La búsqueda de la felicidad y el origen del sentimiento religioso

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En busca de la felicidad y los ritos primitivos

Después de una larga historia de millones de años, apareció nuestra especie: el Homo Sapiens. Esto significa que, en estas sociedades primitivas, los seres humanos ya se enfrentaban a la muerte con determinadas creencias sobre el más allá.

Las preguntas de la vida

Aunque parece que las personas viven sin plantearse grandes cuestiones, la realidad es otra. La muerte y el más allá constituyen uno de esos acontecimientos vitales. Las personas intentan encontrar respuestas a esas vivencias y las buscan a su alrededor.

Lo esencial: la búsqueda de la felicidad

  • Las preguntas sobre la vida y la muerte: la arqueología demuestra que en todas las culturas, también en las primitivas, se hacían ritos y ceremonias para afrontar la muerte.
  • El origen del sentimiento religioso: nace en la conciencia del ser humano primitivo al constatar que somos más que un cuerpo, que hay algo más que lo que se ve y que existe un ser superior.

No todo es felicidad

El relato del paraíso

El paraíso simboliza lo que Dios quiere para el ser humano. El motivo de la pérdida de este estado radica, sobre todo, en el deseo orgulloso de manejar la vida sin contar con el amor de Dios.

Riesgo y grandeza de nuestra libertad

Este pecado, llamado pecado original, produce una constante inclinación al mal. La envidia, el odio y el deseo de dominio están en el interior de cada persona. Es el riesgo y la grandeza de la libertad del ser humano; la libertad es una gran responsabilidad.

La raíz del pecado

El relato sobre el rey David muestra con claridad cuál es la raíz del pecado: este nace cuando la persona se encierra en sí misma y utiliza todas sus energías y habilidades para cumplir sus deseos en su propio beneficio. Al final del relato de David, se dice que esa conducta desagradó a Dios.

Volver los ojos a Dios

En la parábola del fariseo y el publicano, el primero consideraba que él solo, con sus propias fuerzas, podía hacer el bien. El fariseo pensaba que no necesitaba la ayuda de nadie, ni siquiera de Dios. Por otro lado, el publicano era consciente de su debilidad ante la inclinación al mal y se reconocía pecador.

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