Teoría y evolución de la literatura infantil: conceptos, orígenes y criterios
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¿Qué se entiende por literatura?
Definiciones y antecedentes
No hay una respuesta unitaria; ya la trataron Platón, Aristóteles, Quintiliano y Goethe.
- El recurrir a la etimología (literatura viene de "littera") es ineficaz, ya que la literatura no es sólo lo consagrado por la "littera", que significa letra impresa. También lo es la literatura oral y, por méritos propios, lo son cuentos, poesías, teatro popular, etc. Todas las producciones orales son literatura. El profesor Rafael Lapesa define la literatura como “una creación artística expresada en palabras aun cuando no se ha escrito sino propagado de boca en boca”.
- El concepto de literatura varía mucho a lo largo de los tiempos. Así, los antiguos (romanos, griegos) la identificaron con saber e instrucción. Durante la Edad Media se equiparó literato a erudito. Esta idea se mantiene con matices hasta finales del siglo XVIII, momento en el cual, con el desarrollo de las ciencias experimentales, se añade al concepto de literatura el carácter de actividad y de producto, de modo que hasta entrado el siglo XIX la retórica estuvo muy ligada a la construcción artística de la obra literaria.
La valoración de la literatura como valor en sí procede del Romanticismo y, en concreto, de Goethe, ya que fue de los primeros en valorar la literatura en sí misma. Pero tampoco los románticos resolvieron el problema, pues es verdad que el lenguaje es la materia de la que está hecha la literatura, pero el lenguaje no es exclusivo de la misma.
Lenguaje literario según Jakobson
Roman Jakobson y su caracterización del lenguaje literario nos ayudaron a limitar el campo de estudio de la literatura, estableciendo las seis funciones del lenguaje y, entre ellas, la función poética, que constituye un instrumento para distinguir el lenguaje literario del lenguaje al uso.
Él decía que el lenguaje literario tiene las siguientes características: es semánticamente autónomo; no depende del contexto, mientras que el lenguaje al uso es heterónomo porque presupone elementos reales de un contexto exterior al acto del habla.
Jakobson añade otros calificativos del lenguaje literario: nos dice que es connotativo (no siempre tiene el sentido literal; aparece la metáfora), frente al lenguaje, por ejemplo, científico, que es denotativo (dice tal cual lo que quiere decir). Además, el lenguaje literario está impregnado de elementos afectivos y volitivos, mientras que el lenguaje científico es intelectual y lógico. Por su parte, el lenguaje literario rechaza los hábitos lingüísticos y explora nuevas posibilidades expresivas de la lengua, mientras que el lenguaje al uso tiende al estereotipo, a lo estándar.
Los seguidores de Jakobson entienden que la connotación no es la única característica del lenguaje literario. Para ellos es más importante la ambigüedad o la plurisignificación (polisemia), motivada por la polivalencia significativa del signo lingüístico.
La connotación se opone a la denotación en las palabras. Que una palabra denote algo significa que es lo que dice el diccionario. Las palabras son denotativas, pero en literatura se recurre a veces a la metáfora; se alejan de la norma lingüística. En el lenguaje literario esta polivalencia es capaz de mantener, por un lado, y de trascender, por otro, la literalidad de las palabras.
Teorías contemporáneas
En la misma línea de Jakobson y de los formalistas rusos está Lázaro Carreter, que concibe la teoría literaria como “toda actividad que tiene que ver con la literatura, entendida ésta como producto o como algo inmanente y que se aplica a inquirir (preguntar) en qué consiste tal arte y qué es lo que caracteriza al mensaje artístico en general y en la realidad de las obras concretas”. El mismo autor define la literatura como “un conjunto de mensajes de carácter no inmediatamente práctico; cada uno de estos mensajes lo cifra un emisor con destino a un receptor universal constituido por todos los lectores potenciales que, en cualquier tiempo o lugar, acudirán voluntarios a acoger ese mensaje. Este mensaje conlleva su propia situación, lo cual implica que para adquirir sentido debe instalarse en la realidad de cada lector constituyendo una situación de lectura apropiada. Por último, la obra literaria, en función de que debe mantenerse inalterada y ser reproducida en sus propios términos, se cifra o escribe en un lenguaje especial cuyas propiedades específicas deben investigarse”.
Las teorías expuestas hasta aquí coinciden en separar la lengua literaria de la lengua común. No obstante, algunas obras literarias generales y también infantiles recogen aspectos de la lengua al uso.
Posible pregunta de examen de todo lo anterior: evolución de la teoría literaria a lo largo de los tiempos.
El papel del receptor
Últimamente, el papel del receptor está cobrando interés en el ámbito de la teoría literaria moderna llamada teoría de la recepción, y Pozuelo lo aborda desde cuatro vertientes:
- La sustitución del concepto de la lengua literaria por el de uso y consumo de lo literario.
- La posibilidad de una competencia literaria.
- El problema de la obra abierta, entendida como una polivalencia interpretativa.
- La redefinición de la historia de la literatura atendiendo a la historicidad esencial de la propia teoría y de las lecturas e interpretaciones diferentes.
Teoría de la recepción y literatura infantil
¿Cómo ha contribuido la teoría de la recepción en general a la teoría y crítica de la literatura infantil?
Nos ha beneficiado.
Lo importante, decía Teresa Colomer, es que el niño tuviera esa competencia literaria, esa capacidad para interpretar los códigos estéticos a él dirigidos. Pero no con esto quedó todo resuelto: la realidad es mucho más compleja.
Juan Manuel Gisbert afirma que “la única especialidad definitiva para cualquier escritor de ficción es la literatura; no es un eufemismo vergonzante decir que la literatura juvenil podría prescindir del adjetivo que la acompaña sin incurrir en ninguna imprecisión. Hay que hacer literatura a secas sin más adjetivos. Si éste no fuera nuestro verdadero objetivo, incurriríamos en un engaño lamentable”. Sin embargo, él mismo se responde: “Yo siempre escribiré para lectores jóvenes”.
¿Qué sentido atribuimos al adjetivo «infantil»?
En la segunda cuestión, Rafael Lapesa define la literatura como “un conjunto de obras literarias de un país, de una época, de una lengua y hasta de un género: literatura española, literatura renacentista, literatura narrativa.”
Aguiar e Silva define la literatura como “un conjunto de obras que se particularizan y cobran forma especial ya sea por su origen, por su temática o por su intención: literatura femenina, de terror, revolucionaria, de evasión.”
Nos sentimos totalmente libres y dignificados de que haya una literatura infantil y juvenil destinada a un público de determinada edad y con características y necesidades diferentes a las del lector adulto. La Real Academia Española define la literatura como “un arte bello que emplea como instrumento la palabra”; luego, literatura infantil sería el “conjunto de obras artísticas que emplean como instrumento la palabra —oral o escrita— y que van dirigidas al niño y unas veces la entiende y otras no”.
Límites
LÍMITES
¿Es suficiente con que exista un conjunto de obras que tengan como destinatario al niño para que podamos hablar con pleno derecho de literatura infantil?
No lo es. Juan Cervera afirma: “cualquier definición de literatura infantil que se formule deberá cumplir dos funciones básicas y complementarias. Por una parte, ejercer un papel integrador o de globalización, para que nada de lo que se considere literatura infantil quede fuera de ella. También tendrá que actuar como selectora, para garantizar que sea literatura”.
Cervera reconoce que “si ambiguo es el término literatura, no lo es menos el adjetivo infantil, lo que significa que cualquier definición propuesta debería ser objeto de revisión y de precisiones concretas”. ¿Cuáles son estas precisiones?
- Al conjunto de obras artísticas habría que añadirle el adjetivo lúdicas, con lo que se englobaría dentro de la literatura infantil, además de los géneros clásicos (narrativa, poesía y teatro), otras manifestaciones literarias como las rimas, las adivinanzas, las retahílas, los cuentos breves o de nunca acabar y también el tebeo, el cine, la televisión, el vídeo y el disco o CD, en los que la palabra convive con la música y la imagen en movimiento, sin olvidarnos de actividades pedagógicas y creativas como la dramatización y los juegos literarios de raíz folclórica o popular; en último término incluiríamos la dramatización de obras no dramatizadas. Los llamados géneros literarios modernos (cine, música, TV) no son géneros como tal sino un medio de transmisión al igual que la dramatización, que no es un género sino una actividad.
- La segunda precisión es que no toda producción destinada al niño es literatura infantil. Ejemplo: una revista para niños será un escrito infantil pero no es literatura infantil. Podrá ser tratada como prensa y poseerá un carácter informativo pero no creativo; para que haya literatura debe existir la función poética, que se caracteriza por la esencialidad de la palabra, es decir, que con una palabra podamos recurrir a muchos significados. Algo muy parecido ocurría con el material didáctico de finales del siglo XVIII y principios del XIX de Madame Leprince de Beaumont, quien escribió “El almacén de los niños”, que son lecciones de historia y geografía camufladas en un relato pero que no es literatura infantil porque no hay función poética en ella.
- Es preciso diferenciar entre destinatario y receptor. El matiz es importante y nos llevará a incluir dentro de la literatura infantil la denominada por Cervera literatura ganada, es decir, aquellos textos que sin ir dirigidos al niño, el niño acepta, los hace suyos (ejemplo: los cuentos maravillosos que recopiló Perrault). Se vio que en un principio no estaban destinados a la infancia porque, analizándolos, predomina la descripción sobre la narración y lo que describe son los vestidos de las damas de la corte del siglo XVII. Algunas de las versiones que han llegado a nosotros son versiones infantilizadas, modificadas a las que se añadió una moraleja (añadido del siglo XIX) y ya son cuentos para niños. Otro rasgo era que eran muy cruentos. La literatura ganada normalmente es anónima; la folklórica es la tradicional, popular y anónima. También entrarían las canciones de juego, algunos romances y buena parte de los clásicos infantiles y juveniles. Estas reflexiones nos llevan a incluir el folklore como el ámbito de una buena parte de lo que hoy se entiende por literatura adecuada a la infancia: los cuentos maravillosos y la lírica de tradición infantil.
Problemática
PROBLEMÁTICA
¿Cuál es el problema principal que se han planteado los teóricos de la literatura infantil?
El principal problema es el de poder compaginar los principios estéticos de la obra literaria para niños con su finalidad educativa y lúdica sin que este hecho ponga en peligro la existencia de la propia literatura infantil.
Hay autores como Benedetto Croce que consideraban imposible que un adolescente entienda y se interese por un libro de altos contenidos estéticos y, en el caso de que pudiese darse el disfrute infantil de una obra de arte de alto valor estético, esa obra sería literatura general y no literatura infantil. Nosotros creemos que hoy día la idea de Croce está fuera de lugar ante la realidad. Pero sigue habiendo todavía algunos críticos que niegan el carácter de literatura a todo texto que vaya orientado a una determinada edad sin fijarse en el tratamiento literario, estético, de sus contenidos. Tal es el caso de Rafael Sánchez Ferlosio, autor de Alfanhui. Él afirma lo siguiente de la literatura infantil y juvenil: “si no puede existir, pues que no exista; no hay sino que regocijarse de que no exista algo cuya existencia es sólo posible en la degradación”.
En la misma línea se manifiesta Rico de Alba, al comparar las normas que rigen la literatura adulta con el tratamiento estético dado a diversos fragmentos de obras infantiles. Margarita opina que todas estas afirmaciones negando la literatura infantil pueden estar en relación con los presupuestos inmanentistas (Jakobson) que sólo se fijaban en la obra en sí misma y que la obra literaria no podía llevar adjetivos. Sin embargo, cuando surge la teoría de la recepción en los años sesenta por Jauss e Iser, las cosas van cambiando y ya no se puede negar la existencia de la literatura infantil. Pero el problema sigue: ahora el debate se centra en determinar qué criterios se deben valorar más en las obras infantiles: ¿la calidad literaria del texto o el disfrute del lector? Hasta los años ochenta, gran parte de la crítica se inclinó a que los autores escribieran libros de calidad parecidos a los de los adultos. En España las posiciones no fueron tan extremas como en Francia o Inglaterra. Sólo las grandes bibliotecas y centros de investigación, como la fundación Germán Sánchez Ruipérez, han ayudado en la selección y en la valoración de los libros infantiles.
En medio de esta disputa, Teresa Colomer señala que la falta de salida a las dos posiciones se debió a que la primera implicaba asumir la inferioridad estética de la literatura infantil, mientras que la segunda abandonaba la teoría para fijarse sólo en las cuestiones prácticas de la animación a la lectura.
Townsend y Soriano concibieron la literatura infantil y juvenil como un campo literario específico al que no es preciso comparar constantemente con la literatura general. Se produce un cambio importante en los estudios sobre literatura infantil, equilibrándose las dos posturas al tratarse con igual interés la calidad estética del texto y el gusto del lector. Soriano se pregunta sobre qué denominación debería darse a ese ámbito literario específico. La fórmula más extendida es la de género literario. Soriano rechaza esa postura porque supondría una gran confusión con la terminología literaria tradicional (épica, lírica y dramática). En los últimos años se centró el debate en el establecimiento de criterios que permitan la caracterización de la literatura infantil desde los niveles estéticos y funcionales que pudiera exigir un receptor ideal. Esta es la opinión de Teixidor. Pero surge otro problema, en especial a partir de Shavit: la cuestión del doble destinatario, es decir, la creación de obras destinadas a la infancia pero que a la vez deben ajustarse a los criterios que los adultos tienen sobre ellas, como por ejemplo Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite.
Resumiendo: hoy día sólo los desconocedores de los textos literarios ganados (literatura popular) o creados a propósito para la infancia y que no han seguido los trabajos teóricos de los últimos años pueden dudar todavía de la existencia de una historia de la literatura infantil (la primera la escribió Carmen Bravo Villasante), una teoría y una crítica de la literatura infantil que han adquirido matices diferenciales en el marco de la historia, de la crítica y de la literatura en general (tiene su propia entidad).
Para concluir, haremos dos puntualizaciones sobre la importancia de la conciliación de los principios estéticos y de la finalidad educativa a la hora de diferenciar lo que es verdadera literatura infantil de los meros libros educativos:
- Los orígenes de la literatura infantil (narrativa oral, juegos, teatro callejero) están más vinculados al entretenimiento que a la didáctica.
- No podemos ignorar que los primeros libros para niños eran de carácter estrictamente didáctico, con aportación de elementos religiosos o morales; no se trataba de producciones literarias.
Desde el mismo momento en que se toma conciencia de la posibilidad de existir producciones literarias que apuntan al niño, ya sea de forma discutible como en los cuentos de Perrault en el siglo XVII o los cuentos de los hermanos Grimm del siglo XIX de forma más clara y contundente, desde ese momento la voluntad literaria se separa de la pedagógica, con la excepción del siglo XVIII y con algunas obras de principios del siglo XIX que están bastante impregnadas otra vez de didactismo. Sin embargo, en el siglo XX ya es clara la conciencia diferenciadora entre lo didáctico y lo literario, y los libros de literatura infantil pasan a integrarse en la llamada "escuela paralela". Sus autores comparten preocupaciones educativas, como la de satisfacer las necesidades íntimas del niño. Sin duda, esta es una de las mejores aportaciones de la literatura infantil; pero este didactismo está muy lejos del de otros tiempos y subyace bajo la calidad estética de los textos literarios. En la actualidad pensamos que el enfoque psicopedagógico de la literatura infantil no resta validez al tratamiento literario sino que se trata de un elemento que aporta interdisciplinariedad al texto infantil desde unos moldes estéticos adecuados al niño, siendo capaces así de situar al niño ante una obra literaria.
Orígenes
ORÍGENES
El carácter estético y la intención de aproximarse al niño literariamente son decisivos. La literatura para niños no tendría su origen hasta el siglo XIX. Diversos autores e investigadores han vinculado los orígenes de la literatura infantil a los orígenes de la literatura general. Los autores que defendieron esta postura a finales de los años sesenta, como André Bay y Paul Hazard, la ubican en el siglo XVII con Perrault.
Volviendo a la otra postura, sus defensores son Marisa Bortolussi y Juan Cervera, quienes afirman que en la literatura infantil se entiende por ésta a toda obra literaria, toda obra estética destinada a la infancia. Es un fenómeno relativamente reciente que nace con la conversión posterior de los cuentos de hadas de origen popular en material de lectura infantil, fenómeno que no se produjo de manera definitiva hasta el siglo XIX con los Cuentos de la infancia y del hogar de los hermanos Grimm.
Resumen de ambas posturas
La primera, encabezada por André Bay y Paul Hazard, situaría los orígenes de la literatura infantil a finales del siglo XVII, concretamente con la publicación de los cuentos de la Madre Oca de Perrault.
Los defensores de la segunda postura (Bortolussi y Cervera) no niegan que en esos textos se encuentren elementos propios de la literatura infantil, pero entienden que quienes atribuyeron orígenes comunes a la literatura infantil y a la literatura en general pensarían seguramente en las raíces históricas del cuento, que en efecto sí datan del siglo XVII. Bortolussi admite, referido al origen de estos cuentos, que representan restos y vestigios de antiguos mitos y ritos.
Bortolussi afirma: “no obstante, el hecho de enraizarse en la literatura primitiva y oral no significa que esas narraciones constituyan en su origen literatura infantil”. “Esto no quiere decir que antes del siglo XX no se escribiera para niños, pues la historia del niño como destinatario de la palabra escrita data del siglo VI de nuestra era”. Estos escritos no eran verdadera literatura sino más bien material didáctico-moralizante; o sea, si la historia de la literatura infantil es relativamente reciente, la del libro didáctico se remonta a un pasado muy lejano. Los escritos anteriores al siglo XVIII eran predominantemente moralizadores destinados a influir directamente en la conducta del niño, al que se consideraba un adulto en potencia para convertirlo en un modelo social ideal. Con la llegada del siglo XVIII y los comienzos de las doctrinas pedagógicas, la preocupación didáctica invadió la literatura, a la cual se le otorgó la función de servir a la pedagogía. Sólo hay una excepción: “La Bella y la Bestia”, basada en un relato de Madame de Villeneuve, tomado de la tradición. En el siglo XVIII se consideraba al niño como un adulto en miniatura y el cuento era el género predominante y más adecuado para la transmisión de valores educativos, tomando la forma de lecciones de geografía, historia y ciencia. El resto de los géneros y subgéneros literarios pertenecían al dominio de la literatura adulta —por ejemplo la dramática o la épica— que a veces los pequeños leían por falta de otras lecturas. En cuanto a la novela, género narrativo por excelencia, no tuvo cabida antes del siglo XIX porque la función recreativa y el placer de la lectura eran condenados fuertemente por el racionalismo del siglo XVIII.
En resumen: en el siglo XIX nace la literatura infantil y es un periodo de transición hasta la literatura actual: un siglo de rebelión social, de rechazo de normas y convenciones sociales en el que el adulto se libera del racionalismo dando como resultado el florecimiento de la fantasía (por ejemplo, con obras de tradición popular como El cascanueces). Hasta ese momento, las funciones de la literatura infantil se limitaban a la propagación de una cultura y una sociedad que los mayores creían digna de perpetuarse y a la inculcación de su código ético en el niño. Esto violaba los requisitos esenciales de una obra literaria infantil: preocupación estética, encuentro entre emisor y receptor y adecuación del tema y del lenguaje a la mente del niño. Va a ser en el siglo XIX cuando el acto de escribir para niños se convierte en un encuentro gozoso entre emisor y receptor, al que el primero se dirige con el propósito de entretenerlo y de captar su atención sea cual fuere el género utilizado. En el siglo XIX radica el origen y la verdadera esencia de la literatura infantil. Los orígenes de la literatura infantil aparecen indisolublemente ligados a lo popular.
Características
CARACTERÍSTICAS
Para establecer las características de la literatura infantil es preciso tener en cuenta los intereses del niño, que son:
- Lo maravilloso (cuentos de hadas): no se puede confundir con lo fantástico; supone que sucedan hechos extraños en un lugar también extraño, desconocido, ajeno y fuera de toda realidad verosímil.
- Lo aventurero: las aventuras gustan más al preadolescente y adolescente. A la infancia le gustan en diverso grado; pero los niños no aman la aventura por la aventura, sino aquella que lleva a una conquista (por ejemplo, El señor de los anillos), a un objetivo final, ya que las aventuras implican acción.
- Mundo animal: los animales son siempre objeto de interés para el niño, tanto si son domésticos como del mundo salvaje.
- El mundo humano y la naturaleza: los niños suelen vivir aventuras en un entorno natural o selvático.
Estos intereses determinan las características que debe poseer un texto infantil en general:
- Exclusión de las pasiones: no cabe en la literatura infantil la novela psicológica porque el niño capta sólo hechos de bulto: lo bueno frente a lo malo, lo bonito frente a lo feo, y no es capaz de ver las sutilezas del mundo interior del adulto.
- Simplicidad como sinónimo de sencillez y no de simplismo: el lenguaje estará alejado de la metáfora y de las referencias cultas, sobre todo hasta los 11 años.
- Inmediatez: los hechos se suceden de modo ágil, pero de manera coherente propia del mundo infantil; la coherencia que rige el mundo de lo maravilloso.
- Coherencia interna y equilibrio en el escritor: aunque algunos piensen que el mundo de los niños carece de equilibrio, hay que tener en cuenta que las diferencias de edad son cualitativas. Por ejemplo, Gloria Fuertes declaró en una entrevista que ella creía que sus obras gustaban a los niños porque ella se sentía una niña. En las obras infantiles hay un equilibrio: a los niños les gusta el suspense, pero esperan que todo termine bien y que el héroe se esfuerce para ello; no les vale sólo la intervención del azar o de lo maravilloso.
- Carácter educativo: las obras para niños poseen una eficacia educativa natural que no está siempre expresada de forma explícita.
- Continuidad de intereses: en una novela o un cuento para niños, los episodios deben aparecer ensartados por un hilo conductor que suele ser el protagonista niño, nexo de unión entre todos los capítulos.
- Inductividad: la obra literaria para niños, sobre todo para los más pequeños, debe hablar más por imágenes que por conceptos. Por ello, en los escritos para ser contados predominan los elementos de tradición oral que van directamente a la imaginación del niño mediante símbolos e imágenes presentes en la narración (literatura ganada), mientras que los libros creados específicamente están hechos para ser leídos por niños de 6 años en adelante; en ellos, la ilustración es la verdadera protagonista.
Resumiendo, la literatura infantil posee un carácter peculiar y distinto que la diferencia de la literatura para adultos. Mientras que la literatura adulta suele tener un carácter más estático, la infantil es una literatura de movimiento que va evolucionando según evoluciona el niño, y que puede ser válida para todos los tiempos y lugares siempre teniendo en cuenta su valor estético.
Importancia
IMPORTANCIA
Importancia que tiene la literatura infantil en el aula y la importancia que le están dando ya la crítica, las instituciones y los estudiosos de la literatura infantil.
a) Importancia de la literatura infantil en las aulas
- Satisface las necesidades íntimas y últimas del niño, lo que se traduce en el gusto del niño por ella.
- Al ser fruto de cultura vital y, sobre todo, tradicional, ayuda a acercar la escuela a la vida.
- Aprovecha los elementos del folklore como cultura popular.
- Proporciona al niño estímulos lúdicos que favorecen su desarrollo lingüístico y mejoran su psiquismo y su afectividad.
- El lenguaje de la literatura infantil es muy sugerente desde el punto de vista creativo, ya que el niño adquiere el lenguaje por dos vías: imitación y creación; la literatura infantil lo acerca a esta segunda vía.
- Despierta la afición a la lectura (animación a la lectura).
- Devuelve a la palabra un valor perdido frente a la imagen.
Concluyendo: el currículo así lo entiende y se puede ver en los actuales programas oficiales.
b) Importancia que le están dando la crítica, las instituciones y los estudiosos
En el primer Congreso Internacional de Florencia se comienza a distinguir lo escrito para niños de lo escrito para jóvenes, y todo ello se diferencia de la literatura general. Esto ayudó mucho a la literatura infantil. También en la universidad se comienza a abrir poco a poco la vía para hacer tesis doctorales y las editoriales se hacen eco de una realidad: la literatura infantil existe, es susceptible de mejorar, pero hay que tenerla en cuenta en niveles creativos, culturales, de investigación y educativos.