Psique, cultura y salud mental: autoayuda, cine, publicidad y alienación social
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Autoayuda y psicología en la cultura
Libros de autoayuda: Los psicólogos obtuvieron derecho a hablar de diversos temas; a pesar de las discrepancias con otros profesionales, comenzaron a tener un público amplio y la autoayuda se popularizó por su función social.
Entre sus rasgos principales se pueden destacar:
- Origen histórico: La literatura de autoayuda surge en la década de 1920; debió utilizar un lenguaje que le confiriera autoridad, de forma general y descontextualizada.
- Como mercancía: La literatura de autoayuda, como producto comercial, debe variar sus temas para captar a un público más amplio y con distintos puntos de vista.
- Credibilidad: Debe ser creíble; la gente tiene que creer que es una fuente fidedigna. El psicoanálisis y algunos psicólogos vieron en la autoayuda una mina de oro, al encontrar un mercado de consumidores en expansión.
Cine, publicidad y la influencia psicoanalítica
Cine: El cine también se interesó en el psicoanálisis: al principio se utilizó para tratar neurosis del personal y de los actores; más tarde se incorporó como conocimiento narrativo en películas. En 1927 Sam Goldwyn solicitó servicios vinculados a Freud; posteriormente pidió ayuda a otros psicoanalistas alemanes. Hitchcock no fue el primero en incorporar conceptos psicoanalíticos, pero sí fue de los primeros en darles tanto énfasis.
El psicoanálisis también llegó a la publicidad. En 1931 la goma de mascar Wrigley afirmó que aliviaba el estrés y ayudaba al bienestar mental. Hubo psiquiatras que trataron el maquillaje como una patología femenina, lo identificaron con un narcisismo que reducía a las mujeres a símbolos genitales; otros proponían el uso del maquillaje como vía para descubrir un yo real. La publicidad tomó el psicoanálisis para comprender de qué forma debía actuar en la cultura.
Bourdieu y Foucault señalaron que un discurso se torna poderoso cuando está dentro de las instituciones que le dan legitimidad. Los psicólogos son expertos científicos cuyo poder se legitima en la autoridad institucional y en el poder económico, así como en líderes populares que buscan "sanar el alma".
Lo más interesante no es la mera búsqueda de poder por parte de los psicólogos, sino que el discurso terapéutico se haya hecho una forma de cultura. Hay una intensificación de la ansiedad y del miedo social; la cultura influye sobre la conformación del yo.
Foucault y la historia de la locura
Foucault: La locura siempre fue tratada como aquello otro, distinto. En la tradición cristiana el energúmeno fue visto para denunciar el demonio, pero también la locura fue signo del poder de Dios, pues servía para manifestar su gloria: castigar, corregir o instruir.
Santo Tomás: Para Santo Tomás la libertad es anterior a la alienación por el demonio. Así, se salvaba la libertad del poseído, pero su cuerpo quedaba condenado; por ende, quemar el cuerpo suponía devolver al alma su pureza.
Siglos XVII–XIX: internación, alienación y derechos
En el siglo XVII las nuevas prácticas no tenían por objeto el castigo, sino el resguardo. La religión despojó a la enfermedad mental de sentido humano y la consumió en su universo.
En el siglo XVIII la locura fue vista como desaparición o privación de facultades. La ceguera se consideró característica de la locura: no se trataba de un poseído, sino de un desposeído.
Esquirol pidió justicia para los tratados injustamente y añadió que nadie estaba libre; se dejó de considerar a las personas como poseídas para pasar a la práctica inhumana de la alienación.
En el siglo XIX se pensó que la facultad perdida por el hombre era la libertad. Los locos fueron considerados incapaces de administrar bienes y tutela sobre sus hijos. Esto contravenía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Para quitar la alienación de hecho se la sustituyó por la alienación de derecho.
Hasta 1838 se internaba a todos los que perturbaban la tranquilidad pública. Pero para quienes no alteraban el orden se creó la internación voluntaria, por una cuestión de facilidad para la vida familiar. Así se transfirió a otros la libertad del individuo.
El siglo XVIII restituyó a los enfermos su naturaleza humana; sin embargo, el siglo XIX los privó de derechos y de su ejercicio: el enfermo quedó enajenado. La alienación, para el enfermo, más que un estatus jurídico, fue una experiencia real: la sociedad no se reconoce en la enfermedad y el enfermo se siente un extraño.
La conducta infantil fue considerada un hecho patológico; por ello la sociedad creó umbrales. En el siglo XVIII Rousseau y Pestalozzi construyeron un mundo medido por los niños, para preservar al niño de los conflictos adultos. La sociedad siempre imagina una edad de oro en pedagogía. En estas formas patológicas está en conflicto la sociedad que oculta sueños y un presente lleno de miserias.
En la evolución social aparecen delirios religiosos. La vida del ser humano es acosada por contradicciones; en ellas se manifiestan enfermedades. Los mismos valores que unen al hombre también lo separan.
Capitalismo y sociedad contemporánea
El capitalismo obligó al hombre a renunciar a la solidaridad y a admitir que se vivía en función del odio y de la agresión. Así, el enfermo se retira a una existencia de fantasía; mientras que en la sociedad que abandona la solidaridad germina la enfermedad. Ahí radica la paradoja.
En la sociedad contemporánea, la racionalidad mecanicista excluye la espontaneidad de la vida afectiva. Surge un conflicto en el que el hombre intenta escapar de su realidad, lo que genera una condición social esquizofrénica. El extranjero en el mundo real es relegado a un mundo privado. Solo el conflicto real de la existencia puede dar cuenta de este estado esquizofrénico.
La enfermedad implica aspectos regresivos, porque la sociedad no sabe reconocer el pasado y no puede reconocerse en su presente, lo cual implica que tampoco pueda reconocer el porvenir.