Aportaciones al teatro de William Shakespeare

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William Shakespeare



Los extraordinarios logros de Shakespeare en el teatro no deben hacernos olvidar que, además, es uno de los más destacados poetas en lengua inglesa.
Las treinta y siete obras que conforman la producción dramática de Shakespeare constituyen tal vez el legado más impresionante de las letras inglesas. Su singularidad no se debe, sin embargo, a los planteamientos y los esquemas con que construía sus obras, ni a la originalidad de las historias que abordaba, tomadas la mayoría de obras anteriores. Su grandeza hay que buscarla, sin duda, en otras aportaciones. Entre ellas podemos citar las siguientes:
a- Su estilo es asombrosamente rico. El dominio extraordinario de la lengua inglesa que el autor muestra le permite abarcar con maestría desde la expresión más exquisita y sublime hasta el gracejo del habla popular.    b- Tan potente riqueza estilística se puso al servicio de una aguda capacidad para pulsar los resortes de la emoción, de manera que el espectador -o el lector- no puede permanecer indiferente ante las palabras de sus logrados personajes.    c- Elevó a sus criaturas a la categoría de personajes universales, al encarnar las pasiones más arrebatadoras -amor, celos, envidia, ambición...-, pero sin someterlos al corsé deshumanizador de los prototipos; muy al contrario, resultan extraordinariamente vivos.   d- Particularmente valiosa es su concepción del personaje cómico (clown o bufón) como contrapunto de los personajes más graves. Si en otros autores este personaje sirve para poner la nota cómica y aliviar la tensión de las situaciones más dramáticas (como, de hecho, ocurría también con nuestro gracioso), en Shakespeare adquiere otra dimensión: sus intervenciones, sin perder el tono irónico, alcanzan en ocasiones auténtica hondura filosófica, de modo que el humor es con frecuencia más amargo que burlesco y la tensión dramática no se aligera, sino que se refuerza.


Las comedias

El enredo de raíz clásica -Plauto, Terencio...- e italiana fueron el punto de partida para la elaboración de las comedias de Shakespeare. Los elementos más carácterísticos del enredo (los malentendidos, el disfraz, las intrigas de giros inesperados, etc.) conforman la base de estas obras. En ellas el autor estudia todas las clases sociales, por lo que constituyen un buen reflejo de la sociedad. Pero, una vez más, sus personajes están lejos de ser meros estereotipos, sino criaturas de carne y hueso perfectamente individualizadas. Sin pretender ser aleccionadoras, de sus comedias se infieren los peligros de las actitudes nocivas; pero siempre se resuelven felizmente. Son buena muestra de todo ello las comedias de la primera etapa del autor, entre las que destacamos La comedia de las equivocaciones, El mercader de Venecia, La fierecilla domada (procedente, al parecer, de un cuento de El conde Lucanor de don Juan Manuel), El sueño de una noche de verano (sin duda, la comedia mejor considerada de su autor y la más representada), Las alegres comadres de Windsor, etc. De su última etapa destaca, sobre todo, la que se considera su testamento dramático, La tempestad, en la que la fantasía y la magia colman de lirismo una obra optimista y serena.

Las obras históricas

Una de las fuentes principales en el desarrollo del teatro isabelino fue la propia historia de Inglaterra. El pueblo inglés, que vivía con el reinado de Isabel I una relativa situación de paz, reclamaba con verdadero entusiasmo ahondar en el pasado cruento y belicoso de su país. Shakespeare no fue insensible a esta demanda, y escribíó diez piezas históricas, entre dramas y tragedias, la mayoría durante la última década del Siglo XVI: Enrique VI, Ricardo III, Ricardo II, etc. En ellas se repasan varios siglos de la historia inglesa. El interés de estas obras no radica ya en las circunstancias o los episodios concretos del pasado, sino en la pasión con que se presentan las ambiciones humanas, relacionadas en este caso con el poder. Acaso la más destacada de estas obras es Ricardo III, por la fuerza extraordinaria con se presentan la maldad y la injusticia.

Las obras romanas

Los entresijos del poder también fueron sondeados por Shakespeare fuera de su país, concretamente en la historia de Roma. También en este caso lo que menos interesa es lo puramente histórico, sino la profundización en los conflictos internos de sus personajes. La tiranía, la justicia, el deber patriótico, etc. Son temas sobre los que reflexiona el autor en estas obras, en algunos casos sacudidas por un vendaval de violencia: Tito Andrónico, Julio César...

Las grandes tragedias


Es en la tragedia donde el genio de Shakespeare se muestra con mayor brillantez. Es este género, también, el que le ha granjeado la máxima gloria. Son innumerables las versiones y adaptaciones que sus grandes tragedias han tenido en los escenarios, y en el último siglo han sido también la base para númerosísimas obras cinematográficas.
La creación de estas obras se concentra en unos pocos años. Salvo Romeo y Julieta, escrita en su primera época, las tragedias más sobresalientes fueron creadas entre 1601 o 1602 (Hamlet) y 1606 (probable fecha de Macbeth)
. En medio quedan, además, Otelo y El rey Lear. En sus tragedias, Shakespeare suele combinar el verso y la prosa, y en su lenguaje caben desde la expresión más exquisita hasta el registro más familiar, plagado de exabruptos y crudeza.

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