Guerra Civil Española (1936-1939): causas, desarrollo y derrota de la República
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Causas de la guerra y el estallido
La Guerra Civil española no fue un evento espontáneo; fue el resultado de una fractura social, política y económica que se venía gestando desde hacía décadas. Entre las causas estructurales destaca el fracaso de los intentos de modernización frente a las estructuras tradicionales. España arrastraba problemas como una distribución de la tierra injusta (latifundismo), un ejército excesivamente numeroso e inclinado al intervencionismo político, una Iglesia católica que se sentía atacada por el laicismo republicano y tensiones territoriales derivadas de los nacionalismos periféricos.
Las causas inmediatas se concentraron en la extrema polarización de la primavera de 1936 tras la victoria del Frente Popular. El clima de violencia callejera y el pistolerismo alcanzaron su punto crítico con el asesinato del teniente Castillo (izquierdas) y la posterior represalia: el asesinato de José Calvo Sotelo, líder de la derecha monárquica, el 13 de julio de 1936. Este hecho fue el pretexto definitivo para que el general Emilio Mola, conocido como «el Director», pusiera en marcha el golpe de Estado que se venía fraguando.
El golpe comenzó el 17 de julio en el Protectorado de Marruecos y se extendió a la península el día 18. Sin embargo, el pronunciamiento fracasó en su objetivo de tomar el poder de forma rápida. España quedó dividida en dos: la zona sublevada (Galicia, Castilla y León, Navarra, Baleares y parte de Andalucía) y la zona leal a la República (Madrid, Cataluña, Valencia, País Vasco y Asturias). Esta división, sumada a la entrega de armas a las milicias obreras por parte del gobierno de Giral, transformó un golpe militar fallido en una cruenta guerra civil que duraría tres años.
La República en guerra I: de la crisis a Largo Caballero (1936-1937)
Al estallar la guerra, el Estado republicano sufrió un colapso institucional. El gobierno de José Giral, al no poder confiar en gran parte del ejército, autorizó la entrega de armas a los sindicatos (CNT, UGT) y a los partidos del Frente Popular. Esto dio lugar a un doble poder: el gobierno formal y los comités locales, que impusieron una revolución social inmediata mediante la colectivización de tierras y fábricas, especialmente en Cataluña y Aragón.
Para frenar el caos y organizar el esfuerzo bélico, en septiembre de 1936 se formó el gobierno de Largo Caballero, conocido como el Lenin español. Fue un gobierno de unidad que incluyó a republicanos, socialistas, comunistas e incluso a ministros anarquistas de la CNT —algo insólito en la historia—. Su prioridad principal fue la creación del Ejército Popular de la República para integrar a las indisciplinadas milicias en una estructura militar jerárquica y eficiente.
No obstante, el bando republicano sufría una fractura interna profunda. Por un lado, los anarquistas y el POUM defendían que la revolución no podía esperar a que acabara la guerra; por otro, los republicanos y los comunistas del PCE (apoyados por la URSS) sostenían que primero había que ganar la guerra para no asustar a las democracias occidentales. Esta tensión estalló en los Hechos de Mayo de 1937 en Barcelona, donde los enfrentamientos armados entre sectores de la izquierda terminaron con la pérdida de hegemonía anarquista y provocaron la caída de Largo Caballero, sustituido por Juan Negrín.
La República en guerra II: el gobierno de Negrín y el final (1937-1939)
El gobierno de Juan Negrín marcó una nueva fase centrada en la disciplina y en la resistencia extrema. Con el apoyo del PCE y la ayuda militar de la URSS, Negrín centralizó el poder y fortaleció el Ejército Popular. Su estrategia se resumía en el lema Resistir es vencer. Negrín estaba convencido de que si la República aguantaba hasta el estallido de una guerra mundial entre las democracias y los regímenes fascistas en Europa, España podría recibir la ayuda de Francia y Reino Unido.
Para buscar una salida diplomática, Negrín presentó el programa de los Trece Puntos, que proponía el cese de las hostilidades, una amnistía y un plebiscito democrático para decidir el futuro de España. Sin embargo, Franco, que ya se sentía ganador, rechazó cualquier negociación y exigió la rendición incondicional. En el ámbito militar, la República lanzó grandes ofensivas como la de Teruel o la del Ebro (1938), la batalla más larga y sangrienta de la contienda, pero el desgaste humano y material fue insoportable para el bando republicano.
Tras la caída de Cataluña en febrero de 1939, la situación era desesperada. El optimismo de Negrín chocó con el derrotismo de gran parte del ejército y de varios políticos. En marzo de 1939, el coronel Segismundo Casado protagonizó un golpe de Estado dentro de la propia República en Madrid para deponer a Negrín y a los comunistas e intentar negociar una «paz honrosa» con Franco. Franco no aceptó condiciones y sus tropas entraron en Madrid sin resistencia. El 1 de abril de 1939, el último parte de guerra confirmaba la derrota total de la República.
La España sublevada (la España rebelde)
A diferencia del bando republicano, la zona sublevada —denominada por sus partidarios «nacional»— logró una unificación política y militar muy rápida. Tras la muerte accidental del general Sanjurjo al inicio de la contienda, se creó la Junta de Defensa Nacional en Burgos. Pronto se vio la necesidad de un mando único. El 1 de octubre de 1936, el general Francisco Franco fue nombrado Generalísimo de los Ejércitos y Jefe del Gobierno del Estado.
Franco consolidó su poder político mediante el Decreto de Unificación (abril de 1937). Este decreto obligaba a fusionar a las dos fuerzas principales que apoyaban el golpe, pero que tenían ideologías distintas: la Falange Española (fascistas) y los Requetés carlistas (tradicionalistas monárquicos). El resultado fue la creación de un partido único: FET y de las JONS. Aquellos que se opusieron a esta unificación, como el falangista Manuel Hedilla, fueron encarcelados, lo que aseguró que Franco no tuviera rivales internos.
El nuevo Estado franquista se configuró como una dictadura militar de carácter totalitario y nacionalcatólico. Se derogaron las leyes de la República: se eliminaron las libertades democráticas, se prohibieron sindicatos y partidos, se devolvieron las tierras a sus antiguos dueños y se suspendieron los estatutos de autonomía. La Iglesia católica jugó un papel fundamental, otorgando legitimidad moral a los sublevados al presentar la guerra como una cruzada de liberación. Esta cohesión interna, sumada al apoyo logístico y militar de la Alemania nazi y la Italia fascista, fue determinante para su victoria frente a una República dividida y aislada.