Conceptismo y Culteranismo: La Dualidad Literaria del Siglo de Oro
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El Conceptismo: El Ingenio de Francisco de Quevedo
El Conceptismo tiene como su mayor exponente a Francisco de Quevedo. Este estilo se centra en los contenidos: verdaderos conceptos alrededor de los cuales el poeta crea asociaciones de ideas y sentidos, empleando toda una clase de recursos del lenguaje para reflejarlos.
Un ejemplo emblemático es el soneto "A una nariz" (dirigido a las narices de Góngora), donde destaca el uso de figuras de transferencia de sentido, tales como:
- Metáfora
- Antítesis
- Hipérbole
- Personificaciones
- Metonimia
Se caracteriza por la asociación ingeniosa de palabra y concepto, el doble sentido, el juego de palabras y un elemento satírico y humorístico frecuente. El ingenio del poeta busca sorprender y provocar la imaginación del lector.
El Culteranismo: La Estética de Luis de Góngora
El Culteranismo, cuyo mayor exponente es Luis de Góngora, presta una atención primordial a la forma culta y muy elaborada. En este estilo, el tema y los contenidos están subordinados y condicionados a la expresión y la belleza de la forma.
Se distingue por un estilo rebuscado y una gran libertad sintáctica, como se observa en "Mientras por competir con tu cabello". Sus características principales incluyen:
- Sintaxis complicada y uso del hipérbaton.
- Léxico culto y latinismos.
- Aliteración, quiasmo y oxímoron.
- Figuras de construcción y repetición de sonidos.
- Metáforas y refinadas imágenes.
El objetivo es la búsqueda de la belleza absoluta y los valores sensoriales, empleando alusiones mitológicas y un vocabulario ornamental con elementos estéticos muy marcados.
Góngora y Quevedo: Una Rivalidad Histórica a Golpe de Verso
Góngora y Quevedo poseían conceptos del mundo y de la escritura radicalmente diferentes. Ambos se insultaban a golpe de verso, utilizando apelativos despectivos como "Gongorilla" (el perro de los ingenios de Castilla) para Góngora, y "Quebebo" (insinuando que bebía en las tabernas) para Quevedo.
El odio surgió en Valladolid, cuando trasladaron la corte y ambos poetas coincidieron allí para llamar la atención. Góngora ya era una persona conocida y respetable; Quevedo, para hacerse mérito, lo insultaba diciendo que era un presbítero mayor de edad y que sus versos no respetaban los conceptos filosóficos de la época.
Ambos eran hombres cultos y atentos a su manera de escribir, pero cuando se atacaban, no daban importancia a nada. Mientras Quevedo era minimalista y simple en su concepto, a Góngora le gustaba el hipérbaton y la exageración. Quevedo lanzó el que se consideraba el peor insulto de la época: afirmó que Góngora era judío.
La enemistad llegó al plano personal: Góngora, tras gastar mucho dinero, vendió su casa y alquiló un piso. Quevedo compró la vivienda de dicho piso y, cuando Góngora no pudo pagar el primer alquiler, lo echó y mandó desinfectar la vivienda para que no quedara rastro de su enemigo. Finalmente, Góngora, viejo y sin memoria, murió solo y olvidado en Córdoba.