La corresponsabilidad educativa: Familia y escuela en la formación social
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La socialización: Un proceso compartido
Nacer en sociedad implica iniciar un proceso de socialización, por el cual aprendemos a vivir con otros, respetar normas y adaptarnos al entorno. Este proceso comienza con la socialización primaria, dentro del núcleo familiar, y se amplía en la socialización secundaria, que se suele dar en la escuela. Ahora bien, ¿de quién es la responsabilidad de enseñar las normas de convivencia y los valores?
El rol de la familia como primer agente
En teoría, la familia es el primer agente de socialización, donde aprendemos lo básico, como hablar, comer o comportarnos. Sin embargo, muchas veces esta socialización primaria falla. Hay adolescentes que crecen en entornos donde no existen referentes positivos: padres disruptivos, con conductas delictivas, adicciones o simplemente ausentes. También hay casos de huérfanos o menores tutelados que no han experimentado un apego seguro, como describió John Bowlby. En estas situaciones, es injusto y poco realista esperar que lleguen a la escuela sabiendo convivir y respetar normas.
La escuela como espacio de intervención
Ahí es donde la escuela cobra una importancia crucial. A través del currículo oculto, el profesorado y el grupo de iguales enseñan, muchas veces sin proponérselo, cómo comportarse, cómo resolver conflictos y cómo respetar a los demás. El uso de técnicas conductistas como el modelado, el moldeado y los refuerzos positivos pueden ser eficaces para:
- Introducir nuevas conductas.
- Reducir comportamientos inadecuados.
- Erradicar acciones como insultos o agresiones.
En nuestro instituto, por ejemplo, las medidas disciplinarias, como castigar a un alumno en la 102, buscan modificar el comportamiento del alumnado, aunque su éxito depende del seguimiento y la coherencia del entorno educativo.
Hacia una labor compartida
Desde mi punto de vista, no se puede dividir esta tarea entre "lo que debe hacer la familia" y "lo que le toca a los profesores". Es una labor compartida. Sin embargo, está claro que en los casos donde la socialización primaria ha fallado, la escuela no puede mirar hacia otro lado. Así, el equipo docente tiene la oportunidad, y en muchos casos la obligación moral, de convertirse en el lugar donde esos adolescentes aprendan a convivir, desarrollen educación en valores y puedan tener una segunda oportunidad que les garantice un mejor futuro.