San Agustín y La Ciudad de Dios: Filosofía, Historia y el Legado en el Pensamiento Occidental
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San Agustín: Pensamiento y Contexto Histórico
Agustín fue un clérigo que perteneció al último periodo de la Antigüedad, denominado Patrística (del latín Patres, aprox. siglos II-VII). Este periodo se caracterizó por los esfuerzos de los Padres de la Iglesia para desarrollar y cimentar la doctrina cristiana con la ayuda de la filosofía antigua, y para defenderla contra el paganismo y el gnosticismo.
Aurelius Augustinus, o San Agustín, fue el filósofo más importante e influyente de su tiempo, quien, profundamente influido por el neoplatonismo, tendría una gran repercusión en el pensamiento medieval.
El Colapso de Roma y la Obra Apologética
San Agustín fue testigo del colapso de la civilización romana. En el año 410, los godos, dirigidos por Alarico, invadieron y saquearon Roma, siendo los primeros invasores en hacerlo en casi 800 años. La caída y el saqueo de Roma fueron achacados a la pérdida de fe en los antiguos dioses y al desinterés de los cristianos por la supervivencia del Estado.
Entonces, Agustín salió al paso de esos argumentos con su obra La Ciudad de Dios (De Civitate Dei), atacando la idea clásica de que los hombres de alguna manera se realizan viviendo en una ciudad-estado racional. En este libro, motivado por razones apologéticas y que llegó a ser su obra más conocida, vertió toda su filosofía moral y su doctrina sobre la felicidad. «No los cristianos —responderá Agustín—, sino los vicios, la relajación y el desgobierno han llevado al Imperio a la decadencia».
Asimismo, Agustín desarrollará en esta obra una teología de la historia que ha sido uno de los elementos fundamentales en la constitución del mundo cristiano occidental.
La Doctrina de las Dos Ciudades
Agustín postula la existencia de dos ciudades, generadas por dos tipos de amor:
- El amor del hombre hacia Dios (civitas Dei), ordenada a lo espiritual, que aspira a la paz eterna que se obtiene después de la muerte, gracias a la plena posesión de Dios en la visión beatífica. Es la comunidad espiritual que sigue la Ley de Dios, del orden, del ideal.
- Y el amor del hombre a sí mismo (civitas terrena), ordenada a lo material, que aspira a la paz que coincide con el bienestar temporal. Es la comunidad espiritual que va contra la Ley de Dios, y a favor del caos, del instinto.
Ambas se disputan el dominio de la tierra y aspiran a la paz, que se concibe como «fin de nuestros bienes».
Intersección y Destino de las Ciudades
Las dos ciudades están mezcladas y se entrecruzan: no son dos tipos de realizaciones históricas (como el Estado civil y la Iglesia, por ejemplo), sino principios opuestos de la conducta personal y de las realidades sociales que expresan a las dos comunidades espirituales. La Iglesia no coincide con la Ciudad de Dios, ya que en su interior conviven buenos y malos, del mismo modo en que la ciudad terrena no se identifica con ninguna entidad política determinada.
Pertenece al sentido de la historia del mundo el hecho de que estas dos ciudades se contrapongan y luchen entre sí. Sin embargo, y esta es la conclusión de San Agustín, cualquiera que sea la historia de la humanidad, con sus alternancias de predominio del bien y del mal, al final la civitas terrena perecerá y saldrá vencedora la civitas Dei, en virtud del amor a Dios, «pues el bien es inmortal y la victoria ha de ser de Dios».
Concepción del Hombre, Sociedad y la Influencia de Platón
Agustín tiene una concepción pesimista del hombre y de la sociedad, semejante a la defendida por Platón en La República, fruto de la concepción dualista aprendida de este último. Aunque reconoce el carácter natural de la sociedad civil y del Estado, entiende que este encarnará la justicia verdadera cuando sea un Estado cristiano. Así, la autoridad civil, si se halla impregnada del espíritu cristiano, puede y debe facilitar y promover la ciudad eterna postulada por la voluntad divina.
La Iglesia es la organización social del cristianismo que hace de los hombres buenos ciudadanos. Por su parte, la Iglesia, como la única sociedad perfecta, es superior al Estado y ha de servir de mentora de la sociedad y del Estado para vigilar y encaminar a los hombres a su salvación. Este pensamiento ejerció una gran influencia sobre la filosofía de la historia europea y sobre la relación de los poderes políticos en la Edad Media, a través de la llamada Teoría de las Dos Espadas.