La Microfísica del Poder en Michel Foucault: Del Suplicio al Control Social

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Concepto y metodología de la “microfísica” del poder según Foucault (Vigilar y Castigar I.II. “La resonancia de los suplicios”)

La microfísica del poder desarrollada por Foucault no tiene una definición simple ni concreta, sino que se construye a lo largo de toda su obra, pues busca explicar cómo se ejerce el poder más que qué es en sí mismo.

Evolución histórica y el ejercicio del poder

El filósofo, sociólogo y antropólogo analiza el ejercicio de poder tomando como referente la Edad Media y cómo se ha transitado hasta la actualidad, manifestando la evolución y sus causas. En un primer momento, consistía en una ostentación plena de poder por medio del suplicio de la víctima en público. Se pretendía, por medio de la barbarie contra el reo en público, un aprendizaje negativo: no hay que hacer las cosas así porque estas son las consecuencias que puedes tener.

Por lo tanto, el castigo tiene una función jurídico-política en el poder, siendo la herramienta que este tiene para establecer la conducta de los sometidos según la verdad del poderoso. Los castigos se impartían en nombre de la realeza porque los delitos se consideraban un agravio personal, pues se habían saltado las leyes que el soberano había impuesto; pero tenían una doble dimensión, pues también afectaban a la sociedad, le generaban daños y esta quería justicia. La pena debía ser proporcional en dolor físico al agravio cometido.

El cambio de paradigma: De la barbarie a la privacidad

Esta pena física que antes se impartía en público comenzó a ser mal vista a partir del siglo XVIII debido al papel de los ilustrados y sus ideas de igualdad y universalidad, así como por la conciencia de la población civil de la barbarie que se cometía con ese tipo de justicia. Fue entonces cuando los castigos pasaron a cometerse en la privacidad, pues la gente seguía queriendo justicia pero de forma humana (no necesitaban ver el castigo pues existía confianza en las instituciones al estar regidas por hombres de confianza), pero la ocultación del castigo no implicaba que pudiesen incumplirse las leyes. Se volvieron a manifestar contra el castigo físico, aunque ya no fuese ostentoso, y se consiguió la pena por medio del encierro exclusivamente.

El suplicio en la Edad Media tenía su propio código jurídico y un ritual estrictamente marcado que, en caso de incumplirse o de realizarse mal, podría llegar a dejar al condenado libre de tal calvario. Esto se traduce en códigos en la actualidad, estableciendo diferentes tipos de pena según la gravedad del delito, aunque sin el uso de la violencia explícita.

La subjetividad y el poder productivo

Estos procedimientos tan salvajes surgieron en el siglo XVI, según Ayrault, por miedo a que el pueblo se sublevase y uniese. Con la violencia y el suplicio ostentoso, lo que se transmitía al pueblo —iletrado en su mayoría— era que, frente a la justicia del soberano, todas las voces deben callar, pues su verdad era la absoluta. El poder controla la subjetividad de los sujetos y por ello es productivo (genera conductas) además de represivo.

Entre el juez que ordena el tormento y el acusado hay una especie de justa, pues entra en juego la tríada de sufrimiento, afrontamiento y verdad. La búsqueda de la verdad por medio del tormento es una manera de provocar un indicio que dé pie a la confesión del culpable.

Transversalidad y dualismo social

Se puede apreciar que el poder es una realidad transversal que se ejerce en todas las áreas vitales de una persona (familia, amistad, escuela…) y, además, las condiciona. Para que su ejercicio se pueda llevar a cabo, exige la existencia de dominantes y dominados que aceptan lo que otros dicen que debe ser, pues están legitimados de alguna manera y, por ende, también lo están sus decisiones.

El papel del pueblo en el análisis del poder que hace Foucault es ambiguo, pues es espectador pero también partícipe por colaborar y aceptar los suplicios entonces y las penas actualmente.

Sin embargo, el ejercicio de los poderosos ha ido evolucionando conforme lo hacían las ideas y valores de la sociedad, aunque en esencia sigue siendo el mismo. Todo aquello que antes no se quería dentro de su sociedad se castigaba en público, como he dicho, pero a partir del siglo XIX los locos, enfermos y delincuentes se encarcelan, apartan y ocultan de la sociedad, estando vigilados y ejerciendo así el poder y control sobre ellos. Con esta práctica, la sociedad queda dividida de manera dualista entre lo que tiene que ser y lo que no, suponiendo que el castigo ya no está ligado al sufrimiento.

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