Relatos Mitológicos: Historias de Amor, Castigos y Héroes de la Antigüedad
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Píramo y Tisbe
Píramo y Tisbe eran dos jóvenes cuyos padres rechazaban su matrimonio. A través de una grieta en la pared, intercambiaban palabras de amor y besos. Una noche, acordaron encontrarse fuera de la ciudad. Tisbe llegó primero con el rostro cubierto por un velo, cuando de repente apareció una leona con las garras ensangrentadas. Aterrorizada, la muchacha salió corriendo; su velo cayó y la leona lo desgarró. Más tarde, cuando apareció Píramo, vio el velo y pensó que el animal había devorado a Tisbe, así que, por amor, se clavó la espada. Cuando ella lo vio, hizo lo mismo.
Hermafrodito
Hermafrodito era hijo de Afrodita y fue criado por unas ninfas. Cuando creció, tomó rumbo a la casa de Salmacis. Ella estaba enamorada de él, pero él la rechazó; sin embargo, no renunció a bañarse en su pozo. Salmacis vio esto y se metió al agua con él, rogando a los dioses que se quedaran unidos eternamente. Así fue: Hermafrodito tuvo órganos sexuales masculinos y femeninos. Hermafrodito, triste, pidió a sus padres que a todo el que se metiera en este pozo le fueran otorgados sexos opuestos, y así fue.
Narciso
Eco era una chica que tenía un castigo: solo podía repetir las últimas palabras de las personas. Cuando se encontró cara a cara con Narciso, este se rió y la rechazó de mala manera. Némesis, cuando se enteró, le puso un castigo. Así que, un día, mientras iba por el bosque, Narciso se vio reflejado en el agua y se enamoró; no podía dejar de mirarse, por lo que se dice que al final terminó ahogado.
Perseo
Cuando Perseo cumplió 15 años, le dijo a Polidectes que le daría cualquier cosa si dejaba en paz a su madre, Dánae. Entonces, este le pidió que le trajera la cabeza de Medusa. Zeus, su padre, al enterarse, reclamó a todos los dioses que le ayudaran. Al final, consiguió una espada y un escudo con el que, más tarde, Medusa se vería a sí misma y se convertiría en piedra.
Prometeo
Zeus ordenó que Prometeo fuese llevado a las montañas y encadenado a una roca, y mandó sobre él la siguiente tortura: todos los días de su vida, un águila feroz se alimentaría con su hígado, órgano que todas las noches volvería a crecer para que la tortura pudiese comenzar nuevamente. La condena le duró muchos años a Prometeo; se dice que durante más de treinta mil años sus gritos siguieron llenando el aire. Su sufrimiento despertaba compasión, pero nadie se atrevía a liberarlo hasta que Hércules pasó por allí con los Argonautas, mató al águila y se llevó a Prometeo consigo.