Síntesis de saberes y servicio a la sociedad: formación universitaria para la sabiduría y el bien común
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3) Síntesis de saberes
Un buscador de la verdad que ha armonizado integralmente su formación pronto descubre la necesidad de una síntesis de saberes. Ahora bien: la síntesis de saberes no consiste ni en saberlo todo (cultura enciclopédica, mera erudición) ni en saber un poco de cada cosa (cultura de trivial, mero eclecticismo).
Podríamos definir al erudito como a un almacén de memoria. Es esa persona que lleva toda una biblioteca en su cabeza y es capaz de rescatar de ella el dato exacto en cualquier momento. Pero, en el fondo, no es distinta de una computadora: mero almacén de datos. Para qué sirven estos, o qué relación tienen unos con otros, no tiene por qué saberlo; todo orden que guarda en su cabeza es similar al de la biblioteca: temático, alfabético o cronológico.
El ecléctico es aquel que toma un poco de cada cosa según le interese o llame la atención, haciendo luego una mezcla indiferenciada de todas esas cosas, sin demasiado orden ni concierto, sin preocuparse por las contradicciones. Es aquel que, sabiendo un poco de todo, resulta no saber nada de nada. Si al erudito corresponde la imagen de la biblioteca ordenada, al ecléctico le va bien la del monstruo de Frankenstein. El profesor José Ángel Agejas suele utilizar esta imagen para ilustrar “un saber que es una especie de mezcla con remiendos o pedazos de otros saberes: un saber que, visto en su conjunto, resulta monstruoso, deforme, sin armonía alguna”.
La síntesis de saberes tiene que ser otra cosa. Ni erudición enciclopédica destinada solo a portentos de la memoria, ni eclecticismo deforme propio de personas dispersas y curiosas pero sin un núcleo de unificación interior. La síntesis de saberes supone la unidad armónica de conocimientos en una doble dirección: de los saberes más particulares a los más generales —pues lo particular exige, para ser iluminado, un saber más general— y en orden al bien de la persona. Quizá sirva como imagen el clásico “árbol de las ciencias”, donde cada disciplina encuentra su lugar en armónica relación con el resto, y donde la sabiduría se encuentra en la savia que discurre por todas ellas, vinculándolas orgánicamente entre sí y a todas ellas con la edificación de la persona. Si los griegos ponían en la base del árbol la Metafísica no era solo por ser el saber más general, sin cuyos principios ningún otro era posible, sino también por ser el saber que hacía mayor bien al hombre, al hacerlo más libre. Por eso mismo los medievales colocaron en su base la Teología, no solo porque el saber humano no puede ser contrario al revelado, sino también desde la certeza de que “es Cristo quien revela al hombre al hombre”, es decir, que es el saber sobre Dios el que nos hace realmente libres.
La síntesis de saberes tiene un modo muy sencillo de desarrollarse en la propia vida. Cada vez que uno aprende algo, debe preguntarse, en primer lugar:
- ¿Dónde debo situar este conocimiento?
- ¿Es algo determinante y esencial que aplicar en todas las facetas de la vida?
- ¿Es un principio general para aplicar en mi vida profesional?
- ¿Es algo técnico para aplicar solo ante determinadas situaciones o problemas concretos?
Y luego, en segundo lugar (aunque esta cuestión supone la anterior):
- ¿Qué tiene esto que ver con mi propia vida?
- ¿Qué tiene que ver esto conmigo?
Respondiendo adecuadamente a estas cuestiones uno empieza a edificar en su interior, sin eclecticismos y sin ánimo de erudición, la unidad de su propia síntesis de saberes.
4) Servicio a la sociedad
No nos estamos refiriendo a una mera acción social, ni al papel que cada uno desempeñe cuando salga de la universidad para incorporarse al mundo laboral durante unas horas determinadas. El universitario formado en esa búsqueda de la verdad, que ha tenido el privilegio de dedicar durante una época de su vida al trabajo intelectual riguroso y honesto, está obligado a prestar a la sociedad un servicio rector.
Su condición de universitario no concluye cuando termina sus estudios de grado; comienza a convertirse en persona responsable, incluso en sus mismos anhelos de transmitir a los demás todo el camino recorrido y los frutos obtenidos en esa búsqueda. Cuando cada uno salga de aquí y desempeñe un puesto de trabajo concreto, su labor no será solo técnica o profesional: debe entenderla como un servicio rector a la sociedad.