La Restauración borbónica (1875-1923): sistema político, crisis de 1898 y deriva autoritaria
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E8: El sistema político de la Restauración (1875-1923)
E8 - El sistema político de la Restauración y el surgimiento de nuevas opciones políticas. La Restauración borbónica supuso el fin del Sexenio Democrático y el inicio de un nuevo sistema político cuyo objetivo principal fue garantizar la estabilidad institucional. Este régimen, diseñado por Antonio Cánovas del Castillo, se basó en una monarquía constitucional moderada, el turnismo entre partidos y el control del proceso electoral, y estuvo vigente desde 1875 hasta 1923.
1. Orígenes y restauración de Alfonso XII
Tras el golpe de Estado del general Pavía el 3 de enero de 1874, que puso fin a la Primera República, el general Serrano asumió el poder y logró finalizar la Tercera Guerra Carlista. En este contexto, los alfonsinos fueron ganando apoyo entre amplios sectores del Ejército, la burguesía catalana y los grupos económicos vinculados al comercio colonial, que veían en la monarquía una garantía de orden y estabilidad.
El 1 de diciembre de 1874, el príncipe Alfonso publicó el Manifiesto de Sandhurst, redactado por Cánovas del Castillo, en el que defendía el restablecimiento de una monarquía constitucional abierta y conciliadora como solución a los problemas de España. Aunque Cánovas prefería una restauración sin intervención militar, el 29 de diciembre de 1874 el general Martínez Campos proclamó rey a Alfonso XII en Sagunto. El monarca entró en Madrid en enero de 1875, iniciándose así la Restauración.
Durante los primeros años del régimen se adoptaron medidas para consolidar el nuevo sistema: se buscó el apoyo de la Iglesia, se limitó la libertad de prensa, se reincorporó a militares apartados durante el Sexenio y se renovaron diputaciones y ayuntamientos con personas afines. Además, el rey pasó a ser jefe supremo del Ejército para evitar nuevos pronunciamientos. El régimen reforzó el centralismo administrativo, reorganizando las instituciones locales y suprimiendo los Fueros vascos en 1876 tras el final de la guerra carlista. También concluyeron otros conflictos heredados del Sexenio, como la guerra de Cuba, que terminó con la Paz del Zanjón en 1878, aunque sus reformas resultaron insuficientes.
2. La Constitución de 1876
La Constitución de 1876, elaborada bajo el liderazgo de Cánovas, estableció una monarquía constitucional moderada. La soberanía era compartida entre el rey y las Cortes, y el Estado se declaraba confesionalmente católico, aunque se permitía el culto privado de otras religiones. Reconocía derechos individuales, aunque su aplicación quedaba condicionada por leyes posteriores.
Las Cortes tenían carácter bicameral, formadas por el Senado —con miembros vitalicios, por derecho propio y electivos— y el Congreso de los Diputados, elegido por sufragio directo, sin precisar si debía ser universal o censitario. El poder ejecutivo residía en la Corona, que gobernaba a través del gobierno. Se trataba de una constitución flexible, lo que permitió su vigencia hasta 1923.
3. Turnismo, bipartidismo y caciquismo
El sistema político se basó en el bipartidismo y el turnismo pacífico entre el Partido Conservador, liderado por Cánovas del Castillo, y el Partido Liberal, dirigido por Sagasta. Ambos partidos compartían los principios fundamentales del régimen y la alternancia en el poder se producía de forma pactada para evitar crisis políticas.
Entre los principios compartidos del régimen se encontraban:
- La monarquía constitucional.
- La Constitución de 1876.
- La propiedad privada y el liberalismo económico.
- Un Estado liberal de carácter centralista.
Este funcionamiento solo fue posible gracias a la manipulación electoral, conocida como caciquismo. El ministro de la Gobernación elaboraba el encasillado, es decir, las listas de los candidatos que debían resultar elegidos, y una red de caciques, gobernadores civiles y alcaldes se encargaba de asegurar los resultados. Cuando era necesario, se recurría al pucherazo mediante fraudes electorales, lo que impedía una auténtica representación democrática.
4. Oposición política y movimientos emergentes
El sistema de la Restauración excluyó a muchas fuerzas políticas, lo que generó una amplia oposición. El carlismo, derrotado en 1876, mantuvo su ideología tradicionalista y católica, aunque sufrió divisiones internas. A finales del siglo XIX surgieron los nacionalismos periféricos: en Cataluña, impulsados por la Renaixença y concretados políticamente en las Bases de Manresa (1892); y en el País Vasco, con la fundación del PNV en 1895 por Sabino Arana.
El republicanismo permaneció dividido en varias corrientes, lo que redujo su eficacia política, aunque mantuvo influencia social. Finalmente, el movimiento obrero creció con la industrialización y las duras condiciones laborales, destacando el anarquismo, partidario de la acción directa, y el socialismo, organizado en torno al PSOE (1879) y la UGT (1888), fundados por Pablo Iglesias.
E9: La crisis de 1898 y la liquidación del imperio colonial
E9: La crisis de 1898 y la liquidación del imperio colonial. Durante el periodo de la Restauración, diseñado por Antonio Cánovas del Castillo y basado en el turnismo entre conservadores y liberales, se produjo uno de los acontecimientos más decisivos de la historia contemporánea española: la pérdida definitiva del Imperio colonial. La crisis de 1898 supuso el final de la presencia española en Cuba, Puerto Rico y Filipinas y tuvo profundas consecuencias políticas, sociales y culturales.
1. Antecedentes coloniales: Cuba y Filipinas
Tras la Paz del Zanjón de 1878, que puso fin a la Guerra de los Diez Años en Cuba, los gobiernos españoles dispusieron de un largo periodo para introducir reformas en la isla. Sin embargo, la falta de una verdadera descentralización política, la escasa autonomía administrativa y una política económica claramente proteccionista, que perjudicaba los intereses cubanos, favorecieron el crecimiento del independentismo.
En Cuba, el momento más favorable para llevar a cabo reformas fue el Gobierno Largo de los liberales (1885-1890), cuando el Partido Autonomista Cubano estaba dispuesto a colaborar con España. Aun así, las concesiones fueron limitadas: se abolió definitivamente la esclavitud en 1886 y se permitió la representación cubana en las Cortes, pero se rechazaron las propuestas de autonomía política. Además, los aranceles proteccionistas, especialmente el de 1891, obligaban a Cuba a comerciar casi exclusivamente con España y dificultaban sus relaciones con Estados Unidos, su principal socio económico, lo que incrementó el malestar en la isla y la tensión con el gobierno estadounidense.
En Filipinas, la situación era similar. El carácter represivo de la administración colonial, la explotación económica, los impuestos abusivos, el trabajo forzoso y la ausencia de derechos políticos provocaron el surgimiento de movimientos nacionalistas e independentistas contrarios a la dominación española.
2. Guerra, represión y la intervención estadounidense
En 1892, José Martí fundó el Partido Revolucionario Cubano y el 24 de febrero de 1895 se inició la insurrección independentista con el Grito de Baire. El gobierno conservador de Cánovas respondió enviando tropas a la isla bajo el mando del general Martínez Campos, pero ante su fracaso fue sustituido por el general Valeriano Weyler, quien aplicó una política de dura represión basada en la reconcentración de campesinos. Esta política provocó una elevada mortalidad, graves problemas humanitarios y el deterioro de la economía cubana.
Tras el asesinato de Cánovas en 1897, el gobierno liberal de Sagasta intentó una solución más conciliadora: destituyó a Weyler y concedió la autonomía a Cuba y Puerto Rico. Sin embargo, estas reformas llegaron demasiado tarde y fueron rechazadas por los independentistas, que contaban con el apoyo de Estados Unidos.
Paralelamente, en Filipinas se desarrolló una insurrección entre 1896 y 1897, liderada por el movimiento Katipunan. Aunque fue duramente reprimida y su líder José Rizal fue ejecutado, el conflicto quedó provisionalmente resuelto mediante un acuerdo con las autoridades españolas. La intervención directa de Estados Unidos se produjo en 1898, tras el hundimiento del acorazado Maine en el puerto de La Habana, utilizado como pretexto para la guerra. Tras exigir la retirada española de Cuba, Estados Unidos declaró la guerra el 25 de abril de 1898. El conflicto fue breve y concluyó con la derrota española en Santiago de Cuba y Cavite (Filipinas), así como con la ocupación de Puerto Rico. La guerra finalizó con la Paz de París (1898), por la que España perdió Filipinas y Puerto Rico y reconoció la independencia de Cuba.
3. Consecuencias políticas, sociales y culturales
La derrota supuso un duro golpe moral para la sociedad española, al destruir definitivamente el mito del Imperio y relegar a España a una posición secundaria en el contexto internacional. Más que una crisis económica inmediata, el 98 fue sobre todo una crisis política, ideológica y moral. Desde el punto de vista económico, las consecuencias a corto plazo fueron limitadas, pero el sistema político de la Restauración quedó seriamente desacreditado. Esta situación favoreció el auge de los nacionalismos periféricos y el desarrollo del regeneracionismo, un movimiento crítico con el sistema, encabezado por Joaquín Costa, que defendía una profunda modernización del Estado. En el plano humano y cultural, la guerra provocó numerosas pérdidas de vidas, la repatriación masiva de soldados y un profundo sentimiento de frustración nacional. Este malestar se reflejó culturalmente en la Generación del 98, cuyos autores, como Unamuno, Pío Baroja, Azorín o Antonio Machado, reflexionaron sobre el “problema de España” y la necesidad de una regeneración moral y política.
E10: Regeneracionismo, crisis y deriva autoritaria del régimen
E10: Regeneracionismo, crisis y deriva autoritaria del régimen. Tras el desastre colonial de 1898, el sistema político de la Restauración entró en una profunda crisis. La pérdida del Imperio evidenció la incapacidad del régimen canovista para modernizar el país y dio lugar a un amplio movimiento crítico conocido como regeneracionismo, que pretendía reformar el sistema desde dentro para evitar una ruptura revolucionaria. Sin embargo, la debilidad de los partidos dinásticos, la conflictividad social y el creciente protagonismo del Ejército acabaron conduciendo a una deriva autoritaria que culminó con la Dictadura de Primo de Rivera y la caída de la Monarquía.
1. Intentos regeneracionistas y la crisis del turnismo
Tras el “desastre del 98”, una parte de las élites políticas e intelectuales defendió la necesidad de regenerar el sistema político mediante reformas profundas. Entre los principales problemas destacaban la inestabilidad gubernamental, la conflictividad social, el anticlericalismo, el auge del catalanismo, el peso político del Ejército y la cuestión colonial en Marruecos. Alfonso XIII accedió al trono en 1902 y durante los años siguientes se sucedieron numerosos gobiernos conservadores y liberales, lo que evidenció la crisis del turnismo. Aunque el sistema seguía funcionando formalmente, dependía cada vez más del caciquismo y de la manipulación electoral.
El principal intento regeneracionista desde el poder fue protagonizado por Antonio Maura, líder conservador, quien defendía la necesidad de “hacer la revolución desde arriba”. Su programa combinó reformas sociales, económicas y políticas, como la Ley de Protección de la Industria Nacional, la creación del Instituto Nacional de Previsión y la ley electoral de 1907, destinada a reducir el caciquismo. También impulsó proyectos de reforma de la administración local y de mancomunidades provinciales.
2. Conflictos sociales, Marruecos y asesinatos políticos
La política colonial en Marruecos provocó graves tensiones internas. En 1909, la movilización de reservistas catalanes para la guerra desencadenó la Semana Trágica de Barcelona, un estallido de protesta antimilitarista y anticlerical que fue duramente reprimido. La ejecución del pedagogo anarquista Francisco Ferrer y Guardia provocó un escándalo internacional y supuso la caída del gobierno de Maura. El último gran intento regeneracionista lo llevó a cabo el liberal José Canalejas entre 1910 y 1912. Su gobierno impulsó importantes reformas, como la supresión de los consumos, la reforma del servicio militar, la aprobación de la “ley del candado” para limitar la expansión de órdenes religiosas y el avance en la cuestión marroquí hacia el establecimiento del protectorado. También promovió la Ley de Mancomunidades, que permitió un cierto grado de autogobierno regional. El asesinato de Canalejas en 1912 puso fin a este intento reformista.
3. Neutralidad en la Primera Guerra Mundial y radicalización social
Durante la Primera Guerra Mundial, España se mantuvo neutral, lo que generó un crecimiento económico desigual acompañado de inflación y un fuerte aumento del coste de la vida. Esto provocó una creciente conflictividad social y la radicalización del movimiento obrero. Al mismo tiempo, el desgaste de los partidos dinásticos favoreció el crecimiento de nuevas fuerzas políticas, como el republicanismo, los nacionalismos periféricos y los sindicatos.
En el ámbito republicano destacó el Partido Radical de Alejandro Lerroux, de carácter populista y anticlerical. El catalanismo político se articuló en torno a la Lliga Regionalista, liderada por Francesc Cambó y Prat de la Riba, defensora de un autonomismo conservador. El movimiento obrero se organizó principalmente en torno a la UGT y el PSOE, y al anarcosindicalismo de la CNT, creada en 1910 y partidaria de la acción directa. La crisis de 1917 supuso un punto de inflexión, al coincidir tres conflictos: las Juntas de Defensa militares, que demostraron el creciente poder del Ejército; la Asamblea de Parlamentarios, que reclamaba reformas políticas; y la huelga general revolucionaria convocada por UGT y CNT, que fue duramente reprimida.
Tras 1917, el sistema entró en una fase de descomposición, con gobiernos inestables y un clima de crisis permanente. Entre 1918 y 1923 se intensificó la conflictividad social, especialmente en Barcelona, donde se vivió una auténtica “guerra social”. En este contexto destaca la huelga de La Canadiense (1919), que logró la jornada laboral de ocho horas. A ello se sumó el desastre de Annual en 1921, una grave derrota militar en Marruecos que desprestigió al Ejército y al régimen y puso en cuestión la propia Monarquía.
4. El golpe de Primo de Rivera y la caída de la Restauración
Ante la crisis política y social, el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado en septiembre de 1923, con el apoyo del Ejército y el respaldo del rey Alfonso XIII. La dictadura suspendió la Constitución de 1876, disolvió las Cortes, instauró la censura y sustituyó los ayuntamientos por autoridades afines. Se creó la Unión Patriótica como partido único y se aplicó una política represiva frente al catalanismo.
El principal éxito del régimen fue la pacificación de Marruecos, lograda con el desembarco de Alhucemas en 1925. Este triunfo permitió el paso a un Directorio Civil y el intento de institucionalizar la dictadura mediante la Asamblea Nacional Consultiva, que fracasó en su objetivo. A partir de 1928 el régimen perdió apoyos entre militares, burguesía e intelectuales, lo que llevó a la dimisión de Primo de Rivera en 1930. El intento posterior de restaurar el sistema constitucional fracasó. La oposición republicana, socialista y nacionalista se unió en el Pacto de San Sebastián (1930). Las elecciones municipales de abril de 1931 dieron la victoria a las candidaturas republicanas en la mayoría de las ciudades, lo que llevó a la proclamación de la Segunda República el 14 de abril y al exilio de Alfonso XIII.