El descenso a la oscuridad: La historia de César y el círculo de excesos
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El inicio de una vida mediocre
César es un pendejo. Una noche, después de un día especialmente mediocre, César se quedó dormido en el sofá de su departamento, con la tele puesta en algún programa basura y una bolsa de papas fritas a medio comer sobre su pecho. El sueño lo venció con la facilidad con la que se rendía a cualquier cosa en la vida.
El rapto inesperado
No escuchó el chirrido de la ventana que se abría con sigilo. Tampoco sintió cómo cinco figuras grandes y oscuras se deslizaban dentro de su living. Antes de que pudiera siquiera parpadear, lo sujetaron con una fuerza que no le dejó espacio para el grito. Una tela con olor a químico dulzón se presionó contra su cara y el mundo se disolvió en un vacío negro.
El quiebre de la dignidad
Cuando despertó, no estaba en su sofá. Estaba en una habitación lujosa y oscura, con olor a perfume caro y a algo más, algo que no podía identificar pero que le ponía los pelos de punta. Las cinco figuras lo rodeaban, y una de ellas, con una sonrisa cruel, le susurró al oído que su nueva vida acababa de empezar. Lo violaron una y otra vez, despojándolo de cualquier vestigio de dignidad hasta que su mente se quebró y aceptó su nueva realidad.
El encuentro con el poder
No supo cuánto tiempo pasó, pero un día lo subieron a un yate. El sol cegador y el olor a sal marina eran un shock para sus sentidos. Lo llevaron a una isla paradisíaca, un lugar que parecía sacado de una revista de lujo. Allí, en una mansión que parecía flotar sobre el mar, lo conoció: Sean Combs, o P. Diddy, como le pidieron que lo llamara. El anfitrión lo miró de arriba abajo, como si estuviera evaluando una pieza de arte, y con una simple inclinación de cabeza, lo aceptó en su círculo.
La pérdida de la identidad
César, o como ahora lo llamaban, "el nuevo", dejó de ser. Fue absorbido por ese mundo de excesos, fiestas que nunca terminaban y sustancias que borran los recuerdos. Se convirtió en un eco, en un mueble más de la mansión.
El destino final
Lo vieron una vez, meses después, en una calle de Miami. Temblaba en una esquina, demacrado y con los ojos vidriosos, buscando una punta entre la basura. Se parecía a un fantasma, a una versión destrozada y sin alma de Justin Bieber en su peor momento, un chico que lo tuvo todo y terminó drogándose en la calle, completamente solo. César había encontrado su lugar en el mundo, en el fondo más oscuro y putrefacto que la fama puede ofrecer.