pero aún creo en el milagro de tu amor. Dijiste que tu alma podía interceder por la mía. Si el cielo escucha tus plegarias, volveré redimido.

Hasta entonces, no dejes de rezar por mí. Solo tú puedes salvar lo que queda de este hombre perdido.

Carta abierta a Doña Inés

Queridísima Inés, perdóname por marcharme sin mirar atrás. No tengo el valor de mirarte a los ojos tras haberle quitado la vida a tu padre, don Gonzalo, y a don Luis. Quise ser digno de tu amor, créeme. Desde que te vi en aquel convento de las Calatravas, supe que serías la mujer de mi vida, que ninguna otra de mis conquistas, como doña Ana de Pantoja, podría igualarte. Ahora no encuentro consuelo en ninguna parte; creo que hasta Dios me ha cerrado las puertas.

Razones de una huida necesaria

  • El destino: Esta misma noche parto rumbo a Italia. Ciutti y el barco me esperan.
  • El cambio interior: Esta vez no me mueve ni el deseo, ni la apuesta, ni el orgullo.
  • El sacrificio: Me marcho porque ya no me siento digno de quedarme. Te he robado tu paz, y aunque te amo como nunca he amado a nadie, ese amor nos ha traído la ruina y debo hacerlo.

Un adiós incierto

No sé si podré volver a verte, si Dios nos juntara de nuevo en algún lugar en donde este amor no nos cause dolor. Donde no haya más apuestas ni nos gane el orgullo. No hay palabras que curen el daño, ni promesa que repare lo perdido. Sólo puedo rogar para que algún día vuelvas a mirarme sin lágrimas.

Perdóname, mi alma. Tu don Juan se aleja para siempre.

Entradas relacionadas: