Represión y Oposición Durante el Franquismo: Un Análisis Histórico
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Dos meses antes de terminar la guerra, se promulga la Ley de Responsabilidades Políticas, con la intención de “reconstruir espiritual y materialmente la patria” y “liquidar las culpas” de los subversivos. Con esta ley quedaba clara la renuncia de Franco a la reconciliación nacional auspiciada por el presidente Azaña. Los años de la posguerra fueron los de la represión más dura. Los juicios sumarios y las condenas a muerte se sucedieron sin pausa en un intento de limpiar el país; los más afortunados tuvieron que sufrir torturas, trabajos forzados y largos encarcelamientos. Para controlar la población se llegó incluso a restringir sus movimientos.
Esta dura represión se fue relajando a medida que pasaban los años. La disidencia se hacía más improbable y el contexto internacional iba cambiando, obligando a cambiar al régimen para su supervivencia. Pero el régimen adoptó formas de represión duraderas para mantener a la población en la más absoluta indigencia política. Los partidos políticos y las organizaciones sindicales fueron prohibidas; se consideró delito la filiación comunista y la masonería; se implantó una rígida censura previa y se controlaron los contenidos de los libros de texto, purgando el sistema educativo que terminaría en manos de la Iglesia, uno de los pilares del régimen.
En esta situación, la oposición desapareció casi por completo en el interior del país. Si descontamos las guerrillas maquis que al término de la Segunda Guerra Mundial se echaron al monte a la espera infructuosa de la entrada de las tropas aliadas, el primer atisbo de insubordinación se dio en la Universidad a mediados de los cincuenta, en protesta por el control que ejercía el SEU, sindicato afecto al régimen. Al dictador no le tembló la mano y tras la detención de los principales organizadores, destituyó al rector de la Universidad de Madrid y al ministro de Educación.
En el exterior, el gobierno republicano se mantuvo, pero fue perdiendo relevancia. Las distintas fuerzas opositoras sobrevivían precariamente, muy divididas e incapaces de llegar a la población, mientras que el régimen obtenía el respaldo de las democracias occidentales en medio de la Guerra Fría contra el comunismo. No por ello desaprovecharon las oportunidades de denunciar la dictadura. En 1962, en el IV Congreso del Movimiento Europeo, la oposición exterior y la oposición moderada del interior consiguieron una declaración por la cual se exigía la democratización del país para su integración en Europa, acontecimiento que fue tildado por el régimen como el “Contubernio de Munich”.
El aperturismo obligado al que asiste el régimen en los años sesenta, con la llegada del turismo y la emigración de muchos españoles para trabajar en Europa, va a provocar un importante cambio social y a reavivar la oposición al régimen. La fuerza más activa va a ser la sindical. Actuando clandestinamente, la UGT socialista, la CNT anarquista y las CCOO comunistas (estas últimas abogan por la participación en los sindicatos del régimen, entrismo, para movilizar a los trabajadores) van a poner en jaque al régimen.