El Descenso de Eneas al Inframundo: El Encuentro con Anquises y la Sibila de Cumas

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El Viaje de Eneas hacia Sicilia y el Encuentro con el Destino

Eneas se dirigirá a Sicilia, donde reposan las cenizas de Anquises, su padre, que había fallecido durante el viaje. Allí celebrará unos juegos fúnebres en su honor. Nuevamente, la sombra de Juno se cierne sobre sus cabezas; ella incita a un grupo de troyanos a quemar sus barcos e instalarse en una ciudad que llaman Egesta.

La Revelación de Anquises y el Camino al Lacio

Una noche, el fantasma de Anquises se aparece a su hijo. Le dice que el futuro lo hallará en el Lacio y le pide que haga un viaje, impensable para un mortal: el viaje al territorio de ultratumba. Una vez allí, le mostrará su destino. Eneas decide entonces visitar a la Sibila de Cumas; solo su oráculo podrá ayudarle, pues ella es el único báculo seguro en el que puede apoyarse; ella sabrá lo que debe hacer.

El Oráculo de la Sibila y la Búsqueda de la Rama de Oro

La Sibila lo escucha atentamente y, puesto que no puede disuadirlo de su empresa y dadas las dificultades, decide acompañarlo. No obstante, antes de iniciar el peligroso viaje, deberá encontrar la rama de oro para ofrecérsela a Proserpina, la reina del Averno, y así forzar su benevolencia. Logrará hallarla con ayuda de su madre, quien envía dos palomas para que le muestren el camino.

El Sacrificio a Hécate y el Descenso al Vacío

Con la rama en la mano del héroe, la Sibila sabe que ha llegado el momento y que los dioses protegen los designios de Eneas. Sacrifica cuatro bueyes negros para apaciguar a Hécate, la diosa de la noche. Un tremendo golpe los sacude y abre una brecha en el suelo que los lanza al vacío mientras se cierne la noche. Cuando se detienen y pisan tierra, la oscuridad más abrumadora los rodea. Sienten entonces los puñetazos de la enfermedad, el hambre, la discordia y todos esos monstruos que asolan al ser humano.

El Encuentro con Caronte en la Laguna Estigia

Eneas se apresta para la batalla, embravecido por el coraje; ahora es la Sibila, su bienhechora, quien le insta a continuar el trayecto. Ha llegado el momento de atravesar los ríos y, frente al barquero Caronte, se le hiela la sangre en las venas. El barquero se niega al principio, porque a los vivos no les está permitido atravesar la laguna Estigia; sin embargo, la propia Sibila, con dulces palabras, aplaca su ira y habla sabiamente.

Eneas no es cualquier mortal: debe conocer los designios de los dioses y únicamente su padre Anquises, que se halla en la morada de los Bienaventurados, puede desvelárselos. El anciano ve cómo brilla la vara de oro, el presente que el héroe guarda para Proserpina, y decide cruzarlos, aunque no puede evitar mirarlos malhumorado.

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