Impacto de las revoluciones de 1848 en Europa: Napoleón III, movimientos nacionalistas y cambios políticos
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Impacto de las revoluciones de 1848 en Europa
Tras la aprobación de la Constitución fue nombrado presidente de la República Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón, quien en 1852 se proclamó emperador con el nombre de Napoleón III, dando al traste con la mayor parte de las reivindicaciones revolucionarias e inaugurando el Segundo Imperio francés.
El resto de Europa
Imperio austríaco
Se produjo la caída y huida de Metternich y el emperador Fernando I hubo de aceptar la formación de una asamblea constituyente. Las reivindicaciones nacionalistas se unieron a las liberales, especialmente en Hungría y Chequia, que lograron cierta autonomía dentro del imperio.
Alemania
La revolución en Alemania también tuvo un marcado signo nacionalista. Federico Guillermo IV de Prusia hubo de aceptar una constitución de base censitaria.
Italia
Cargada de significado nacionalista, sirvió —pese a su descalabro— de punto de partida para el proceso de unificación.
En Nápoles se implantó una monarquía constitucional que sustituyó al absolutismo; en los Estados Pontificios la sublevación hizo huir al Papa y se constituyó una república; en el reino de Lombardía-Véneto se sublevó contra los austríacos y en el reino de Piamonte se creó una monarquía constitucional convertida en el motor de la unidad italiana.
Balance de las revoluciones de 1848
Aunque las revoluciones de 1848 fracasaron, su experiencia influyó poderosamente en las ideologías obreras del siglo XIX.
Una buena parte de la pequeña burguesía, temerosa de una revolución social, abandonó su alianza con el proletariado y se unió a la gran burguesía. A lo largo del siglo XIX las diferencias entre ambas fueron bien patentes y se materializaron en las luchas políticas entre moderados y radicales.
El proletariado comenzó a adquirir conciencia de clase y, si bien actuó desorganizadamente, se constituyó como un movimiento autónomo, desgajado de los intereses burgueses.
Los campesinos, una vez conseguida su liberación del régimen señorial, se condujeron de forma muy moderada y su objetivo en el futuro sería preservar las conquistas conseguidas políticamente.
A pesar de ese aparente fracaso, los hechos acontecidos en 1848 supusieron el inicio de una progresiva democratización (sufragio universal) y la incorporación a la lucha política de la clase trabajadora.
La revolución en Francia
Carlos X de Borbón (sucesor de Luis XVIII) había restablecido el absolutismo monárquico, tomando medidas como la supresión de la libertad de prensa y la disolución de la Cámara de Diputados. A partir de 1821, los gobiernos fueron dominados por ministros ultramonárquicos, provocando un descontento creciente tanto entre los monárquicos moderados como entre la burguesía liberal, y un repunte de las posturas republicanas. Por otro lado, las clases populares venían soportando una prolongada crisis económica y las hambrunas aún asolaban el país.
En julio de 1830, el pueblo de París se precipitó a la calle y, atrincherado en barricadas, consiguió derrotar al ejército real. El monarca Carlos X tuvo que exiliarse y los diputados nombraron rey a Luis Felipe de Orleáns (1830-1848), quien instauró un régimen político liberal de signo doctrinario (moderado) con sufragio censitario. Francia se dotó de una Constitución más liberal.
Bélgica
En agosto de 1830 se inició en Bruselas una revuelta con contenidos políticos liberales y nacionalistas, contra el dominio de Holanda, a la que había sido unida en 1815 como Estado-tapón. En esa revuelta intervinieron varias causas: el catolicismo belga, la economía más próspera de este país y el diferente idioma. El movimiento se extendió rápidamente y permitió declarar la independencia de Bélgica, con ayuda de Gran Bretaña y Francia. Se formó un nuevo Estado basado en una monarquía constitucional representada por Leopoldo I.
España
España pasó de un régimen político absolutista a un régimen liberal, iniciándose un período de guerras civiles entre liberales y absolutistas (las Guerras Carlistas) durante el reinado de Isabel II.
Polonia, Alemania e Italia
En estos países las revoluciones no tuvieron éxito; fueron aplastadas por los regímenes absolutistas de Rusia, Prusia y Austria. La mayoría de los liberales y nacionalistas polacos, italianos y alemanes hubieron de exiliarse a otros países, fundamentalmente a Gran Bretaña y Francia.
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