Nietzsche y la Voluntad de Poder: Verdad, Lenguaje y Metáfora

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4. La nueva concepción de la verdad: Epistemología de Nietzsche

El problema de la verdad adquiere ahora un sentido distinto. La cuestión de fondo no es ya si un juicio es verdadero o falso, sino si favorece o no a la vida, si la conserva, si la hace más grande. La lógica humana sirve para igualar, estabilizar y tener una visión de conjunto. El ser determinado por ella es solamente apariencia, pero una apariencia necesaria esencialmente para el ser vivo; es decir, útil para afirmarse y establecerse dentro del cambio constante.

Por tanto, la verdad, lo estable o, con otras palabras, lo que hemos podido "pescar" con nuestros conceptos en el devenir del ser, es únicamente la consolidación de una perspectiva: una apariencia que se ha impuesto a través de la costumbre, pero que no por ello deja de ser un error. Por eso afirma Nietzsche que:

"La verdad es aquella clase de error sin la que una determinada especie de seres vivos no podría vivir. El valor para la vida es lo que decide en última instancia".

Este es el sentido esencial de la radicalidad del pensamiento nietzscheano, que él denomina voluntad de poder. Esta justifica —como condición necesaria para la afirmación de la vida— el error; la voluntad de poder es, pues, voluntad de apariencia, incluso de ilusión, sobre todo en relación al conocimiento que el hombre pueda tener acerca del mundo.

Pero esta voluntad es más profunda, más metafísica, que la voluntad de verdad que imperaba bajo el reinado del mundo suprasensible, porque conoce la realidad auténtica del ser: el devenir, y sabe que la razón humana no podrá jamás abarcarlo, totalizarlo, ni simplificarlo en sus categorías.

La nueva idea del lenguaje

Otro planteamiento que Nietzsche trastoca con su ontología es el del lenguaje acerca del ser. Si las categorías y los conceptos no nos sirven para acercarnos a la realidad del devenir, múltiple y cambiante, ¿qué otro medio tenemos para hablar del ser?

Contra la petrificación que sufre el devenir al quedar fijado en una categoría que la costumbre convierte en inmutable, se exalta el poder de la imaginación metafórica que posee el ser humano. La metáfora es una verdadera perspectiva, porque con ella se logra una integración de diversidades; esta "metaforicidad metafísica" ofrece la posibilidad de no caer en el dogmatismo platónico.

Esta exaltación, teórica y práctica, de la metáfora obedece a que no existe ninguna relación de causalidad lógica entre el mundo del objeto y el del sujeto. La única relación metafísica posible es la artística (la música, por ejemplo). Pero no se trata de una "formalización" del arte, sino de la exaltación del aspecto más fundamental de la voluntad de poder del hombre: su creatividad.

En definitiva, el lenguaje sobre la realidad no puede ser el de la lógica, el de las matemáticas, el de la moral o el de la religión, porque estas son solo ficciones de la razón.

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