Simbolismo Erótico y Atmósferas Efímeras: Dos Visiones Clave del Arte Moderno
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Salvador Dalí: Simbolismo y Obsesiones (1929)
Durante el verano de 1929, Dalí recibió una visita que cambiaría su vida y su obra: el poeta Paul Éluard y su esposa, Gala, se instalaron en Cadaqués. La aparición de Gala marca un antes y un después en la vida de Dalí.
Esta pintura que estamos comentando nos remite, en clave surrealista, al encuentro entre el artista y Gala y a sus propias obsesiones sexuales. Es fruto de la pasión erótica que solo Gala despertó en Dalí, pero no puede explicarse solo a partir de ella. Las teorías surrealistas y psicoanalíticas, la infancia del artista y la omnipresencia de la figura paterna son imprescindibles para entender la obra.
La figura central de la obra es un autorretrato del pintor.
Interpretación Simbólica
Los símbolos sexuales son frecuentes en la obra:
- La lengua voluminosa y enrojecida que surge de la cabeza de un león, como si fuera un pene erecto.
- La mujer que acerca su boca a los genitales de un varón.
- El lirio, símbolo de pureza, es decir, de la masturbación como única forma de actividad sexual para Dalí, ya que para él cualquier otra relación sexual implicaba una situación donde un ser humano devora a otro.
- La langosta, que causaba horror al pintor.
- Las figuras que se abrazan rememoran su relación con Gala y sus paseos por la playa.
- La soledad que provoca esta asociación está sugerida por la figura solitaria de la izquierda de la obra.
- La sombra está proyectada sobre dos diminutas figuras, padre e hijo, que retrotraen a la infancia del autor.
- El anzuelo con la cuerda rota recuerda la esencia de Gala, pero también los intentos de la familia por retenerlo.
- Las plumas de colores son referencia a la infancia, mientras que las piedras encima de la cabeza serían manzanas petrificadas que remitirían a Guillermo Tell y simbolizarían la sumisión del hijo respecto al Padre.
Impresión, sol naciente (Claude Monet)
Descripción de la Obra
La obra que estamos comentando es Impresión, sol naciente. Se nos muestra un puerto con un fondo nebuloso en el que, con dificultad, se adivinan los grandes barcos mercantes al fondo, con sus mástiles y las chimeneas humeantes de la fábrica del puerto. El sol, de un intenso naranja, se abre paso, iluminando las tranquilas aguas marinas. Acercándose al espectador, navegan pequeñas embarcaciones a remo.
En este cuadro, el autor se aleja de los criterios convencionales de la representación pictórica, obedeciendo a la emoción que le proporciona la contemplación de los diferentes elementos del paisaje, tanto naturales como los que dejan ver los tiempos modernos (barcos mercantes, fábricas, humo, etcétera).
Técnica y Color
Las pinceladas son brillantes y dinámicas, muy distintas entre ellas, y no detallan; el cielo tiene distintos trazos que las aguas, donde se superponen o aparecen sueltas. El resultado es una insinuación de un instante, dándole una sensación de objeto. La pincelada sustituye al dibujo, así que los contornos pierden entidad.
Los colores pretenden recoger el instante de una atmósfera efímera, el amanecer cambiante. Son azules, grisáceos y rosáceos para la neblina y el humo. En paralelo, contrasta el naranja del sol, su reflejo lumínico en el cielo y las aguas del puerto. Recuerda la atmósfera matutina de Whistler en la vista del Támesis, cuadro conocido por nuestro autor en Londres.
La luz es la protagonista de esta obra, hace vibrar los colores y todos los elementos del paisaje cobran forma y color con la luz naciente. El color adquiere autonomía, unido a la emoción del artista, creando una nueva realidad.
Composición y Perspectiva
La composición presenta una dinámica diagonal indicada por las embarcaciones que dan sensación de profundidad según su lejanía. Mientras, en el fondo, ancladas y desdibujadas, naves mayores proporcionan verticalidad con sus mástiles, junto a las chimeneas de la fábrica. El sol es el punto de fuga; su forma es más definida y su color es más fuerte.
El resultado es un conjunto de formas imprecisas, que abandonan el interés por el objeto. El espectador se ve comprometido a contemplar la obra y a alejarse para acabarla en su retina.