Anaxímenes y Heráclito: arjé, devenir y logos en la filosofía presocrática
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Anaxímenes de Mileto (585-524 a.C.)
Anaxímenes de Mileto, compañero de Anaximandro, postula también una única sustancia infinita subyacente a las cosas. No la concibe indefinida, como Anaximandro, sino determinada, porque él la llama aire, y dice que difiere en ligereza y densidad según las diferentes sustancias. Rarefacto se convierte en fuego; condensado, se convierte primeramente en viento, luego en nube, y cuando continúa condensándose, en agua y después en tierra y piedras. Todo lo demás está compuesto de estas cosas. Postuló también un movimiento eterno, que indudablemente es la causa del cambio» (Simplicio, Física 24,26, A5).
El arjé y el proceso de trasformación
El arjé para Anaxímenes es el aire, del que reciben todas las cosas su ser y al cual retornan cuando se disuelven. La principal novedad que encontramos en el último de los milesios es su interés por el proceso que lleva desde el arjé original hasta los demás elementos y cosas que constituyen el mundo. Ese proceso natural por el cual el aire originario se torna todo lo demás precisa de dos caminos: la rarefacción y la condensación.
- Rarefacción: el aire pierde densidad y, al hacerse más ligero, termina siendo fuego.
- Condensación: al irse condensando, el aire pasa a formar viento, luego nubes, después agua y finalmente tierra y piedras.
Con estas transformaciones explica Anaxímenes la multiplicidad de los elementos partiendo de una sola sustancia.
Relación con la tradición mítica y concepción de la naturaleza
En estos tres filósofos (los milesios) aún existen elementos que los relacionan con la tradición mítica y religiosa anterior. La explicación que ofrecen de los sucesos naturales es una explicación racional, buscando las razones en la propia naturaleza y no fuera de ella.
La naturaleza es entendida como una entidad generadora propia, una sustancia material dotada de vida que llevaba dentro de ella la posibilidad de iniciar los cambios y transformaciones a los que ella misma estaba sujeta. A ello se refirieron como el agua, lo ilimitado o el aire, como dios o lo divino. Consideran también que la vida es inherente a la materia, por lo que defienden un hilozoísmo. Es más, se da en ellos una identificación entre materia y espíritu.
Heráclito de Éfeso (544-484 a.C.)
Este autor presenta su pensamiento mediante aforismos y paradojas, por lo que fue conocido como el Oscuro debido a la dificultad para entender el sentido de sus sentencias. También fue conocido en la antigüedad por su misantropía. Forma parte de los dichos sobre su vida la afirmación de que no aprendió nada de ningún hombre, insistiendo con ello no solo en su radical individualismo sino también en ese desprecio hacia los demás mortales que sentía y preconizaba. En cuanto a su doctrina, tres son los elementos que destacan: el devenir (o cambio), el fuego y el logos.
El devenir y la tensión de los contrarios
El mundo es un fluir continuo y universal; todo está en continuo cambio y movimiento. La causa de este eterno devenir es la estructura contradictoria que constituye a los fenómenos naturales. El devenir se expresa en un movimiento cíclico, en un eterno retornar de lo mismo una y otra vez. El fluir continuo viene dado por el tránsito constante de un opuesto a otro. A la par que todo es producto de los contrarios, tiene lugar también una identidad de los mismos. Las cualidades no pueden percibirse de otra manera que unidas a sus contrarios: «el camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo».
La fuerza creadora y dominante en el universo es la lucha, la tensión, la discordia entre opuestos. Y este devenir se identifica con el fuego como elemento primordial, como arjé.
El logos como ley universal
El logos regula todos los acontecimientos, siendo una especie de ley universal del cambio. Es una fuerza coexistente con el constituyente cósmico primario—el fuego—y ordena conforme a medida y proporción. Es una fuerza real constitutiva de las cosas, que unifica proporcionalmente la pluralidad dotándola de coherencia. Todo acontece de acuerdo con este logos.
Aunque los sentidos son inicialmente los elementos de comunicación con el logos, los hombres también participan de él a través de su inteligencia, y su presencia en nosotros es lo que hace posible la inteligencia o conocimiento que podemos tener de él. Esa razón universal, presente también en el hombre, nos permite conocer desde nuestra propia razón el orden y la ley que rigen el universo. Existe, por tanto, una ley o medida que hace posible que, al tiempo que todo está en constante devenir, se garantice que esa tensión tenga lugar dentro de unos límites que impidan la preeminencia de alguno de los contrarios. Esta ley es el logos, y de este modo los contrarios que se oponen entre sí no gozan de ventaja unos sobre otros; al no imponerse ninguno sobre los demás, la oposición y la lucha no cesan.
Fuente citada
Simplicio, Física 24,26, A5 (citado en la discusión sobre Anaxímenes).