Crónica de una muerte anunciada — Texto y comentario literario de Gabriel García Márquez

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Crónica de una muerte anunciada — Ed. Debolsillo, pp. 108-110

Fragmento corregido

Dueña por primera vez de su destino, Ángela Vicario descubrió entonces que el odio y el amor son pasiones recíprocas. Cuantas más cartas mandaba, más encendía las brasas de su fiebre, pero más calentaba también el rencor feliz que sentía contra su madre. «Se me revolvían las tripas de solo verla —me dijo—, pero no podía verla sin acordarme de él.» Su vida de casada de vuelta seguía siendo tan simple como la de soltera, siempre bordando a máquina con sus amigas como antes hizo tulipanes de trapo y pájaros de papel, pero cuando su madre se acostaba permanecía en el cuarto escribiendo cartas sin porvenir hasta la madrugada. Se volvió lúcida, imperiosa, maestra de su albedrío, y volvió a ser virgen solo para él, y no reconoció otra autoridad que la suya ni más servidumbre que la de su obsesión.

Escribió una carta semanal durante media vida. «A veces no se me ocurría qué decir —me dijo, muerta de risa—, pero me bastaba con saber que él las estaba recibiendo.» Al principio fueron esquelas de compromiso; después fueron papelitos de amante furtiva, billetes perfumados de novia fugaz, memoriales de negocios, documentos de amor, y, por último, fueron las cartas indignas de una esposa abandonada que se inventaba enfermedades crueles para obligarlo a volver. Una noche de buen humor se le derramó el tintero sobre la carta terminada, y en vez de romperla le agregó una posdata: «En prueba de mi amor te envío mis lágrimas.» En ocasiones, cansada de llorar, se burlaba de su propia locura. Seis veces cambiaron a la empleada del correo, y seis veces consiguió su complicidad. Lo único que no se le ocurrió fue renunciar. Sin embargo, él parecía insensible a su delirio: era como escribirle a nadie.

Una madrugada de vientos, por el año décimo, la despertó la certidumbre de que él estaba desnudo en su cama. Le escribió entonces una carta febril de veinte pliegos en la que soltó sin pudor las verdades amargas que llevaba podridas en el corazón desde su noche funesta. Le habló de las lacras eternas que él había dejado en su cuerpo, de la sal de su lengua, de la trilla de fuego de su verga africana. Se la entregó a la empleada del correo, que iba los viernes por la tarde a bordar con ella para llevarse las cartas, y se quedó convencida de que aquel desahogo terminal sería el último de su agonía. Pero no hubo respuesta. A partir de entonces ya no era consciente de lo que escribía, ni a quién le escribía a ciencia cierta, pero siguió escribiendo sin cuartel durante diecisiete años.

Un mediodía de agosto, mientras bordaba con sus amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para saber quién era. «Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya necesitaba espejuelos para ver de cerca —me dijo—. ¡Pero era él, carajo, era él!» Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada de sudor, como la había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y las mismas alforjas de cuero descosido con adornos de plata. Bayardo San Román dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y puso las alforjas en la máquina de coser.

—Bueno —dijo—, aquí estoy.

Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus fechas, en paquetes cosidos con cintas de colores, y todas sin abrir.

Contextualización del fragmento

El fragmento que se nos ofrece para comentar se inserta en el capítulo 4 de los cinco que constituyen Crónica de una muerte anunciada (1981). Su autor, Gabriel García Márquez, nació en Aracataca (Colombia) en 1927. Su trayectoria como escritor comenzó como periodista, aunque a partir de los años cincuenta desarrolló una intensa labor como narrador. En 1967 se catapultó a la fama gracias a Cien años de soledad. En 1982 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, con el que alcanzó reconocimiento internacional.

Obras destacadas

  • El coronel no tiene quien le escriba (1961)
  • Cien años de soledad (1967)
  • El amor en los tiempos del cólera (1985)
  • El general en su laberinto (1989)
  • Del amor y otros demonios (1994)
  • Doce cuentos peregrinos (cuentos)
  • Relato de un náufrago (relato periodístico)

La producción literaria del escritor colombiano se encuadra dentro de la corriente narrativa conocida como realismo mágico, un enfoque que integra lo fantástico en la vida cotidiana y que marcó la literatura latinoamericana del siglo XX. Crónica de una muerte anunciada es una novela breve que combina investigación periodística, memoria y técnicas de la crónica, y que explora temas como el orgullo, la honra, el destino colectivo y la violencia simbólica y real en comunidades pequeñas.

Notas sobre el fragmento

  • El pasaje expone la obsesión amorosa de Ángela Vicario y su conversión en escribiente incansable: un recurso que revela su modo de resistencia y de autoafirmación.
  • La enumeración de tipos de cartas y la repetición temporal establecen la duración de la espera y la magnitud del sacrificio emocional.
  • La llegada de Bayardo San Román, con las maletas y las cartas sin abrir, actúa como un punto de giro: lo que parecía una relación unidireccional se transforma en un reencuentro cargado de implicaciones sociales y personales.

Este texto ha sido corregido ortográfica y gramaticalmente. No se ha eliminado ni recortado contenido del fragmento original.

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