Relato escalofriante de Navidad en una casa embrujada
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Esa Navidad la pasamos en la casa embrujada de unos asesinos. Como estábamos peleados con casi todos nuestros parientes, mis padres aceptaron la invitación de un matrimonio conocido, y fuimos a pasar la Nochebuena en su casa, que se encontraba en una zona rural.
Al dejar la ruta atrás y adentrarnos en un camino polvoriento, el paisaje se hizo monótono, pues solamente era campo, y el auto comenzó a vibrar por las irregularidades del camino. Iba mirando por la ventanilla cuando un manotazo me golpeó la cabeza. Me volví hacia mi hermano, que me miraba con cara de burla, y lo acusé:
—Pórtense bien o damos vuelta y pasamos la Navidad solos en casa, ¡ah!
—Me voy a portar bien —prometí.
Cuando intentó responder al ataque, mamá, que había girado hacia nosotros, lo detuvo con un grito. El resto del camino nos amenazamos con señas, mas cuando mi madre volteaba, los dos estábamos quietos, pero ni bien ella volvía a mirar hacia adelante, seguíamos en lo nuestro.
Apenas el auto se detuvo frente a la casa, nos precipitamos hacia afuera.
—¡Mira qué grande que es! Si uno cae del techo se hace m... —exclamó mi madre.
Mi hermano y yo nunca habíamos visto una casa tan elegante y antigua; nunca habíamos visto un retrato, sillones tan grandes ni muebles tan finos. Mientras nuestros padres conversaban con los anfitriones, vaciamos varias bandejas; después, al empezar a aburrirnos, observamos nuevamente lo que allí había. Conocía tan bien a mi hermano que esperé a que él lo dijera:
—Si quieren andar aquí adentro, está bien, pero tienen que pedirles permiso a ellos.
El encuentro con lo inexplicable
La mujer de la casa fue a decir algo, pero Carlos y yo salimos disparados hacia un corredor. Si el lugar nos había parecido grande desde afuera, desde adentro nos parecía vastísimo.
La anciana volteó hacia nosotros y nos sonrió dulcemente; nosotros estábamos paralizados por la sorpresa, porque no esperábamos encontrar a alguien. De repente, la anciana lució aterrada; una mano peluda surgió de debajo de la cama, en el lado opuesto al que estábamos. La anciana medio se enderezó mirando con horror a la mano monstruosa que tanteaba rápidamente las sábanas. Abrió la boca como si estuviera gritando, pero no escuchábamos nada. El dueño de la mano peluda tenía cabeza de cerdo, y salió rápidamente de debajo de la cama y se abalanzó hacia la anciana sacudiendo la cabeza.
Ante tanto terror, la anciana se llevó las manos al pecho y quedó con la boca abierta y los ojos muy grandes, tiesa. Entonces el monstruo con cabeza de cerdo le tanteó el cuello, miró a la bruja y se apartó del cuerpo de la pobre anciana.
Con Carlos nos entendimos solo con una mirada.