Realidad y Consecuencias de la Explotación Infantil en el Mundo Globalizado
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1. Organización de las ideas del texto
Este fragmento puede estar organizado en cuatro partes:
Parte 1 (Primer párrafo)
Exposición de cifras sobre niños que trabajan en el mundo:
- 215 millones en todo el mundo.
- 115 millones en trabajos considerados peligrosos por la OIT.
Parte 2 (Segundo párrafo)
Las cifras generales del primer párrafo se concretan ahora en el caso de la populosa capital de Bangladesh, donde los niños trabajan por un tercio del salario mínimo.
Parte 3 (Tercer párrafo)
Características de los trabajos peligrosos para los niños, según la OIT.
Parte 4 (Cuarto párrafo)
Concreción máxima; es decir, se citan casos concretos (edad y lugar de trabajo) de algunos niños en dicha ciudad.
2. Tema
La explotación infantil, una realidad en Dacca.
3. Resumen
215 millones de niños trabajan en el mundo: el 61% en países asiáticos y 115 millones en trabajos considerados peligrosos por la OIT. Según un reportaje publicado en El País, la capital de Bangladesh suma a los problemas de tráfico y de superpoblación el de la explotación infantil. La OIT considera peligroso el trabajo infantil cuando le impide la educación, atenta contra su bienestar o son esclavizados: casos de niños soldados, prostituidos o usados como delincuentes. Rasel, Mobarak, Shanta, Ashik y Mohamad son solo algunas de esas 115 millones de historias.
Comentario Crítico
Este artículo se hace eco de un reportaje publicado en El País en el que, al parecer, se denuncia la cuestión de la explotación infantil en la ciudad de Dacca, capital de Bangladesh. También el autor de este artículo lo denuncia citando algunos casos concretos de niños con nombre y apellidos que nos hacen ver más de cerca tan dura realidad.
En un mundo globalizado como en el que vivimos, aún no se ha globalizado el derecho de los niños a la educación, a jugar, a vivir en una casa mínimamente digna; a tener, en definitiva, una infancia. Y lo peor es que sabemos que el trabajo de esos niños, explotados como sus propios padres, es el que nos permite a los habitantes del primer mundo comprarnos la ropa que vestimos. ¿Somos todos un poco cómplices por acción u omisión? ¿Es nuestro afán consumista lo que lleva a las grandes firmas a producir más y más barato en donde sea y al precio que sea?
Más de una vez hemos visto reportajes como el que aquí se cita, en prensa o en televisión, pero al poco tiempo se nos olvida o miramos para otro lado y seguimos engordando a la gran bestia que es la sociedad de consumo. En los países del tercer mundo se vive hoy como vivíamos en España o en Europa hace 80 o 90 años. Nuestros abuelos también empezaron a trabajar a edades muy tempranas, también por un salario de miseria, sin haber pisado apenas la escuela. Pero entonces no existían los potentes medios de comunicación de que disponemos ahora; entonces la explotación infantil era una realidad de la que no se era consciente y sí estaba universalmente repartida. Hoy, en cambio, el tema se hace doblemente doloroso además de injusto porque, teniendo los medios para evitarlo, no se evita. La pregunta es: ¿podemos nosotros individualmente hacer algo para que esto no ocurra?