Transformación de la Monarquía Hispánica: Decretos de Nueva Planta, Encomienda y Expulsión de los Moriscos
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La Transformación de la Monarquía Hispánica
Los Decretos de Nueva Planta y el Fin del Foralismo
La muerte de Carlos II (1 de noviembre de 1700) sin descendencia desencadenó la Guerra de Sucesión (1701-1714), en la que se disputaban la Corona española el archiduque Carlos de Austria y el príncipe francés Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. Carlos II había elegido como heredero a Felipe poco antes de morir. Sin embargo, ante la prepotencia mostrada por el monarca francés, se formó en Europa una gran alianza que defendía la candidatura de Carlos de Austria. Fue una guerra de todos contra Francia. España se dividió entre los que apoyaban al francés (Castilla) y los que lo hacían al austriaco (Corona de Aragón). El apoyo de la Corona de Aragón al archiduque se debía a que consideraban que respetaría sus fueros, mientras que la tradición centralista de Francia podría no hacerlo.
Felipe de Anjou, siguiendo la política centralista y uniformadora francesa, realizó una nueva reorganización del Estado: la abolición de los fueros de la Corona de Aragón mediante los Decretos de Nueva Planta. Con ellos, se desmantelaron las instituciones propias de la Corona de Aragón. Solo vascos y navarros mantuvieron sus instituciones. Las nuevas leyes suprimieron los Consejos y Cortes territoriales, se pasó de la denominación de reinos a provincias, se sustituyó al virrey por un capitán general, se impuso un nuevo sistema tributario y se prohibió el uso de las lenguas propias en asuntos oficiales. De este modo, todo el territorio de la monarquía quedó sometido a la administración central.
La Encomienda en América
Los españoles en América aspiraban a sacar rendimiento de la conquista, lo que no se podía hacer sin el trabajo de los indígenas. Sin embargo, parte de estos no estaban dispuestos a trabajar voluntariamente, por lo que fue necesario obligarles. La utilización de la mano de obra indígena se hizo a través del sistema de encomiendas. Cuando se hacía el reparto de tierras, se distribuían con ellas indios para su cultivo, los cuales se encomendaban a la custodia del encomendero, que era el nuevo propietario de la tierra. En el continente, en lugar de repartir indios, se adjudicaron a los encomenderos los tributos de un cierto número de indígenas.
Teóricamente, la encomienda se basaba en principios humanos: el encomendero debía evangelizar al indio, no podía considerarlo como un vasallo, tenía que respetar sus bienes propios y jamás podía tratarle como una cosa ni inferirle malos tratos. Pero la codicia de los colonos hacía que el sistema fuera una explotación de los indígenas. De ahí la actitud crítica de algunos religiosos, entre los cuales estaba Fray Bartolomé de las Casas, que influyó en la actuación de la Corona, que, a través de las llamadas Leyes de Indias, pretendía que se respetara a los aborígenes. En 1542 se publican las Leyes Nuevas, que prohibían los servicios personales de los indígenas y preparaban la abolición del régimen, determinando que ninguna encomienda podía ser vendida o heredada. Esta ley provocó violentas sublevaciones. La Corona tuvo que ceder, excepto en la abolición de los servicios personales. Esta situación se mantuvo hasta el siglo XVIII.
Mudéjares y Moriscos
Los mudéjares eran la población musulmana que pudo permanecer en territorios de la Península después de la reconquista cristiana. Necesidades económicas y demográficas hicieron que los reyes cristianos los aceptaran. Hubo una coexistencia, aunque con segregación social: vivían en aljamas y soportaban unas cargas fiscales mayores. Tuvieron mayor presencia en áreas rurales y señoriales del valle medio y bajo del Ebro y en Valencia. La impronta mudéjar se aprecia en la arquitectura.
La tendencia a la uniformidad religiosa fomentó la presión sobre esta minoría para su conversión, lo que trajo como resultado una revuelta. En 1502, en Castilla, se les obligó a la conversión o la expulsión. Las conversiones forzosas, que muchos prefirieron a la expulsión, fueron insinceras y no produjeron una transformación de sus hábitos culturales. A partir de la conversión, los mudéjares pasaron a denominarse moriscos.
Las tensiones producidas por las conversiones forzosas y el mantenimiento de sus usos y costumbres, junto con nuevas medidas restrictivas, provocaron una nueva revuelta en las Alpujarras en 1568. La revuelta fue sofocada en 1570 y tuvo como consecuencia la deportación de muchos moriscos granadinos. En 1582 se consideró la expulsión, aunque no se llevó a cabo. En 1609, durante el reinado de Felipe III, fueron definitivamente expulsados, por ser considerados malos cristianos y potenciales aliados de los turcos. Una desacertada medida que causó graves daños económicos y demográficos.