San Agustín: La Interconexión de Fe, Razón y Poder en su Pensamiento
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La Prioridad de la Fe sobre la Razón en San Agustín
En el pensamiento de San Agustín, no existe una distinción clara entre razón y fe. Para él, solo existe una verdad: la revelada por la religión. En este contexto, la razón puede ayudarnos a conocerla mejor.
En su célebre frase “Credo ut intellegam” (Creo para entender), se aprecia la prioridad de la fe. Por otro lado, en “Intellego ut credam” (Entiendo para creer), se subraya el papel de la razón para clarificar la fe. Agustín sostenía que la fe puede y debe apoyarse en el discurso racional, ya que, si se utiliza correctamente, la razón no puede estar en desacuerdo con la fe. De este modo, la razón complementa a la fe.
Agustín realiza una síntesis entre el platonismo y el cristianismo. Partiendo de la premisa de que todas las cosas poseen unidad, orden y forma, concluye que estas características son vestigios dejados por Dios. A través de ellas, es posible ascender del mundo terrenal a Dios, basándose en los grados de perfección presentes en la creación.
Siguiendo a Platón, Agustín postula una gradación del conocimiento, desde los niveles más bajos (sensibles) hasta el más alto (la Idea). Según este pensador, las Ideas solo pueden conocerse mediante la iluminación divina que Dios concede al alma. El verdadero conocimiento, por tanto, depende de esta iluminación divina.
La Adecuación del Poder Político a la Fe: La Ciudad de Dios
La finalidad de su obra cumbre, “La Ciudad de Dios”, fue responder a las críticas de los romanos no cristianos hacia los cristianos, quienes atribuían la caída del Imperio al abandono de los dioses paganos. Agustín no aceptaba esta crítica y sostenía que la caída del Imperio se debía a causas más profundas, como la decadencia moral y el rechazo de los principios de vida que el cristianismo había instaurado.
Para Agustín, la sociedad y, por ende, la política, son posibles. La ética cristiana no solo impera, sino que es la que determina la existencia misma de la política.
En “La Ciudad de Dios”, propone que la historia está determinada por el designio divino y se desarrolla como una lucha entre dos géneros de personas:
- Aquellos que viven según la carne y son amantes de sí mismos (la Ciudad Terrenal).
- Aquellos que viven según el espíritu y son amantes de Dios (la Ciudad de Dios).
Ambas ciudades coexisten, pero solo la Ciudad de Dios conseguirá triunfar e imponer la paz verdadera. Asumiendo la dependencia del poder político respecto al religioso, Agustín plantea una sociabilidad natural. Aunque esta no sea un bien perfecto, sus instituciones derivan de la naturaleza humana y el poder de los gobernantes proviene directamente de Dios.
Primacía de la Iglesia sobre el Estado
La consecuencia de esta concepción es el establecimiento de una fundamentación teórica para la primacía de la Iglesia sobre el Estado. La Iglesia, como depositaria de los principios cristianos, debe conformar moralmente al Estado. Esto implica una minimización del papel del Estado, al que Agustín le asigna la función de mero organizador de la convivencia, la paz y el bienestar temporales.