Características de las normas morales: ética, deontología y dialógica en filosofía

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Características de las normas morales

Características de las normas morales: todas las normas son una regla que nos dice cómo debemos realizar algo, y hay diversos tipos de normas. Adela Cortina señala que las normas morales poseen tres características:

1. Autoobligación

Atraen de tal manera a las personas que las poseen que se presentan ante ellas con una exigencia de ser obedecidas, sin provenir de ninguna autoridad y sin necesidad de que los demás se enteren o no de su cumplimiento. La persona educada moralmente siente ante las normas morales una exigencia de cumplimiento. Siente que las tiene que cumplir por respeto a sí misma.

2. Universalidad

La persona que posee unas normas morales piensa que esas normas deberían ser las que rigieran no solo su comportamiento sino el de todas las personas. Está tan convencida de su valor que las extendería a todo ser humano.

3. Incondicionalidad

Las normas morales atraen de tal manera al que las posee que se comporta de acuerdo con ellas sin tratar de conseguir ningún otro objeto distinto al de su puro cumplimiento; no busca ni el reconocimiento ni el contentar a algún tipo de autoridad. Eso no quiere decir que el cumplimiento de las normas morales resulte siempre fácil.

Términos

Imperativo categórico

Kant entiende que actuar por deber es hacerlo por respeto a una ley moral, y defiende que todas las normas de conducta moral se sintetizan en el imperativo categórico. Es una orden que impone y obliga a una acción moral, que es fin en sí misma. El imperativo se torna mandato universal que insta a acciones buenas en sí mismas, que implican buena voluntad, al margen de las consecuencias.

Hedonismo

Hedonismo: es una escuela filosófica que piensa que el placer es lo que determina el valor de una acción. La palabra «hedonismo» viene del griego hēdonḗ y significa «placer». Los hedonistas relacionan el placer con el bien y sostienen que el placer guía las acciones de las personas. El hedonismo se desarrolló en dos períodos.

Éticas no cognitivas: el emotivismo moral

A lo largo de la historia han existido corrientes filosóficas que han sostenido la imposibilidad de fundamentar racionalmente la moral. El emotivismo moral tiene su origen en el pensamiento de David Hume. Este filósofo inglés del siglo XVIII sostiene que la razón no es capaz de impulsarnos o impedirnos obrar de una determinada manera. La moral está constituida por un conjunto de principios que influyen poderosamente en las personas para que estas realicen determinadas acciones y eviten otras, y la razón es impotente para realizar esta labor. La razón no puede ni impulsar ni impedir una acción de modo inmediato. La función de la razón es descubrir la verdad o falsedad de las proposiciones. Para sostener esta posición pone el ejemplo de la ingratitud. La moralidad no proviene de la razón, sino del sentimiento.

Hay un segundo motivo por el que esta corriente rechaza las éticas racionalistas: en su opinión, estas éticas caen en la falacia naturalista, puesto que a menudo pasan ilegítimamente de lo que es a lo que debe ser, del ser al deber ser. Parten de la afirmación de unos hechos y a continuación afirman que lo que es también debe ser. No obstante, para Hume, en el terreno práctico, además del sentimiento, la vida moral necesita la intervención de la razón. Esto se puede apreciar claramente cuando describe el camino que seguimos los seres humanos para determinar qué es lo bueno y qué es lo malo, que según Hume consiste en el análisis de las cualidades que poseen aquellos comportamientos que, al ser contemplados por los demás, provocan en ellos estimación o reprobación. Y al analizar cuáles son esas cualidades descubre que la que provoca la aprobación de los demás es la utilidad: lo que un comportamiento beneficie a alguien. La utilidad agrada y provoca aprobación.

Las éticas deontológicas

(del griego deon, deber) Consideran que es cierto que los seres humanos tendemos a la felicidad por naturaleza y que nos interesamos por adoptar los medios más adecuados para alcanzarla. Pero piensan que en esto no nos distinguimos de los demás animales. Por lo tanto, no les parece adecuado fundamentar la moralidad de las acciones en algo que los humanos tenemos en común con los animales. Además, sostienen que hacer vivir a los humanos para un fin que no nos hemos dado nosotros, sino que nos viene impuesto por la naturaleza, nos convierte en un medio al servicio de una meta ajena a nuestra voluntad. Las éticas teológicas son, para estos pensadores, éticas heterónomas, mientras que la nuestra es una ética autónoma.

Para los defensores de las éticas deontológicas, las personas solo obramos bien cuando realizamos aquellas acciones que nos imponemos nosotros mismos. Y es precisamente esa obediencia al deber que le dicta la razón la que fundamenta la moralidad de determinadas acciones. Al obedecer a nuestra razón, nuestro comportamiento es plenamente autónomo. Vemos así que para estas éticas lo importante a la hora de actuar bien no es tanto lo que se hace, como la intención que se posee al realizarla. En las éticas deontológicas la ley moral procede de la razón. Estas éticas, que tienen su precedente también en Grecia, alcanzan su máximo desarrollo con Kant. Para este filósofo, en el que se apoyan todas las éticas deontológicas, el objetivo de la moral es la realización de la autonomía humana, objetivo que se alcanza cuando las personas obedecemos los imperativos de nuestra razón.

Las éticas dialógicas

En el mundo actual se está abriendo una nueva forma de fundamentar la moral, que también puede calificarse de deontológica, ya que sitúa la bondad moral de las acciones en el cumplimiento del deber, pero cuyo origen se basa en una reflexión más centrada en lo social, llamadas éticas dialógicas o éticas del discurso. Es cierto que todos los seres humanos estamos dotados de razón y que esta funciona con unas mismas reglas para todos, pero también lo es que cada uno nacemos en una cultura, una clase social y poseemos unos intereses diferentes, por lo que al utilizar la razón no todos pensamos lo mismo. Esta situación hace inviable dotar de universalidad a la razón entendida individualmente. Habermas es uno de los pioneros de esta ética, pretende sustituir el paradigma racionalista por uno que denomina lingüístico-pragmático. Desde un punto de vista filosófico, a partir del carácter central del lenguaje, deja de entender la racionalidad en términos individualistas y pasa a considerar la racionalidad como fruto del discurso y del diálogo.

Nuestro acto de habla tiene que cumplir una serie de condiciones:

  • Inteligibilidad: la comunicación resulta imposible si lo que decimos no puede ser comprendido.
  • Verdad: el contenido de lo que decimos tiene que estar relacionado adecuadamente con lo real.
  • Rectitud: cuando hablamos tenemos que atenernos a un conjunto de normas aceptadas por todos.
  • Veracidad: lo que decimos tiene que ser la expresión de lo que pensamos.

El valor del diálogo se encuentra en la fuerza de los argumentos que en él se exponen, y estos son más valiosos en la medida en que signan normas:

  • Universalidad: los argumentos deben poseer pretensiones de universalidad, aunque vayan dirigidos a unos interlocutores concretos busca el reconocimiento universal.
  • Igualdad: para que los argumentos sean válidos es preciso que quien los defiende se olvide de su propio estatus.
  • Libertad y ausencia de coacción: a la hora de dialogar, todos los participantes deben tener la posibilidad de exponer sus argumentos libremente.

Cuando se cumplen estas normas se consigue lo que Habermas denomina «situación ideal de habla».

La justicia como virtud ético-política

En el siglo XX una serie de intelectuales de diversos países, conscientes de que los intereses de cada uno de los individuos en la vida social no son los mismos y en muchas ocasiones son opuestos, enlazan la reflexión ética con la política y se esfuerzan por tratar de construir sociedades justas. En esta línea, John Rawls publica Teoría de la justicia, en la que reelabora la teoría contractualista de la sociedad, con el fin de dar una solución al enfrentamiento que se plantea en las modernas sociedades democráticas entre libertad e igualdad, y en la que hace de la justicia una virtud tanto de la ética como de la política. En la línea de Kant, concibe el contrato social como un pacto funcional, imparcial y razonable. El pacto posee dos vertientes: por una parte se establecen los principios de justicia que han de regir la estructura de la sociedad; por otra, los procedimientos racionales que hay que seguir para aplicar esos principios.

Para fundamentar ese pacto, lo primero que hace es determinar la situación en la que deben estar los participantes en el pacto fundacional. En un primer momento, pretendió abordar esta cuestión desde el egoísmo racional. Pero la falta de sentido moral de esta solución le llevó a adoptar una posición cuasi-trascendental: el velo de la ignorancia. El velo de la ignorancia se da cuando los que realizan el acuerdo desconocen el lugar de cada uno en la sociedad, la clase y el estatus social. Al ignorar estas circunstancias, los participantes han de elegir principios válidos para todos y para siempre. Se pretende liberar del egoísmo a los que elaboran el contrato, de modo que puedan participar en condiciones de imparcialidad en la elaboración de los principios que deben regir la estructura de la sociedad. El velo hace posible una noción de justicia procedimental.

Los dos principios fundamentales de justicia son:

  1. Toda persona posee igual derecho a la más amplia libertad, compatible con una igualdad para todos.
  2. Las desigualdades solo se pueden aceptar si es razonable esperar, primero, que actuarán en beneficio de todos.

Por el primer principio se aseguran unas libertades básicas iguales para todos, y por el segundo se aceptan las desigualdades cuando sean justas.

Verdadero o falso

1. Aristóteles pensaba que la felicidad consistía en la sabiduría. VERDADERO. Para este filósofo la felicidad se obtenía desarrollando la naturaleza humana y, como esta es sobre todo racional, en el cultivo de la razón se encontraba la máxima felicidad.

2. Para Kant solo es buena la «buena voluntad». VERDADERO. Solo actuamos bien cuando cumplimos el deber porque es deber, cuando nos lo impone nuestra conciencia. Es un ideal moral racional.

3. Las éticas dialógicas sitúan la bondad moral de las acciones en el cumplimiento del deber. VERDADERO. El deber tiene que ser fruto del diálogo racional entre todos los implicados y de los acuerdos a los que se llega desde la universalidad.

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